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DÍA DE LA IRA

Mar 31 • Sin categoría • 445 Views • No hay comentarios en DÍA DE LA IRA

La avenida Ferrocarril lucía desierta, a excepción de esporádicos tráileres que iban de pasada, o alguno que otro borracho al que se le hizo de día. El destello anaranjado de los primeros rayos del sol cubría el pavimento desgastado. Elías dormitaba en una silla blanca de plástico. Exhalaba nubecillas de vapor debido al frío. Traía una cazadora de los “Guerreros de Oaxaca”, un gorro de lana y como no tenía guantes, había metido sus manos dentro de la chamarra para que no se le congelaran.

 

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– Despiértate pinche flojo – lo sacudí.

– Espérate cabrón – me dijo con los ojos aún cerrados. – ¿Para qué me quieres despierto, si a esta hora ya no llega nadie? Además faltan diez minutos para que acabe nuestro turno.

– Tú lo has dicho, diez minutos… entonces son diez minutos más en que debes estar despierto – lo volví a sacudir. – O prefieres que le platique a don Gaspar acerca de tu filosofía de trabajo.

– Ya estuvo bueno pues… pinche rajón – abrió los ojos, sacó las manos de la chamarra y las empezó a frotar mientras les soplaba para que no se congelaran con el frío de aquella mañana del trece de noviembre del dos mil diez.

– Carajo, además tengo que trabajar en el taxi desde la una de la tarde. Quien fuera tú que nada más trabajas en la noche.

– Yo no soy el que tuvo cinco hijos sin pensar en las consecuencias.

– ¿Qué vas a tener cinco hijos? Si apenas eres un mocoso. ¿Cuántos años tienes?

– Los suficientes.

– ¿Cuántos pues?

– Veinticinco.

– Ya ves, eres un chamaco. De seguro no tienes hijos porque ni siquiera te has cogido a una vieja.

– Sí, Elías… tienes razón, nunca lo he hecho.

– ¿En serio tienes veinticinco? Porque te ves bien acabado.

– Es la cárcel, supongo que eso me cambió. Sin mencionar a la vida, que se ha encargado de joderme.

– ¿O será al revés?

– Un poco de ambas, supongo.

Encendí un cigarro y miré hacia la calle. Ya había terminado de amanecer. Los barrenderos limpiaban la mierda del día anterior. Del otro lado de la calle, las putas de la competencia salían de trabajar vestidas con pants y playeras de leopardo. Por algunas pasaban taxis y por otras sus padrotes.

El humo de mi cigarro se mezclaba con el vapor que exhalaba por el frío. No podía distinguir entre uno y otro. Las calles estaban mojadas por la lluvia de la noche anterior. Había pequeños charcos ennegrecidos en los límites de la banqueta y la calle. En uno de esos arrojé mi cigarrillo, que se apagó al instante.

– Ya son las seis, ¿Por qué no salen esas putas para que me pueda ir de una buena vez? – dijo Elías mirando su reloj italiano, que era quizás lo único valioso que poseía.

– Siempre me ha gustado ese reloj Elías. ¿A cuánto lo vendes?

– Ni siquiera podrías pagarlo. Además, aunque así fuera, no te lo vendería. Fue un regalo de mi padre antes de morir.

– Todo tiene un precio.

– Este reloj no lo tiene.

– Eso dices tú.

– ¿A qué te refieres?

– Me refiero a que tú cargas ese reloj tan bonito en esta parte de la ciudad y algún ladrón estaría más que dispuesto a pagártelo… y el precio, sería tu propia vida.

– ¿Y supongo que tú debes conocer a algún cabrón que esté dispuesto a entrarle a ese negocio?

– Yo solo digo lo que veo, además, si quisiera pagar el precio por tu reloj, ya lo habría hecho desde hace tiempo, créeme.

– Te creo… hombre, si por aquí todos sabemos que Fermín Soto es el puto jefe de jefes, ¿o no?

– No te pases Elías, como dije, si de verdad quisiera ese reloj, ya lo tendría aquí –señalé mi muñeca. – Pero no lo quiero.

– Como digas.

La puerta del tugurio se abrió y Rubí salió con un abrigo de piel rojo, lentes de sol, pants morados y tenis deportivos.

– ¿Qué tal la putería Rubicita, a toda madre? – le preguntó Elías.

– Pues gané más en una noche de lo que tú ganas en un mes – lo miró con desprecio. Elías tenía esa mala costumbre de molestar a todas las putas, y en general, a toda la gente que conocía.

– Ay Rubí, si fueras amable conmigo, yo me podría encargar de que ganaras un poquito más.

