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BAKARRALDI

Abr 27 • PLEXUS • 1165 Views • No hay comentarios en BAKARRALDI

El autobús arranca. Con un leve crujido emprende la marcha. Lenta al principio. Pero la gasolina le da potencia y acelera el paso. Llega al Cerro del Fortín. Lo cruza. Mueves la cortina de tu ventana y te asomas. Es de noche. Oaxaca es un montón de luces a la distancia. Una postal fluorescente. En seis horas habrás llegado a la ciudad de México. Te será fácil esconderte ahí. Es una ciudad grande. Podrás arreglártelas para pasar desapercibido. Aunque en el fondo sabes que tarde o temprano tendrás que irte del país. Te van a estar buscando las autoridades. Tal vez logres conseguir un trabajo en la capital. Con lo que juntes podrás pagar un autobús o una combi que te lleve a Chiapas. Una vez ahí será sencillo que cruces la frontera. Has escuchado que Belice y Guatemala son países peligrosos. Así que no te quedarás mucho tiempo por allá. Harás lo posible por irte más al sur. Brasil, quizás Argentina. Esas parecen buenas ideas. Aun no lo has decidido. No has tenido tiempo. Esa misma mañana ni siquiera te imaginabas que para la noche estarías sentado en el asiento de un autobús casi vacío con rumbo a la Ciudad de México. Hay muchas cosas que no viste venir. Sacas tu celular y lo observas. Te cuesta trabajo leer porque aun estás borracho. Es el diecisiete de julio del dos mil trece. Son las once y media de la noche. El autobús pasa frente al mercado de Santa Rosa. Cierras los ojos. Esperas dormir un poco.

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Abro los ojos y observo a mí alrededor. Alcanzo a leer un letrero en la esquina de una calle. Dice Galeana. Veo casas antiguas. Me doy cuenta de que acabo de llegar al centro de Oaxaca de Juárez. La combi entra en un estacionamiento y se detiene en uno de los lugares para aparcar. Se apaga el motor. La gente empieza a recoger su equipaje, preparándose para salir. Se abre la puerta. Escucho el sonido de los automóviles que pasan por la calle y el bullicio de la gente. Salgo de un salto y siento la brisa del exterior que me refresca. Ha sido un viaje largo. Casi seis horas desde San Mateo. Saco la nota de mi bolsillo. “Calle 21 de Marzo #410, colonia Cinco Señores”. Esa es la dirección en la que vive mi amigo Agustín Mendoza. Somos del mismo pueblo. Hablé con él la semana pasada y me dijo que podría quedarme en su departamento tanto tiempo como fuese necesario. Hace años que no lo veo. Espero que no haya cambiado mucho. Me acerco a la tienda de la estación. La atiende un tipo gordo y moreno con una playera de las “Chivas”. Está sentado en una silla y ve un partido de futbol en una pequeña televisión de pilas.

– Disculpe amigo, ¿cómo llego a la colonia Cinco Señores?

– ¿Parezco un guía de turistas?

– No – le respondo.

– Entonces compras algo o me dejas ver el partido en paz. Tú decides.

– Aquí en Oaxaca la gente es más hostil que en el pueblo. Vas a tener que acostumbrarte – Agustín tomaba el tenedor y engullía un pedazo de carne de puerco. Lo masticaba con la boca abierta. Era desagradable verlo comer.

– No sé si me quede por mucho tiempo. Pensé que las cosas serían distintas. No he encontrado nada qué hacer. El único trabajo que conseguí consistía en limpiar fosas sépticas. Pero no tuve el estómago para aceptarlo.

– Ni hablar, debe ser asqueroso – en realidad no me ponía atención. Miraba hacia la televisión. Estaban pasando uno de esos programas acerca de los chismes de las celebridades.

Afuera llovía. Los últimos camiones del día recorrían Prolongación de la Noria. Se dirigían hacia el Rosario. La gente se ponía sus chamarras sobre la cabeza. Algunos utilizaban carpetas o mochilas. Muchos eran estudiantes de la universidad. Las gotas de lluvia caían sobre los parabrisas de los carros estacionados en la calle veintiuno de Marzo. Un perro callejero me miraba a través del ventanal. Miraba mi comida. Las luces del restaurante chino alumbraban las calles de Cinco Señores.

Abres los ojos. El autobús se detuvo en la caseta de Huitzo. Un retén militar. No pasa nada. Ellos no podrán ubicarte. La Procuraduría aún no conoce tu cara ni sabe quién eres. En algún momento lo descubrirán, de eso no hay duda. Pero tardarán algunos días. Tienes un plazo de gracia.

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Sin embargo, cuando lo descubran, le darán una copia de tu fotografía al ejército. Y entonces sí tendrás de que preocuparte. Pero por hoy no pasa nada. Sientes dolor de cabeza. Significa que se te está bajando la borrachera. Te asomas por la ventana y ves que el soldado le hace una seña al chofer del autobús de que puede continuar su camino. Inclinas el asiento y vuelves a cerrar los ojos.

AVERIGUACIÓN PREVIA 991 (C.H.) 2013.

DENUNCIA ESPONTANEA DEL CIUDADANO AGUSTÍN MENDOZA RAMÍREZ.- – En la ciudad de Oaxaca de Juárez, Oaxaca; siendo las ocho horas con diez minutos del día dieciocho de julio del año dos mil trece, ante el Licenciado Abraham Pérez Bolaños, Agente del Ministerio Público del tercer turno adscrito al Centro Histórico de Oaxaca de Juárez, Oaxaca; quien actúa legalmente con el Licenciado Filiberto Cervantes Soto, Secretario Ministerial que autoriza y da fe; se encuentra presente la persona del sexo masculino que dice responder al nombre de Agustín Mendoza Ramírez, quien en este acto se identifica con el original de una credencial de elector, expedida por el Instituto Federal Electoral, misma en la cual aparece una fotografía a color que coincide con los rasgos fisionómicos del compareciente y que acto seguido se le devuelve por ser de uso personal. Enseguida se le protesta en términos del artículo 413 del Código de Procedimientos Penales vigente en el Estado, para que se conduzca con verdad en todo lo que va a manifestar, advertido de las penas y sanciones en que incurren los falsos declarantes. Por sus generales dice llamarse como ha quedado escrito, ser originario de San Mateo Río Hondo, Miahuatlán y vecino de esta ciudad de Oaxaca, con domicilio en la calle “Veintiuno de Marzo”, número cuatrocientos diez de la Colonia Cinco Señores, de veintitrés años de edad, de ocupación estudiante de la licenciatura en derecho en la Universidad Autónoma “Benito Juárez” de Oaxaca. Enseguida y examinado en relación al motivo de su comparecencia, en uso de la palabra, DECLARA…

– Ya lo decidí Agustín. Voy a buscar a María.