– Gracias Elías, pero no gracias. Lo que menos necesito es revolcarme con la chusma.

– Ahora resulta que los taxistas y los camioneros no son chusma – Elías rió. Hasta yo reí.

– Vete a la mierda Elías, y tú también Fermín.

Una pick-up se estacionó frente a nosotros. Bajó un tipo feo, de piel morena curtida, alto, con brazos largos, camisa roja y un collar de oro.

Tomó la maleta de Rubí, abrió la puerta de copiloto y se dio la vuelta para entrar a la camioneta otra vez. Arrancó y vi cómo se alejaba hasta ser un punto más en la distancia.

– Esa perra… – susurró Elías.

Nos quedamos un rato en silencio.

Volvió a distinguirse otra silueta que salía por la puerta. Esta vez era Beto, el jefe de meseros.

– Fermín, te habla el patrón. Quiere que vayas.

– Si el viejo quiere verme, que salga y me lo pida él mismo.

– Si quieres le digo eso.

– Estoy bromeando Beto. Ten algo de sentido del humor.

– Nadie tiene sentido del humor a las seis de la mañana. ¿Vas a venir o qué?

– Ya sabes que sí maldita sea… ya sabes que sí.

Entré al tugurio y las sillas estaban colocadas encima de las mesas. Un halo de luz se filtraba a través de la hendidura de la puerta principal que había quedado entrecerrada. Toño, otro de los meseros, barría las colillas de cigarros y los condones usados. Lo hacía con una lentitud robótica, producto de una noche completa en vela. Y es que en realidad, me puse a pensar, seguramente todos nosotros nos vemos así a esta hora. El no dormir es algo muy jodido, altera tu estado de ánimo y desacelera tu respuesta motriz al punto de convertirte en un robot que no mira hacia ningún lado mientras barre colillas de cigarros y condones infectados de sida.

– Pasa Fermín, siéntate – me dijo don Gaspar cuando entré a su oficina.

El viejo tenía aproximadamente unos setenta años. Su oficina, si así se le podía llamar, era un cubículo con paredes blancas y sin ventanas. Siempre alumbrado por focos incandescentes.

El hermetismo del cubículo hacía sencillo perder la noción del tiempo ahí dentro. Don Gaspar bebía un escocés limpio y fumaba un “Churchill” mientras contaba el dinero ganado aquella noche. Tres líneas de coca yacían en una superficie de cristal sobre su escritorio. Sonaba a poco volumen una canción de Valentín Elizalde en su grabadora. Me miró con esos ojos penetrantes que parecían contemplar el alma podrida de sus empleados.

– ¿Qué tal la noche Fermincito?

– A todo dar don Gaspar. No hubo ningún problema. Sólo que Elías se quedó dormido un buen rato.

– Maldito flojo. Esta es la última que le perdono. ¿Quieres escocés?

– Claro.

Sacó una botella de Chivas Regal de su cajón y me sirvió un vaso. Me lo tomé de un trago.

– No seas tan atascado Soto.

– Es alcohol al fin y al cabo, a mí me sabe igual. Pudo haberme dado aguarrás y también me lo bebía en cinco segundos.

– Lo sé, Fermincito. Bueno, aquí está tu quincena – Separó un pequeño fajo de billetes y los colocó frente a mí en el escritorio. Tomó uno de quinientos pesos de su montón y lo utilizó para meterse una línea de coca en cada una de las fosas nasales. Enfocó los ojos hacia la luz incandescente.

– Bueno, ahora lárgate. Tengo trabajo y debes llevar a Melissa a su departamento. Hoy es su último día. Se va a Puebla o quién sabe a dónde, y ya no te voy a agarrar de su chofer. Ten para lo que se ofrezca – me ofreció el billete de quinientos que acababa de utilizar para drogarse y lo acepté. – Por cierto, tomate el día libre. Me has sido útil y te lo has ganado.

– Gracias don Gaspar. Nos vemos el domingo.

– Sí… sí – me dijo mientras hacía señas de que me fuera.

– ¿Qué te dijo el viejo? – me preguntó Elías cuando salí.

– Eso te vale madres.

– Como quieras.

Caminé hacia la entrada lateral del tugurio. Melissa ya me esperaba con unos pantalones de mezclilla ajustados, una playera morada y una gorra blanca.

– ¿Ya nos vamos? – preguntó.

– Si, vámonos.

Subimos a mi camioneta y nos dirigimos hacia su departamento. No estaba muy lejos de ahí. Tomé una de las calles aledañas a Ferrocarril y me dirigí hacia Camino Nacional. Pasé por el estadio Benito Juárez y entré hacia el parque de las Canteras por una pequeña callejuela. Me detuve casi en frente de la vieja laguna donde aún se podían encontrar algunos peces nadando de vez en cuando.

– Bueno, aquí estamos – le dije a Melissa.

– ¿Tienes prisa por irte? – dijo mientras encendía un cigarro.

– No realmente.

Me ofreció uno y lo acepté. Era de esos mentolados que no saben ni a chicle ni a tabaco, pero no estaba tan mal.

El parque de las Canteras estaba desgastado por el efecto del tiempo. Se escuchaba el canto de las aves desde las ramas de los árboles y una que otra persona pasaba esporádicamente. Eran las ocho de la mañana. El sol comenzaba a despuntar en el cielo. Se sentía una ligera brisa en el aire.

– Fermín, te agradezco por haberme traído al departamento todos los días durante las últimas dos semanas.

– No tienes nada que agradecer; realmente no tuve opción – don Gaspar me obligaba, quizás porque Melissa era una de las que le hacían ganar más dinero.

– Estas muy guapo, ¿ya te lo habían dicho?

– Algunas veces.

– Déjame recompensarte. Pasa a mi departamento.

– Sí claro, vamos.

Bajamos de la camioneta y la seguí. Era morena, delgada y tenía rasgos finos. Había venido a Oaxaca para trabajar por dos semanas, pues don Gaspar tenía un amigo que también tenía puteros en Puebla, y de vez en cuando, intercambiaban mercancía para darle variedad a sus respectivos negocios. Era el último día de Melissa. Al día siguiente se regresaba a Puebla, o hacia donde el destino la llevara.

Su departamento era muy sencillo. Consistía en un cuarto con una pequeña cocineta y una mesa. Otra habitación donde estaba su cama y una televisión. Y el baño. No había adornos en las paredes, ni nada muy personal. Era un lugar frívolo. Transitorio. Justo como lo había imaginado.

– Ponte cómodo. Me voy a dar una ducha rápida.

Me paré frente a la ventana que había en la cocineta. Desde aquel punto se podía contemplar todo el parque de las Canteras. Los travestis habían terminado su jornada laboral. Caminaban con el maquillaje corrido hacia una casa que estaba en la misma cuadra que el departamento.

Se escuchaba el sonido de la regadera a través de la puerta del baño. Volví a contemplar por la ventana. Un par de cholos caminaban por el kiosco del parque.

Pasaron unos diez minutos hasta que Melissa salió del baño. Sólo llevaba una toalla.

– Ven – me dijo. – Hay algo que quiero enseñarte.

Fui hacia su habitación y en cuanto entré, empezó a besarme mientras me quitaba la ropa. Lo estuvimos haciendo un buen rato.

Terminamos y me recosté en la cama. Me quedé dormido.

Cuando desperté, Melissa me observaba.

– ¿Qué me ves? – le dije. – ¿Te gusto?

– ¿Qué me contestarías si te pido que te vayas conmigo a Puebla?

– Tendrías que pedirlo para empezar.

– Vente conmigo a Puebla. Podemos tener una buena vida allá. Me harías compañía y no tendrías que preocuparte por el dinero.

– No me interesa.

– No puedes decir que no así nada más. Vamos a hacer algo. Piénsalo y si cambias de opinión, te espero aquí mañana. Me voy a la una de la tarde, ¿qué te parece?

– ¿Por qué no? Supongo que puedo pensarlo – me levanté de la cama y empecé a vestirme.

– Sí, piénsalo y ten, a cambio todo lo que has hecho por mí – sacó dinero de su bolso y me lo ofreció. Lo tomé. Le di un beso y me despedí.

– Ojalá que vuelvas – dijo cuando ya me iba.

– Ya veremos – contesté. – Ya veremos.

Subí a mi camioneta y escuché cómo arrancaba el motor. Aún no había desayunado. Eran las once de la mañana y no hacía calor. El cielo estaba inundado de nubes y se sentía una leve ventisca a través del parabrisas. Tomé Camino Nacional y entré hacia Morelos. De ahí tomé Armenta y López. Me estacioné frente al Templo de San Agustín.

Caminé por una cuadra repleta de gente que ocupaba toda la banqueta retrasando el paso de los demás y de pordioseros que se sentaban con toda su familia a pedir limosna. Yo nunca les daba nada. Me senté a desayunar en uno de los restaurantes del Zócalo. Las mesas estaban afuera.