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Seguía devorando la carne de puerco. Dejó de mirar hacia la televisión y asintió con la cabeza. Movió los ojos de un lado a otro. Como si estuviese ponderando lo que acababa de decirle.

– ¿Estás seguro? ¿Hace cuánto que no la ves? ¿Dos, tres años? ¿Se acordará de ti?

Hacía frío ese día. Las nubes bajaron y no se veía nada a más de diez metros. ¿Te acuerdas María? Fue el último día que te vi. ¿Recuerdas el aroma de las flores? ¿Recuerdas ese viejo árbol al fondo del camino de terracería en las faldas del cerro? Ese naranjal que solíamos escalar cuando éramos niños. Llevabas el suéter gris que te regalé en tu cumpleaños. Tu cabello se mecía con el viento. Olía a menta. Tú y yo estábamos sentados al pie del árbol. Ya no recuerdo la fecha exacta. No puedo creer que la haya olvidado. Aunque no te puedes enojar por eso. Tú eres quien me abandonó. Tú eres la que no cumplió su promesa. No creas que me olvidé de esa vez en el río, cuando nos prometimos el uno al otro que estaríamos juntos para siempre. Me mirabas con lástima mientras me explicabas que no volvería a verte. Ese día te fuiste, desapareciste entre la niebla. Pero ya nada de eso tiene sentido. Te miro por última vez sabiendo de antemano lo que vas a decir. Pero eso a ti ni te importa, dudo que te acuerdes de mí cuando nos volvamos a encontrar.

Vuelves a abrir los ojos. El autobús cruza el puente que divide el estado de Oaxaca y el de Puebla. Te asomas por la ventana y a pesar de la noche, puedes contemplar el fondo de la barranca más allá de los cerros interminables.

Agustín te platicó una vez que todos los delitos tienen un plazo de prescripción. O sea que si transcurre un cierto tiempo sin que la policía te agarre, ya no te pueden procesar. Intentas recordar los detalles de esa conversación. Hubieras puesto más atención, si tan sólo lo hubieras escuchado. Tratas de reconstruir el recuerdo, tal vez así encuentres la cifra que estás buscando.

– ¿No sabes en dónde puedo encontrar a María?

– Ni idea Julián – Agustín termina de comer. Le hace una seña a la mesera para que venga a la mesa. Ella se acerca. Es una muchacha china. Casi no habla español y asiente a todo lo que uno le diga.

– Tráeme una coca-cola, mi amor.

– Coca-cola… ya se la tlaigo – se aleja hacia el refrigerador.

– Tal vez ni siquiera siga en Oaxaca.

– Puede ser.

– ¿Cómo chingados la voy a encontrar?

– ¿Por qué tanta insistencia Julián? Es una vieja más. Déjala ir.

Le explicaría todas las razones por las que María no es “una más”, pero no tendría sentido. Permanezco en silencio. Agustín toma un palillo de la mesa y lo utiliza para limpiarse los residuos de comida. Aquello es aún más desagradable que verlo comer.

– Eh Julián, ¿estás dormido?

– Ahora ya no. ¿Qué pasa Agustín?

– Tuve una pesadilla.

– Cuéntame.

– Soñé que estaba en la Facultad de Derecho. Estaba solo. Había remolinos en el cielo. Era una noche sin estrellas ni luna. Las luces de los pasillos estaban encendidas. Me entraban unas ganas cabronas de orinar. Corría hacia el baño. Pero estaba cerrado con llave. De repente se me quitaban las ganas y entraba a un salón vacío. El pizarrón tenía un montón de palabras escritas al revés. Me sentaba en una de las sillas a tomar apuntes en un bloc de notas…

– ¿Y eso es una pesadilla?

– Espera, déjame terminar. De la nada empezaron a entrar cucarachas al salón. Venían en grupos. Hacían ruidos extraños. Parecían tener alguna especie de comunicación entre ellas. Yo no las entendía. Pero no me movía del asiento. Tú sabes que les tengo pánico. Buscaba en mi mochila el insecticida que siempre llevo. Pero no lo encontraba. Mientras tanto, esos malditos bichos empezaban a escalar por la silla y a subirse en mis piernas. Me asustaba y me paraba de un salto. Tiraba patadas al aire para que se cayeran y me dejaran en paz. Pero seguían llegando. Me tiraban al piso y empezaban a engullir mi carne poco a poco. Veía como se comían mis dedos y mis manos. Intentaba gritar para pedir ayuda. Pero sólo emitía gritos sordos. Las cucarachas continuaban así, devorándome lentamente. Algunas se metían por mis orejas y podía sentir que movían cosas en mi cerebro. Pensé que moriría. Y entonces desperté.

– ¿Y yo qué tengo que ver con eso?

– Duerme. Olvida lo que te acabo de decir.

– Hecho.

Las cucarachas son animales muy peculiares. Se alimentan de cualquier cosa. Papel, cartón e incluso madera. Pueden alimentarse de sí mismas. Se meten en agujeros en la pared y empiezan a mudar de piel, para posteriormente comérsela. Pueden incluso alimentarse de sus propias crías. Son capaces de resistir ataques nucleares. Sobreviven una semana sin cabeza. Se pueden quedar en un rincón sin moverse durante largos periodos de tiempo. Algunas tienen alas y pueden volar. No es raro que Agustín tenga pesadillas con cucarachas. A menudo predice que algún día mutarán y se volverán más grandes que los seres humanos. Y entonces nos exterminarán brutalmente. Generalmente está drogado cuando empieza con ese discurso. Habla mucho cuando ha consumido narcóticos. Por eso nunca lo he tomado muy en serio.