Llamé al mesero. Le pedí unos huevos con tocino y un café americano. Eché una ojeada a las otras mesas del restaurante. Uno de los colaboradores del gobernador que iba de salida, ofrecía una conferencia de prensa en la cual anunciaba que se pasaba a la oposición y que ahora colaboraría con el nuevo gobernador. Tomaba un café mientras un montón de periodistas le tomaban fotos y anotaban sus frases en blocs de notas. Todos comían un desayuno pagado por el funcionario. Se reían de sus chistes aunque no fueran graciosos y actuaban como si fueran sus grandes amigos

Me fijé bien en la cara del político que había convocado a los chayoteros. Era un tipo feo. En ese instante el mesero regresó a la mesa. Esta vez con mi desayuno.

La luz del día se filtraba a través de los laureles del Zócalo. Un grupo de lucha indígena bloqueaba la entrada al palacio de gobierno. Lanzaban consignas ofensivas en dialectos que sólo ellos entendían. Algunos niños pasaban por las mesas tratando de vender artesanías. Una banda empezó a tocar justo frente a mi mesa. Tocaban tan alto que ni siquiera podía escuchar mis propios pensamientos. Algunos turistas celebraban la música folclórica. Terminaron con la primera canción y se acercaron con un sombrero a pedir dinero a los comensales. Saqué un billete de cincuenta pesos y lo agité en el aire. El músico que recolectaba el dinero se acercó rápidamente a mi mesa.

– Te doy estos cincuenta pesos si te vas a tocar tu musiquita a otro lado y me dejas desayunar en paz.

El tipo se me quedó viendo con una expresión cómica, como si lo que le estaba diciendo fuera una broma. Pero al ver que yo no sonreía, entendió que la cosa iba en serio. Tomó el billete y se largó de ahí con toda su banda. Terminé mi desayuno y pedí la cuenta. No dejé propina.

– ¿Qué pasa jefe, no lo atendieron bien? – me preguntó el mesero.

– Si a que un montón de mugrosos se acerquen a molestarte cada veinte segundos lo llamas atender bien, entonces estás más jodido de lo que pareces.

Volví a caminar por la misma calle repleta de gente torpe y pordioseros hasta que llegué a mi camioneta.

Manejé hacia mi departamento. Estaba en Calzada Madero, cerca de la vieja estación de ferrocarril. Era un pedazo de una casona que alguna familia había dividido décadas atrás. No estaba tan mal, el dueño era un amigo y me la rentaba barato. Abrí la puerta, me dirigí hacia la nevera y saqué una cerveza que me bebí de un trago, después fui a la cama y no me costó trabajo cerrar los ojos.

Desperté a las cinco de la tarde y encendí la televisión. Estaban pasando un programa de luchas. La dejé encendida y me metí a bañar. Tenía que estar a las seis y media en el puesto de Lorenzo Serrano para que me pagara un dinero que le debía a don Gaspar. Terminé de bañarme, me puse otra ropa y salí del departamento.

Tomé Calzada Madero con dirección hacia el Periférico mientras escuchaba la radio local. Un locutor hablaba acerca de la lucha de clases mientras maldecía a los empresarios, llamándolos burgueses y explotadores del pueblo.

Iba pasando frente al Parque del Amor y vi que una mujer y su hijo estaban siendo molestados por un albañil borracho. Normalmente no habría hecho nada para impedirlo, pero al fijarme en la mujer, pude reconocerla. Era Isabel Rivera. Había sido la prometida de mi tío Javier. Su compromiso iba tan en serio que incluso fue mi madrina de primera comunión. Saqué la navaja de la guantera, me la metí en el bolsillo, estacioné la camioneta y me bajé sin prisa.

El albañil la perseguía gritándole todo tipo de estupideces. Ella fingía no escucharlo y le tapaba los oídos a su hijo. Cuando me dirigía hacia allá, el tipejo agarró valor y se le fue encima. Alcancé a llegar justo a tiempo para quitárselo y reventarle la cabeza contra un barandal. Se quedó ahí tirado un rato. Después se levantó con la mirada desenfocada. Lo tomé de la camisa y pude oler la mugre que despedía su inmunda presencia.

– ¿Qué te traes o qué, pendejo? – me gritó.

– ¿Qué me traigo? Esto es lo que me traigo, hijo de puta – le mostré mi navaja y la puse muy cerca de su cuello. Él cerró los ojos, aceptando el final de su vida. Pero había demasiada gente alrededor e incluso por deshacerse de chusma como ésa, lo meten a uno a la cárcel. Así que sólo lo tomé del cabello con la otra mano y arrojé su cabeza al suelo. Cayó pesadamente y no se movió. Le revisé el pulso. Seguía vivo.

Me levanté y miré a Isabel. Estaba gordita pero aun así estaba buena.

– Muchas gracias por ayudarnos señor.

Asentí con la cabeza ante su agradecimiento, mientras aún sentía la adrenalina corriendo por mis venas.

– Tenga, por su ayuda – me ofreció unos billetes que sacó de su bolsa.

– ¿Qué le pasa señora? Cree que soy un miserable. Guárdese su cochino dinero. No lo necesito – me ofendía el hecho de que me ofreciera limosna frente al niño, como si yo fuera un puto pordiosero. ¿Quién se creía que era?

– Disculpe – me dijo mirando hacia abajo con vergüenza.

– Sí, como sea – le respondí mientras me daba la vuelta y regresaba a mi camioneta.

Unos diez minutos después llegué al puesto de Lorenzo Serrano. Era uno de los tantos módulos que se encontraban en un pasillo frente a Fábricas de Francia.

Eran las seis y media de la tarde. Las nubes dominaban el panorama. Las hojas de los árboles se mecían con la brisa y las copas de las montañas se cubrían con la bruma del cielo vespertino.

Lorenzo Serrano era un viejo porro de la Universidad. Utilizaba su puesto de comida como fachada para los verdaderos negocios que llevaba a cabo con don Gaspar y otros socios. Lorenzo era un tipo alto, gordo, de facciones toscas y cara de jabalí enojado. Era la clase de tipo que no te quieres encontrar en un callejón oscuro en mitad de la noche.

– Siéntate Fermín. En un momento te atiendo – dijo en cuanto me vio llegar.

Me senté en una de las mesas que estaban afuera de su módulo. Él atendía a unos clientes. Terminó con eso, tomó dos refrescos de su refrigerador y se sentó frente a mí. Me ofreció uno y lo tomé. Sacó una cajetilla de Delicados y también me ofreció. No se lo rechacé. Dejó la cajetilla y su celular en la mesa. Encendió su cigarro con unos cerillos de madera. Me miró fijamente con sus pequeños ojos de jabalí encabronado.

– ¿Qué dice la buena vida Fermincito?

– Estoy vivo que ya es ganancia.

– ¿Vienes por el dinero de tu patrón?

– Sabes que sí, aunque no descarto el gusto de convivir con un buen amigo.

– Hombre, hace mucho que nadie me llamaba así – me dio una palmada en el hombro. Sacó un sobre de su chamarra y lo deslizó hacia mí. Lo tomé.

– ¿No lo vas a contar?

– Estamos entre amigos Lorenzo, ¿o no?

– Por eso me caes bien cabrón.

Estuvimos platicando un rato acerca de varias cosas. En algún punto, su celular comenzó a vibrar en la mesa. Alcancé a leer la palabra “jefe” en la pantalla. Lorenzo lo tomó.

– Espérame un segundo Fermín. Tengo que contestar esta llamada – se levantó de la mesa y lo escuché conversar a la distancia. Debía de ser alguien importante porque se pasaba largo rato escuchando sin decir nada, y después emitía comentarios cortos, casi siempre acompañados de una risa de complicidad con su interlocutor.

Regresó a la mesa al poco rato. Estaba agitado. Se le notaba en sus pequeños ojos perversos. Me miró como quien decide si debe compartir información delicada a una persona poco confiable.

– ¿Qué te dijeron? – le pregunté sin darle importancia al asunto, mientras daba un sorbo al refresco de naranja que me había dado hacía un rato.

– Nada importante… cosas de trabajo.

– Ya veo.