Después de dos años esperando tu regreso, me di por vencido. Así es como acabé yéndome para siempre de San Mateo en una vieja combi. La única persona que conocía en Oaxaca era Agustín Mendoza, mi viejo amigo de la primaria. ¿Te acuerdas de él? Pude localizarlo y me dio su dirección. Ni bien llegué a Oaxaca, me enfilé hacia su departamento. Me dejaría quedarme ahí todo el tiempo que hiciera falta, en lo que descubría qué hacer con el resto de mi vida.

Había sido leñador los últimos dos años. Tú sabes que mi padre siempre se dedicó a eso. Así que decidí hacer lo mismo mientras esperaba tu regreso. Incluso llegué a talar aquel naranjal donde nos despedimos. Destruir cosas parecía ser la única manera de olvidarte.

De repente empiezas a recordar detalles. Fue una tarde de noviembre. Agustín y tú estaban sentados en los barandales de piedra de la explanada de Ciudad Universitaria. El cielo tenía un color anaranjado y los niños chiapanecos vendían chicles en las bancas que están junto a la antigua rectoría. Fumabas un “Camel”.

– ¿Te atreverías a matar a alguien? – le preguntaste a Agustín.

– Supongo que sí. Sólo si en verdad se lo mereciera, claro.

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– ¿Aunque te mandaran a la cárcel por eso?

– Jamás pisaría una cárcel.

– ¿Y cómo le harías?

– Hay una cosa que se llama prescripción – Agustín miraba fijamente a una muchacha que caminaba por Avenida Universidad. – Si cometes un delito, pero no te agarran en cierto tiempo, ya no pueden juzgarte.

– ¿Cuánto tiempo tiene que pasar para un homicidio?

– A ver, déjame calcular. Si la pena para homicidio simple es de doce a veinticinco años, entonces… doce más veinticinco son treinta y siete. La mitad de treinta y siete… deben pasar dieciocho años y medio.

Dieciocho años y medio. Ahora que estás en el autobús lo dimensionas. Es muchísimo. No sabes si podrás aguantar tanto tiempo huyendo de lo que hiciste. Ahora mismo tienes veintidós. Podrás regresar a Oaxaca hasta que tengas cuarenta. Para ese entonces, María te habrá olvidado. Habrás desperdiciado la última oportunidad que tuviste para cumplir esa promesa que se hicieron el uno al otro hace ya tanto tiempo. Volteas a la derecha y ves la entrada hacia Tehuacán. Vuelves a cerrar los ojos. Te duermes.

– Oye Julián.

– ¿Qué?

– He estado pensando que tú y yo somos unos inadaptados para la sociedad. Para ellos somos basura, un par de yopes. ¿Nunca lo has reflexionado?

– Supongo que no.

– Sigue mi consejo y nunca pienses en eso. Terminarás comiendo mierda y cuando la gente te pregunte a qué sabe, les dirás que está deliciosa. Y entonces te amarán.

– Puede ser.

– ¿Qué es la sociedad al fin y al cabo? Son un montón de pervertidos vanidosos que se sientan en grupos sectarios a masturbarse frente a un espejo. Eso es lo que son.

– ¿De qué hablas?

– No hablo de nada. Olvídalo y duérmete.

Después de un mes viviendo con Agustín, por fin consigo trabajo. Soy recepcionista nocturno en un hotel del Centro. No está tan mal. Entro a trabajar a las nueve de la noche y salgo a las siete de la mañana. No pago renta así que me rinde el sueldo. A veces voy al cine o a comer al restaurante chino. Uno aprende muchas cosas trabajando en un hotel. Una noche sucede algo extraño. Llega un jugador profesional de fútbol acompañado de una prostituta a las tres de la mañana. Es uno de los que aparecen en la televisión. Me pide una habitación sencilla y le doy las llaves. Paga en efectivo y me da una buena propina. Se va a la habitación y la prostituta sale llorando del hotel a la media hora.

El jugador de futbol baja a la recepción diez minutos después. Está muy ebrio. A duras penas puede mantenerse en pie. Se sienta en una silla. Voltea a verme con curiosidad.

– ¿Quieres que te cuente una historia? – me pregunta.

– Claro, ¿por qué no?

– Bueno, ahí te va… Estoy jugando la semifinal en el estadio Azteca. Me ponen de titular. Hago el partido de mi vida. Sin embargo, vamos perdiendo cuando faltan quince minutos. Llevo el balón a toda velocidad hacia la portería rival. El estadio ruge. Tengo la adrenalina a tope. Me quito a dos rivales y un compañero me la pide, pero no se la paso. Estoy a punto de tirar a gol. Y de la nada los tacos de un defensa se impactan contra mi pierna. Siento cómo se me rebanan los ligamentos. Caigo al suelo, siento el pasto en mi frente. Comprendo que todo se terminó, nunca más volveré a jugar, no necesito que nadie me lo diga, pues verás… ya lo sabía desde antes. Había soñado la patada y que mi carrera se terminaba a causa de eso. En ese momento comprendí que no había sido sólo un sueño. Fue una premonición y esa caída fue un simple deja-vu. Veo rojo. Los médicos del equipo corren a mi alrededor. Murmuran cosas. Me levantan como si fuera una piedra. Un buitre sobrevuela el estadio Azteca. Perdemos el juego.

Despierto al día siguiente en el hospital. Se acerca el doctor a mi cama. Lleva anteojos. Tiene el cabello gris y utiliza una de esas batas blancas. Me mira con lástima.

– Ya vi tu pierna – me dice. – Está jodida. Nunca más volverás a jugar.

– ¿Perdón?

– Le digo que su pierna no se ve tan mal. Unos años de rehabilitación. Algunos años más de ejercicios y quedará como nuevecita.

– Pinche matasanos.

– ¿Perdón?

– Que le agradezco por la ayuda doctor. Sepa usted que lo considero un profesionista comprometido con la sociedad.

– En fin, supe que mi carrera había terminado. Salí del hospital a las dos semanas. Anduve vagando por el país y terminé aquí en Oaxaca. Casi siempre recorro las calles con una capucha negra. Ésta que traigo – me la enseña y asiento cuando la veo. – En fin, el otro día me doy una vuelta por una de esas canchas de fútbol siete y veo a un muchacho que mete un gol impresionante. Uno de esos que yo nunca podré volver a anotar. En ese momento decido asesinarlo. La próxima vez que el destino nos encuentre. Cuál va siendo mi suerte que lo vuelvo a ver unos días después en un putero. Con una de las mujerzuelas. Una que se hace llamar Rubí o Esmeralda, pero yo la conozco, su verdadero nombre es María, viene de algún pueblo jodido de la sierra…

– ¿San Mateo?

– Ándale… ¿Cómo supiste?

No hace falta que diga más. Continúa con su historia pero ya no lo escucho. Me ha dicho tu nombre, eso es todo lo que necesitaba saber.

– Julián, despierta.

– ¿Qué pasa?

– He visto cosas en Oaxaca. Cosas horribles que me han hecho reflexionar. Ayer iba caminando por el crucero de Cinco Señores y vi a un pandillero que golpeaba a un niño porque no le había conseguido suficiente dinero vendiendo chicles. Hace una semana, en las Canteras, vi a un montón de camioneros violando a un travesti. Y me pregunto a mí mismo ¿Dónde está Dios? ¿Por qué permite que suceda esto? Porque si de verdad es quien dicen que es, debe estar enterado de estas y otras cosas, ¿me entiendes? Es por eso que me cuestiono lo siguiente, ¿Cómo sabemos que realmente existe? ¿Qué tal si nunca existió y toda la vida es una pesadilla provocada por el hombre? ¿Qué tal si estamos solos en el universo? No sería tan ilógico si te pones a pensarlo, ¿eh? Es más, el otro día escuché una historia. Un tipo va al cajero para sacar algo de dinero. Deja a su familia en el coche esperándolo. Sale y una camioneta sin placas se detiene, unos hombres armados bajan, lo secuestran a él y a su familia. Se los llevan a algún lugar de Ocotlán. Una vez ahí, matan a su familia frente a sus ojos. Después lo castran y lo dejan ahí amarrado. Y todo por los tres o cuatro mil pesos que tenía en la cartera. Escucho eso y me pregunto a mí mismo ¿Qué mierda pasa? ¿De dónde surge esta maldad inexplicable? ¿Cuál es la diferencia entre el hombre y la cucaracha?

– Otra vez con las pinches cucarachas.

– Pues sí Julián, aunque te moleste. No podía omitir la comparación.

– ¿Cuál es tu punto? Tal vez cuando lo digas te quedes en paz y me dejes dormir aunque sea una maldita hora.

– Sí, claro… claro. El punto es que el apocalipsis es una realidad y está sucediendo justo ahora. Este es el fin de los tiempos. La decadencia en su máxima expresión. Dentro de unas semanas leeremos una noticia en algún periódico chino donde nos informarán acerca de una cucaracha de dos metros que devoró a un niño mientras dormía.

– Carajo Agustín, ya deja a las putas cucarachas en paz. Sigue mi ejemplo. Yo no creo en Dios, trato de no pensar en él, desvío la mirada hacia otro lado cuando veo algo que no quiero ver y se acabó. ¿Crees poder hacer lo mismo?

– Supongo que sí. Vuelve a dormir, disculpa por despertarte.

– No te preocupes, buenas noches.

– Probablemente se haya vuelto una puta – Agustín le da un sorbo a su coca-cola. Ya anocheció. Estamos en el restaurante chino.

– Ella jamás caería tan bajo.

– El honor es un espejismo. Dura tanto como la prosperidad. Así de fácil es tenerlo… y así de fácil es perderlo – chasquea los dedos para ilustrar su argumento. – No te equivoques.

– La cuenta por favor – le grita a la muchacha china.

– Clalo que sí joven. Ahola mismo se la mando – la chinita se dirige hacia la cocina.

DECLARA… Que me presento ante esta autoridad que me escucha, para presentar mi denuncia en contra de Julián Vasconcelos Juárez, como probable responsable del delito de HOMICIDIO, cometido en contra de Raúl Hidalgo Romero. Para ello, me baso en los siguientes HECHOS: Que el día diecisiete de julio del año actual, aproximadamente a las diecinueve horas, iba caminando con Julián Vasconcelos por la calle veintiuno de marzo de la colonia Cinco Señores. Íbamos a cenar algo. Llegamos hasta el periférico y entramos a un lugar que está cerca del “Piticó”. Ya habíamos ido otras veces y no estaba tan mal. Era uno de esos centros botaneros…

– ¿Es usted alcohólico? – el licenciado Filiberto Cervantes hacía pequeñas pausas mientras tecleaba la declaración con su Olivetti.

– No licenciado. Es sólo que en esos lugares uno pide un par de cervezas y con eso también cena. Ya sabe, unos cincuenta pesos por todo. Es más barato que ir a un restaurante.

– ¿Usted y Julián Vasconcelos… acostumbraban cenar así? – Cervantes miraba de reojo al joven que se había presentado en su oficina para denunciar al culpable de un homicidio cometido la noche anterior.

– No lic…. pero a veces se antoja una cerveza. Uno nunca se imagina que las cosas vayan a terminar así. ¿Quién lo hubiera visto venir, eh?

– Supongo que tiene sentido – continuó tecleando en su máquina de escribir.

… Tomamos una mesa que daba a una de las ventanas. Estaba anocheciendo. Pedí una “Indio” y Julián pidió una “Victoria”. Estaban pasando un partido de fútbol en la televisión, si mal no recuerdo era León contra Querétaro. Mentiría si dijera que recuerdo el marcador. Nos trajeron las cervezas unos cinco minutos después, acompañadas de un caldo de camarón que cuando menos era comestible. Julián comió el suyo rápidamente. Yo me tardé un poco más….

– No me haga escribir pendejadas. Vaya al grano – el licenciado Cervantes tenía a mucha gente esperando afuera de su oficina. Ellos también venían a denunciar diversos delitos. No se podía dar el lujo de estar escribiendo cada una de las vivencias de ese pinche yope. Sólo le interesaba saber lo esencial. El momento del homicidio. Agustín se encogió de hombros y asintió. El licenciado continuó tecleando.