– Fermín, ¿Puedo confiar en ti? – pareció preguntárselo a sí mismo. – Qué carajo – se respondió antes de que yo pudiera responder. – Hoy me sucedió algo de lo más extraño. Hay un tipo que se llama Efraín Cruz. Un antiguo compañero de la Universidad. Trabaja en la procuraduría estatal. Fue a buscarme a mi casa como a las siete de la mañana. Resulta que recientemente tuvo acceso a un expediente y ahora está convencido de que una hija a la que nunca quiso reconocer, una tal Blanca, está en peligro de muerte. Yo la conocí hace tiempo. Es una cualquiera, se va con el que pueda pagarle lo que cobra, pero al parecer esta vez se metió con alguien que no debía. Un enemigo de otro con el que había estado antes o algo por el estilo. El punto es que esto generó un conflicto. Y este cabrón de Efraín parece haberse enterado de todo el negocio. El tipo estaba tan seguro de su sospecha que no pude creer que simplemente lo estuviera inventando todo. Así que le pedí que me diera un tiempo para investigar, pero el maldito loco ese anda todo el día con una veintidós y me amenazó diciéndome que si no le daba información al respecto, me mataría a mí y a toda mi familia, ¿Puedes creer a ese hijo de puta? Tuve que darle una dirección falsa para que se largara. Ni bien se fue, llamé a un amigo que tengo en la procuraduría. Le platiqué lo que había pasado. Y ahora ese amigo me pide que llame a Efraín y le diga que encontré a su hija. Y que está en el estacionamiento del Tequio. Pero todo eso me huele muy raro. Yo creo que esta gente del Gobierno quiere que él vaya a ese lugar, pero por otra cosa. Efraín nunca fue mi gran amigo, realmente no me importa lo que le pase, pero si lo cito a ese lugar y sobrevive, puede desquitarse con mi familia. Y ahora mismo me encuentro en una posición difícil. Esos hijos de la chingada del Gobierno llevan todo el año atando cabos sueltos para que el nuevo gobernador no encuentre nada cuando asuma el poder. Es más, digamos que cito a Efraín a ese lugar y no sale con vida, ¿Qué van a hacer conmigo después? Yo vengo a ser el único que sabe de todo este arreglo del Tequio. Probablemente por eso te lo estoy contando Fermincito, siempre has sido derecho conmigo. Y si algo me pasa, me gustaría saber que por lo menos puedes ser tú el que le explique a mi familia lo que pasó, cuando empiecen a hacer preguntas.

– No te preocupes Lorenzo… si quisieran matarte por saber demasiado, ya lo habrían hecho. Tú les sabes mucho desde hace años y nunca has sido chismoso. Por otro lado, me dices que hoy en la mañana, cuando el tal Efraín fue a verte, le diste una dirección inventada para ganar tiempo. Bueno, no quiero ser negativo, pero seguramente va a pasarse por ahí buscando algo de información. Y evidentemente el pobre pendejo que vive en esa dirección, no va a tener ni la menor idea de quien es Blanca. Y no me malinterpretes, me importa un carajo lo que pueda pasarle. Pero ya sabes lo que dicen, un homicidio nunca es bueno para el negocio. Así que en tu lugar, llamaría a Efraín cuanto antes y lo citaría en cualquier lugar donde no pueda hacerle daño a nadie, porque al fin y al cabo, el que puede terminar pagando por lo que pueda hacer, eres tú.

– En la madre… tienes razón – Lorenzo se frotó las sienes con el puño.

Tomó su celular y busco un número en su agenda. Lo marcó mientras volteaba hacia los lados y movía nerviosamente los dedos de su robusta mano en el respaldo de la mesa.

– Efraín. Soy yo… Lorenzo. Tengo una noticia que te va a alegrar, encontré a tu hija. Vino a verme para que la ayudara a esconderse. Estamos en el estacionamiento del Tequio. Le platiqué que la andas buscando y me dijo que en otras circunstancias no le interesaría saber nada de ti, pero le quedan pocas opciones y te necesita. Ven lo más rápido que puedas. El tiempo es oro… Sí, claro que estoy seguro carajo, aquí está conmigo… Yo de verdad pensaba que ibas a encontrarla en esa dirección, pero me acaba de decir que ya no vive ahí desde hace meses. Es difícil seguirle la pista. Apúrate, no sabemos si alguien pudo haberla seguido… Sí, aquí voy a estar – colgó el teléfono mientras se tapaba los ojos con las manos y sacudía la cabeza.

– Hiciste lo que pudiste Lorenzo – le dije.

– No hice nada. Mandé al pobre idiota a la muerte.

– Como dije… lo que pudiste… ¿Quién sabe? Tal vez un hombre menos en el mundo resulte ser lo mejor para todos.

Nos quedamos un rato fumando en silencio mientras contemplábamos el cielo que poco a poco iba oscureciéndose.

– Bueno, ¿Vamos a tomar unas cervezas o qué? – rompí el silencio.

– Ya sabes que sí Fermincito.

Se levantó de la silla de un salto y cinco minutos después íbamos en mi camioneta.

– Vamos al centro y nos metemos al primer bar que veamos – le dije.

Encontrar lugar para estacionarse fue difícil. Me aparqué entre Murguia y Porfirio Díaz. Nos bajamos y vimos a un borracho que iba caminando por la calle. Tendría unos veinte años. Un carro se detuvo justo donde estaba caminando y de ahí bajaron tres tipos que tenían más o menos la misma edad. Sin siquiera avisarle, lo tiraron al suelo y empezaron a patearlo. Pensé en ayudarle, pero luego reflexioné que algo debía haber hecho para merecerlo. Lorenzo pareció pensar lo mismo. Se quedó parado junto a la puerta de copiloto mientras contemplaba la golpiza. Alcancé a ver una sonrisa en su mirada.