… Estuvimos en aquel lugar por espacio de una hora. Tomamos tres cervezas cada quien. Fue entonces cuando un tipo entró al local. Se acercó a nuestra mesa y miró de una manera hostil a Julián. Era alto, de tez blanca y cabello negro. Utilizaba una playera de marca “Lacoste” negra, llevaba pantalones de mezclilla de color azul marino y tenis de la marca “Nike”. Se quedó parado un rato frente a nosotros sin decir nada. Yo nunca lo había visto. De pronto se dirigió a Julián Vasconcelos y le dijo: “Aléjate de María pendejo. Ya sé lo que estás planeando. Ella me pertenece ahora y a menos que me pagues una indemnización, no voy a permitir que te la lleves”. Yo me sentí confundido porque no sabía de lo que estaban hablando…

– ¿Pero sabías quien era María? – el Licenciado Cervantes tenía esa actitud inquisitiva de los Secretarios Ministeriales. No confiaba en nadie. Para él, todos los que denunciaban un delito, ocultaban algo.

– Tuve una cierta sospecha.

– ¿Quién era pues?

– Una ex novia de Julián, de San Mateo. A menudo me decía que la estaba buscando, pero nunca me dijo que la había encontrado.

– Ya veo – el licenciado Cervantes continuó tecleando.

… Sin embargo, Julián pareció entender muy bien el comentario. Porque le contestó al tipo misterioso: “Ella no es un animal. No te pertenece. Y si se quiere ir conmigo, no puedes hacer nada para evitarlo. Que te vaya quedando bien clarito”. El tipo le contestó: “Vamos afuera pues, a ver si eres tan cabrón”. Julián se levantó de la mesa y se dirigió hacia afuera junto con el otro. Yo me quedé un par de minutos en la mesa y después decidí seguirlos para asegurarme de que nada malo sucediera…

– Ahora resulta que eres un puto héroe – Cervantes profirió una risa sarcástica mientras escudriñaba a su interlocutor con una mirada severa.

– Así sucedió. De veras que no le estoy mintiendo.

– Más te vale que no.

… Cuando salí, pude ver que esta persona extrajo un arma punzocortante de su bolsillo y la utilizó para amenazar a Julián. Él se asustó y le dijo: “No hagas algo de lo que te puedas arrepentir”. Pero el tipo no le hizo caso y se abalanzó sobre Julián, quien esquivó el primer navajazo y lo empujó con fuerza. El atacante se estrelló contra la banqueta y se quedó inmóvil. Pude notar que un chorro de sangre brotaba de su cabeza. Empezó a convulsionarse y después dejó de hacerlo. Julián se veía muy asustado. Le dije que debía entregarse a las autoridades, pero tomó la navaja y me amenazó. Me asusté y le dije que hiciera lo que quisiera. Salió corriendo hacia el Centro y desde entonces no lo he vuelto a ver. Julián Vasconcelos tiene veinticuatro años, mide un metro con setenta centímetros, es de complexión mediana, tez morena y ojos negros. Tiene una cicatriz en la mejilla izquierda y llevaba una camisa gris de manga corta y unos pantalones de mezclilla azules. Por lo antes narrado en este acto, solicito que se investiguen los hechos, para dar con la identidad y paradero de Julián Vasconcelos Juárez, probable responsable del delito de HOMICIDIO, para que sea castigado conforme a derecho. Por lo que enseguida y previa lectura de todo lo actuado, lo ratifica el declarante en todas y cada una de sus partes. Para constancia ofrece firmar al calce y margen de la presente diligencia; misma que se cierra, a estas que son las ocho horas con cuarenta y cinco minutos del día dieciocho de julio del año dos mil trece. DAMOS FE.

– Bueno, ya estuvo – el licenciado Cervantes juntó las manos y se tronó los dedos mientras miraba hacia la ventana. Agustín se levantó de la silla pero Cervantes le hizo una seña de que volviera a sentarse.

– ¿Por qué huiste de la escena del crimen? Te debiste haber quedado.

– Me asusté licenciado. Nunca había visto morir a un hombre.

– Aunque así sea, la cosa está rara.

– Si fuera culpable, no estaría aquí. Habría huido como Julián.

– Puede ser. Ya veremos conforme avance la investigación. Tal vez te necesitemos más adelante como testigo, así que no te alejes.

– No se preocupe lic. Yo no me voy a ningún lado.

– Está bien… por cierto, tienes que firmar la declaración – sacó las hojas calca de la Olivetti y un bolígrafo del cajón de su escritorio.

– Fírmalas todas al calce – se las extendió a Agustín y sacó de su bolsillo una cajetilla de “Marlboro” rojos. Encendió uno con su zippo plateado.

– ¿Por qué denuncias a Julián Vasconcelos? Se ve que es tu amigo.

– No es mi amigo – Agustín lo miró con severidad mientras firmaba las copias de la declaración.

– Pero es tu paisano pues. Además vive contigo. Eso no lo puedes negar – Cervantes daba una buena calada a su cigarro y miraba con desconfianza a Agustín.

– Tal vez le suene raro, pero tengo la costumbre de hacer lo correcto.

– Pues sí… me suena raro.

– Puede creer lo que quiera – terminó de firmar las hojas y se las devolvió a Cervantes.

A través de la ventana se escuchaban los gritos de un vendedor de tamales anunciando su mercancía mientras empujaba su carrito a través de la calle Xóchitl. Agustín miró su reloj, eran casi las nueve de la mañana.

– ¿Sabes cuál es tu problema Juliancito? Siempre te has creído muy listo. Aprende a ver el cuadro completo. Nunca confíes en los demás o te van a acabar chingando – Agustín sonrió perversamente. Puso un billete de cien pesos sobre el ticket de la cuenta y tomó uno de los dulces de cortesía.

– Aquí está la cuenta mi amor – la muchacha china se acercó a nuestra mesa y tomó el dinero.

– Y quédate con el cambio – le dijo Agustín.

Nos levantamos de la mesa y nos dirigimos hacia la puerta.

– Glacias – murmuró la chinita.

Salimos del restaurante. Había dejado de llover. Se sentía el vaivén de la brisa nocturna y prolongación de la Noria estaba desierto. Las luces de neón de un putero cercano alumbraban la oscuridad de la calle. Miré hacia la banqueta donde había visto al perro callejero. Ya no estaba.

Te deslumbra un halo de luz y abres los ojos. Corres la cortina de la ventana y miras hacia afuera. Ves el metro que corre a la par que el autobús. Hay un montón de edificios a la distancia. La avenida Zaragoza está despejada. Contemplas el cielo gris de la Ciudad de México. A lo lejos, divisas la sombría cúpula de la TAPO. En unos minutos habrás superado el primer obstáculo. El primero de muchos. Se cierne un día pesado sobre ti. Lo sabes. Vuelves a cerrar los ojos.

Todas las palabras se acabaron esa tarde de otoño cuando te vi subir a esa combi que se alejaba de San Mateo para nunca regresar. En ese momento supe que mi vida sería un cronómetro que corre cuenta atrás hasta el inevitable momento en que mis ojos se cierren para siempre.

Pasaron muchos años, eso ya lo sabes. Pero llegó aquel día, cuando te fui a buscar al putero donde el futbolista me dijo que trabajabas. Pedí una cubeta de cervezas y me senté en una de las mesas. Estaba muy nervioso. No sabía si me reconocerías. No sabía cómo reaccionarías en caso de reconocerme. Esperé unos veinte minutos y no apareciste. Me di cuenta de que una vez más habías logrado desaparecer. Me levanté de la mesa y salí de aquel lugar. Me sentía decepcionado, aunque no puedo negar que experimenté cierto alivio. No hubiese sabido cómo acercarme a ti.

Así pasaron varias semanas y me dediqué a otras cosas. Empecé a salir con una mujer que conocí circunstancialmente un viernes en el jardín del Conzatti. No hace falta que te diga que eso no funcionó. Las razones son irrelevantes, lo importante es que me encontré a mí mismo entrando en el mismo tugurio un tiempo después. Pedí una cubeta de cervezas, igual que la vez anterior. Y entonces la voz del micrófono anunció a Rubí. Sabía que eras tú. Me sentí tan inseguro que decidí salir del lugar una vez más. Iba caminando hacia el departamento de Agustín, cuando decidí ser hombre por una vez en la vida e ir a buscarte, me di la vuelta y regresé al lugar. Me senté en la misma mesa que acababa de abandonar y pedí un Torres con agua mineral y coca-cola. Llamé al mesero y le dije que te trajera. Lo vi alejarse mientras la sangre se me enfriaba. Regresó a los cinco minutos contigo. No supe qué decir. Ni siquiera me miraste y empezaste a bailar. Tenías tatuajes y aretes. No eras la que se despidió de mí esa tarde remota. Terminó el baile y te sentaste en mis piernas. Me miraste a los ojos y pusiste una cara muy chistosa. No podías creer que fuera yo. Sonreíste y empezaste a llorar, ¿te acuerdas? Nos abrazamos con fuerza y me dijiste que a pesar de los años, no me habías olvidado. Ese fue el primero de muchos encuentros. Reanudamos nuestra promesa. Íbamos al Llano y nos sentábamos en la fuente, viendo cómo las personas caminaban de un lado a otro buscando encontrar eso que yo había encontrado en ti. Por las noches nos recostábamos en el jardín de tu casa y contemplábamos las estrellas que había en el cielo. Parecía como si fueran infinitas, nos dormíamos tarde y no queríamos despertar. Fue la mejor época de mi vida.

Aún recuerdo ese día cuando me propusiste que nos escapáramos. Para serte sincero, había esperado esa propuesta desde hacía mucho tiempo. La gente que te manejaba era cruel y tú les tenías miedo. Sobre todo a ese Raúl Hidalgo. Convenimos en que el diecisiete de julio sería el día perfecto para irnos. Yo te vería a las once de la noche en tu departamento. Empacaríamos todo y saldríamos de Oaxaca para nunca regresar. ¿Qué irónico verdad? Al final nos terminamos yendo, pero cada cual por su lado. A destinos de los que probablemente jamás regresaríamos. ¿Por qué nos tuvo que suceder esto a nosotros?

– Julián, hay algo que he estado pensando.

– ¿Ahora qué? Parece que tienes una especie de conspiración para no dejarme dormir.

– Decía Lord Byron, “Mientras más conozco al hombre, más quiero a mi perro”. Y yo pienso… el corazón de los hombres es algo podrido, ¿Sabes? Les das confianza, les das amistad… y justo en el momento en que muestras la más remota alternativa, toman un cuchillo y te lo clavan en la espalda.

– Yo no soy así Agustín.

– Sí, eso ya lo sé… ¡Eso ya lo sé carajo! No lo digo por ti. Es sólo que… ¿Sabes?… Es como si conoces a una mujer que no vale la pena… y la invitas a salir, la llevas a un restaurante caro, le compras un ramo de rosas… y eso está mal ¿Me explico? Hasta el viejo libro lo dice…“No arrojéis vuestras perlas a los puercos”… A eso me refiero, ¿Entiendes lo que intento decirte?

– A veces suenas como un loco, ¿Ya te lo habían dicho?

– Todo el tiempo ¿Pero sabes qué? Olvídalo, digo muchas estupideces cuando estoy drogado. Vuelve a dormir.

Corro por las escaleras. Las voy subiendo una por una. Siento el desgaste en mis piernas. Un sudor frío corre por mi frente y la brisa refresca mi cabello. Se escucha a lo lejos el rumor de los automóviles que cruzan rápidamente el Cerro del Fortín. Me detengo un momento a descansar en uno de los escalones. Exhalo con dificultad mientras el viento me toca de lleno en la cara. Las casas de la calle de Crespo se aglutinan como una hiedra espesa. Las entrañas de la ciudad de Oaxaca respiran a la misma velocidad que mis pulmones. Me levanto y continúo subiendo. Veo el túnel que conduce al Auditorio Guelaguetza… sombrío, oscuro y cubierto de una maleza enredada.

Llego a la última escalera y tomo una bocanada de aire. Se siente la apacible calma de los lugares desiertos, me doy la vuelta y desde aquel punto contemplo Oaxaca de Juárez. Las callejuelas serpentean como si fueran laberintos. Una imagen caótica que se mezcla con una pasmosa calma… una aparente paz. ¿Qué secretos se esconderán más allá de los muros multicolores de las casas del Centro Histórico?