El primer lugar que vimos estaba en la misma calle de Murguía.

– Hay que entrar a ése – le dije a Lorenzo.

– Ese lugar es de maricas.

Aun así entramos. Era uno de esos bares hippiosos que estaban de moda. Una vieja casa del centro, decorada con muebles raros y pósteres antiguos. Nos sentamos en una mesa cerca de la barra y pedimos una cerveza cada quien. La tomamos en silencio.

– Vámonos Fermín. Hay que ir a una cantina de verdad, donde haya mujeres a las que podamos pagarles para que nos den lo que buscamos.

La verdad es que yo no estaba buscando mujeres esa noche. Simplemente quería un lugar tranquilo donde pudiera tomar unas cervezas y olvidarme de todos los problemas. Tampoco ansiaba la compañía de Lorenzo. Era simplemente un tipo que estuvo ahí en el momento. Sólo era eso en realidad.

– Si lo que quieres es una mujer, te voy a conseguir una.

Me levanté de la silla y miré alrededor. En el fondo del lugar estaban sentadas dos jóvenes que parecían venir solas. Me acerqué a su mesa y me senté.

– Hola, ¿les molesta si las acompaño?

– No… para nada – respondió la más fea de las dos.

– ¿Cómo se llaman? – les pregunté en tono amistoso, pero indiferente, como si en realidad no me interesara saber sus nombres, lo cual era cierto, así que no me costó ningún trabajo fingirlo.

Intenté hacerles conversación, pero era imposible. Apenas y me contestaban lo que les preguntaba. De vez en cuando platicaban entre ellas acerca de gente que sabían que yo no conocía. Me sentí asqueado. Me dieron ganas de vomitar en la mesa. Me levanté y me fui.

– ¿Qué paso ligador, no pudiste conectarte a esas viejas o qué?

– Al menos lo intenté – le respondí.

– ¿Sabes cuál es tu problema Fermín?

– No, pero seguro que tú ya lo sabes.

– Pues fíjate que sí lo sé… para esta gente, para estos chavitos fresas, tú eres un yope, ¿Y sabes por qué? Pues muy sencillo Fermincito… no estudiaste, estuviste en la cárcel, eres el portero de un putero y es así de fácil. Entiéndelo de una buena vez… no perteneces aquí. Tu lugar está en algún prostíbulo de mala muerte, cuidando la puerta o cogiéndote a alguna de las putas. Ese eres tú Fermín y ese seguirás siendo, por más que lo niegues.

– Vete a la chingada Lorenzo. No necesito escuchar tu mierda – me levanté de la mesa, saqué un billete y lo puse en la mesa.

– Aquí tienes lo de tu cerveza, ahora me voy a mi casa. Nos vemos después.

– No te enojes Fermín. Lo digo por tu propio bien. Ojalá algún día lo entiendas.

– Sí, como sea – le respondí. Salí del bar y mientras caminaba por Murguía, me puse a pensar que probablemente tenía razón, pero después me dije a mi mismo: ¿quién se cree ese maldito jabalí para decirme lo que soy, que carajo sabe él sobre la vida? – escupí en el suelo y decidí olvidar el asunto. Vi un bar sobre Porfirio Díaz. Entré.

La luna llena iluminaba las calles del centro. Los ladridos de los perros se confundían con el ruido de las bocinas de los automóviles.

El bar era más deprimente que el anterior. El mobiliario era antiguo y se respiraba tristeza en el ambiente. Me senté en la barra y pedí un mezcal.

En algún punto de la noche, alguien se sentó a mi lado. Volteé y reconocí a Isabel Rivera. La mujer a la que había ayudado esa misma tarde. Me miró y sonrió.

– Ya sé que no eres un pordiosero, pero déjame invitarte una cerveza.

– Sí claro, ¿Por qué no? – su hijo no estaba presente, así que podía invitarme lo que quisiera.

Pidió dos cervezas al barman y le dio un buen sorbo a la suya.

– ¿Quién eres? ¿Por qué me ayudaste hoy?

– ¿Por qué no?

– Me pareces conocido. ¿Ya nos habíamos visto en algún lugar?

– Supongo que lo recordaría si así fuera.

– ¿Eso es un cumplido?

– Tómalo como quieras – contesté mientras miraba sus tetas. Para ese punto ya no me interesaba quedar bien con nadie.

Seguimos platicando un buen rato. Ella se tomaba las cervezas como si fueran agua. Cada vez se embriagaba más.