– Apúrate Julián, tienes que hacer tus maletas. Hoy mismo te vas de Oaxaca.

– Pero es que…

– Pero es que nada. Acabas de matar a ese cabrón. La policía te va a estar buscando y a menos que quieras pasar los próximos veinte años en la cárcel, más vale que te apresures.

– Me lleva la chingada. Tú viste que no quería matarlo. Solamente lo empujé. Jamás imaginé que…

– Hay muchas cosas que uno nunca se imagina, pero igual suceden.

Julián Vasconcelos tomaba sus pocas pertenencias y las empacaba en una maleta negra. Sentía la respiración agitada, le faltaba aire. Le pareció que la vida se había detenido y todo lo que sucediera de ahora en adelante sería un mal chiste, el resultado de una apuesta perdida. Le hizo gracia la situación. Se vio a sí mismo guardando sus cosas, huyendo como un perro en la lluvia. Empezó a reír. Fue una carcajada de cinismo puro.

Agustín hizo una mueca de desconcierto ante la actitud de su amigo, que se reía como si hubiese perdido la cordura. Le provocó miedo esa maldad que emergía del corazón de Julián.

– ¿Por qué chingados te ríes? – le preguntó.

– ¿Es que no lo ves? ¿No entiendes el chiste? – seguía carcajeándose, cada vez más alto, como si no le importara nada.

– No… no veo el puto chiste. Esto no tiene nada de gracioso.

Agustín se sentó en la cama y encendió un Delicado a medio fumar que estaba en el cenicero de su taburete. De repente había empezado a hacer muchísimo calor en el departamento.

– ¿Quieres que te cuente algo chistoso? – le preguntó Julián sin dejar de reírse.

– Cuéntamelo, pero por lo que veo, dudo que vaya a ser realmente “chistoso”.

– Ya verás que sí… jajaja… Cuando salí de la cantina para pelear con Raúl Hidalgo, por cierto, así se llamaba ese cabrón… jajaja… me dijo que… jajajaja… espera, espera… me dijo que… jajaja… que María está embarazada… ¿Puedes creerlo? Ella siempre pensó que no podía embarazarse… jajaja… y lo hace justo ahora, cuando cometí un delito que me puede poner toda la vida tras las rejas…. Tienes que admitirlo Agustín… jaja… Es un puto chiste bastante bueno.

Agustín se quedó callado mientras daba una buena calada al cigarro. Se escuchaban los ladridos lejanos de una pandilla de perros.

– Lo importante es que te vayas desde hoy – se limitó a contestar.

– No puedo Agustín, tengo que ir por María para que se vaya conmigo.

– Eso es una estupidez Julián. La vas a convertir en cómplice. Ahora va a ser madre y no puede pasarse toda la vida huyendo de la ley. Yo me comprometo a ver que no le falte nada.

– ¿En serio harías eso? – la risa de Julián se transformó en un jadeo desesperado.

– Eres mi amigo después de todo.

– Gracias Agustín.

– Sí, no te preocupes.

Julián terminó de empacar sus cosas y salió del departamento con la maleta en la mano. Antes de irse, miró a Agustín por última vez.

– De verdad muchas gracias… por todo – no dijo más, cerró la puerta tras de sí y se alejó en medio de la noche.

Agustín continuó sentado en la cama. De repente sintió claustrofobia en ese pequeño departamento, le faltaba aire. Se levantó y corrió a abrir la ventana. Apenas pudo succionar suficiente oxígeno como para seguir vivo. Sentía que se le quemaba la frente. Volteó hacia la calle.

– Adiós Juliancito. Tienes un día de ventaja. Más te vale que lo sepas aprovechar.

Caminas por el pasillo de la TAPO. Te diriges hacia la estación de metro San Lázaro. En esa maleta negra llevas pecados. Promesas rotas. Está pesada. Es natural que así sea. Te detienes en las escaleras que están frente a la entrada de la estación. Sacas una cajetilla de Delicados de tu bolsillo. Enciendes uno y empiezas a fumarlo pausadamente. El humo que exhalas se pierde entre el smog. Decides que ese será el último cigarro que fumes en tu vida. Así por lo menos existirá algo positivo en el recuerdo de este día. Tomas la colilla y la arrojas al basurero, estás a punto de hacer lo mismo con la cajetilla y el encendedor, pero ves a un vagabundo parado cerca de los escalones. Te mira y piensas, bueno, mejor dárselo a él que desperdiciarlo. Te le acercas.

– ¿Fuma? – le preguntas.

– Ah bueno… ya sabe… cuando hay algo que fumar, ¿eh? – es un tipo de barba blanca y pantalones de mezclilla. Lleva un carrito de supermercado. Te parece que lo has visto antes, pero no recuerdas dónde.

– Tenga, quédeselos – le das la cajetilla y el encendedor. – Acabo de dejarlo hace como un minuto – le dices.

– Ha tomado una buena decisión – grita el vagabundo mientras te alejas hacia la taquilla del metro.

Compras el boleto. Te cuesta tres pesos. Lo introduces en la máquina y se escucha el chirrido que te permite entrar. Lo haces. Bajas las escaleras hacia el andén. Vas en dirección a “Observatorio”. A pesar de la hora (el reloj de la estación marca las siete de la mañana) hay mucha gente esperando el metro. Lo ves venir a lo lejos, una mancha anaranjada en la distancia. Atraviesa la sala de espera como una bala y se detiene intempestivamente. Las puertas se abren y la gente entra como marabunta, amontonándose unos contra otros. Corren para ocupar los mejores lugares. Estás a punto de hacer lo mismo cuando sientes una mano en el hombro. Volteas y reconoces al mismo vagabundo al que le regalaste tus cigarros hace unos minutos.

– No se asuste amigo – te dice. – No le voy hacer nada malo. Es sólo que usted me dio un regalo y ahora yo le voy a dar algo.

– De veras, no es necesario – le contestas. – Tengo que entrar o el tren me va a dejar.

– Oh… no lo dejará – el vagabundo sonríe. Miras hacia el tren y sientes un vuelco en el corazón. El tiempo se ha detenido, todas las personas se congelan y el reloj de la estación se queda estático.

– Lo ve – dice el vagabundo. Te muestra su dentadura desgastada cuando sonríe.

– Lo veo.

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– Bien… esto es lo que ofrezco – hurga en su carrito de supermercado y saca un reloj de arena.

– Julián Vasconcelos – te dice. – Este reloj de arena será tu mejor amigo de ahora en adelante. Pero también será tu verdugo… Verás, cuando la arena de este lado llegué a este otro lado… tu vida terminará y cerrarás los ojos para siempre – te extiende el reloj y lo aceptas. Sientes tu sangre enfriándose justo en el instante en que lo tocas por primera vez. Lo miras. Aún queda mucha arena en el lado de la vida.

– Ah, pero ten cuidado – te advierte el anciano. – Si lo dejas caer o se rompe por algún motivo… morirás al instante. Esa es tu bendición y ese es tu castigo. La muerte no será nunca más un misterio para ti. Utiliza este regalo sabiamente.

El viejo se da la vuelta y desaparece entre la multitud. El reloj de la estación vuelve a contar los segundos. La gente reanuda su movimiento. Tardas unos segundos en asimilar lo que acaba de suceder. Entras justo antes de que las puertas del tren se cierren detrás de ti. Te sientas junto a una ventana. La máquina reemprende la marcha. Ves la estación desaparecer en la ventana, es suplida por un túnel oscuro que el tren recorre estruendosamente.

Contemplas el reloj de arena en medio de aquella oscuridad y comprendes que ese aparato no es solamente el reloj de tu vida. Es el reloj de todas las vidas. Muchas cosas tuvieron que suceder para que tú estuvieras sentado justo en ese lugar, precisamente en ese momento. Hace billones de años, una gigantesca explosión expande la materia por todo el universo, generando el espacio y el tiempo. Esa mezcla de gas, roca y polvo forma un Sistema Solar. Hace cuatro mil seiscientos millones de años una estrella se transforma en supernova creando una masa que se conformaría durante muchas eternidades hasta convertirse en el planeta Tierra. Seiscientos millones de años después surge una molécula misteriosa en las vastas profundidades de ese mítico caldero. Adquiere la capacidad de multiplicarse y crea la vida. Cuatro mil millones de años después, uno de esos organismos asoma la cabeza por la superficie del agua y consigue respirar. Sale del agua y se desplaza por la tierra. Se adapta al entorno y desarrolla nuevas capacidades. Se extinguen muchas especies, pero la vida prevalece. Siempre queda un organismo entre las cenizas que regenera ese ciclo interminable que es la supervivencia. Hace cuatro millones de años, un misterioso chimpancé empieza a caminar sobre dos patas y se separa del resto. Dos millones de años después surge una criatura capaz de elaborar herramientas. Hace doscientos mil años surge la inteligencia y la maldad. Empiezan las migraciones y un grupo de estos incipientes seres humanos cruza el estrecho de Bering y coloniza un nuevo continente. Hace once mil años, el hombre se establece en el Valle de Oaxaca. Crea civilizaciones que perfeccionan la arquitectura, la agricultura y la supervivencia. En el siglo XVI son sometidas por un imperio extranjero. Se libran batallas en los pueblos y en las conciencias de los hombres. En mil ochocientos veintiuno se independizan. Nace una nueva nación. Quedan residuos de ese mestizaje ancestral. Se forma una nueva cultura ecléctica en aquella tierra desolada. En el año de mil novecientos ochenta y cinco, Gastón Vasconcelos recorre la plaza principal de San Mateo y ve a Delia Juárez. En el verano de mil novecientos ochenta y seis se casa con ella. En el otoño de mil novecientos ochenta y ocho, un niño abre los ojos por primera vez. El trece de noviembre del dos mil siete, ese niño se ha convertido en un joven. Pasea por el pueblo, hay nubes en el cielo y la colina que domina el horizonte luce repleta de árboles. Ve a una joven sentada a los pies de un naranjal. Una tarde del dos mil ocho, se prometen el uno al otro que estarán juntos por el resto de sus vidas. Unos años después, ella rompe la promesa y se va del pueblo con la intención de no regresar jamás. Él aguarda dos años más, hasta que descubre que la única manera de continuar su vida es yéndose de ese lugar. Se va. Un año más tarde, el destino hace que se reencuentren. Unos meses después, Raúl Hidalgo saca una navaja de su bolsillo y falla al intentar matar a otro hombre. Es empujado contra la banqueta y su cabeza colapsa contra el pavimento. Muere casi al instante. En ese preciso momento, una nueva vida brota en el interior de una mujer. Al día siguiente, un asesino camina por el pasillo de una estación de autobuses. Decide regalarle sus cigarrillos y su encendedor a un anciano. A cambio de eso, el viejo le entrega un reloj que define su vida. Los granos de arena fluyen de un lado a otro, recordándole a Julián Vasconcelos que todas las vidas tienen un principio y un inevitable fin.

Dentro de veinte años, María te habrá olvidado para siempre. Serás ese viejo conocido del pueblo que alguna vez la dejó plantada. Seguramente nunca la volverás a ver. Habrás perdido tu oportunidad para siempre. Habrás sido tú el que rompió la promesa. Pagarás ese precio con tal de protegerla.

El tren se detiene repentinamente, escuchas como expulsa vapor y deja de funcionar. La gente permanece en sus asientos. Te das cuenta de que al haber salido de Oaxaca y al haber asesinado a Raúl Hidalgo, has creado una fisura en el tiempo. Has roto la continuidad de tu propia vida.

Escuchas el motor del tren. Empieza a funcionar otra vez. Reanuda la marcha. Lenta al principio. Pero unos segundos después va tan rápido que lo único que puedes distinguir son rayos de supernova volando como ráfagas a través de la ventana. Los pasajeros permanecen inmóviles como piedras. Comprendes que todos los tiempos han colapsado y que los finales felices no existen para ti. Dejas caer el reloj de arena y todas las historias se transforman en una sola. Entiendes que tu destino es el destino de la gente que ves cuando caminas por el andador de Alcalá un sábado por la tarde y que las vidas de todos los hombres se encuentran irremediablemente atadas hasta el fin de los tiempos y por el resto de la eternidad.

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Santa María del Tule, julio del 2013.

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