– Mi vida es un desastre – exclamó de pronto.

– ¿Por qué?

– Tenía un novio, pero terminé con él. Y eso me preocupa, siento que mi hijo necesita una figura paterna.

– ¿Tu hijo es el niño con el que te vi hoy?

– Sí, él es.

– ¿Dónde está su papá?

– Murió… es una larga historia – no quiso seguir, pero no hubo necesidad. Yo conocía bien esa larga historia. – Es curioso – pensé. Dos personas se encuentran por mera casualidad dos veces en el mismo día. Supongo que Oaxaca es una ciudad pequeña.

– ¿Cómo te llamas, por cierto? – preguntó.

– Artemio Santos – le mentí.

– ¿No te interesa saber mi nombre?

– Tal vez ya lo sepa.

– ¿Tienes novia?

– No.

– ¿Vamos a mi casa?

– Creo que sí – pagó la cuenta y unos minutos después estábamos en mi camioneta.

Llegamos a su casa. Vivía cerca. En unos departamentos de la calle Zaragoza. Cerca de la central de abastos. Una zona jodida, pero a esa hora estaba tranquilo. Entramos a su habitación y le empecé a quitar la ropa.

– Espera un minuto – me dijo. Se levantó de la cama, semidesnuda, y cerró la puerta. Después encendió la televisión. Estaban pasando un infomercial.

– No quiero que mi hijo nos escuche – susurró.

Se volvió a meter a la cama. Abrió el cajón de un taburete y sacó un condón.

– Ponte esto – me dijo. Estaba ebria y sus movimientos eran torpes. Yo también estaba borracho. Fingí que me ponía el condón pero en realidad no lo hice. Lo estuvimos haciendo una media hora. En más de una ocasión me llamó Javier.

Desperté como a las cuatro de la mañana. Estaban pasando una película antigua. El protagonista, un tipo rubio, apagaba un cerillo y de la nada aparecía una secuencia de algún desierto. Fui al baño. Cuando regresé, apagué el televisor y me recosté en la cama otra vez. Isabel estaba despierta, sentí que me acariciaba el pecho.

– ¿Te gusto? – preguntó.

– Supongo que sí. Si no me gustaras, no estaría aquí.

– Tú también me gustas Artemio. Me recuerdas al papá de mi hijo – una sensación helada me recorrió las venas. – Me gustaría que tuviéramos algo serio. No tendrías que preocuparte por el dinero. Yo gano bien en el trabajo y podría mantenerte.

– Puede ser. Lo discutimos en la mañana.

– Bueno, pero piénsalo.

Se recostó y al poco rato se quedó dormida. Después de años de no hacerlo, pensé en el tío Javier. Era el hermano de mi madre y durante muchos años había sido como un padre para mí. Los fines de semana me llevaba al cine. Hacía algunos años nos habíamos distanciado por alguna estupidez y lo último que supe de él es que había muerto. Algún domingo, se distrajo al cruzar la calle y lo atropelló un camión. Nunca supe nada de que tuviera un hijo o una esposa.

Me levanté de la cama a las siete de la mañana. Isabel seguía dormida. Me vestí y salí de la habitación sin hacer ruido.

Antes de irme, fui hacia la nevera y me serví un vaso de leche. Me senté en la mesa a beberlo mientras comía un pedazo de pan dulce que había encontrado en una cesta junto al lavabo.

Aun me quedaban algunas horas para regresar a las canteras y decirle a Melissa que aceptaba la oferta. Me levanté de la mesa y vi al hijo de Isabel parado afuera de la cocina. Me miraba con curiosidad. Le calculé unos seis años.

– ¿Tú eres mi papá? – preguntó.

– Tu papá está muerto – contesté mientras lo miraba fijamente. Era idéntico al tío Javier.

Me dirigí hacia la puerta y vi un sobre encima de una repisa. Lo abrí. Estaba lleno de dinero. Decidí tomarlo. El niño observaba todos mis movimientos. Saqué un billete de cien pesos del sobre.

– Ten, cómprate un dulce – lo tomó sin decir nada.

– Adiós – le dije mientras cerraba la puerta.

Amanecía en la calle de Zaragoza. Los comerciantes abrían sus negocios y los barrenderos recorrían las calles.

Subí a mi camioneta y arranqué a toda velocidad hacia las canteras. Pisé el acelerador a fondo y me pasé un alto. No me importó. Ese bien podía ser el último día de mi vida y si de algo estaba seguro, es que ya nada me detendría. ¿No habrías pensado lo mismo en mi lugar?

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