Free songs

Edén

Abr 10 • PLEXUS • 635 Views • No hay comentarios en Edén

Era un camino lodoso cuesta abajo el que se debía recorrer para llegar al río. Estaba lleno de pequeñas y filosas piedras que convertían el trayecto en un riesgo. Un paso en falso podía significar una caída mortal. Y Rosa Cruz lo sabía, por eso bajaba con lentitud. Lo que menos necesitaba era un accidente, porque dadas las circunstancias, seguramente se quedaría ahí tirada por varios días en algún rincón sin que nadie se percatara. Era uno de los tantos inconvenientes de la vida casi ermitaña que la acompañaba desde hacía ya varios meses, o eso calculaba ella, porque desde hacía mucho tiempo había dejado de contabilizar los días. No le encontraba ningún uso práctico a esa costumbre. Ni siquiera utilizaba reloj. Lo había enterrado en el patio de su casa. Y es que en realidad tampoco le servía para nada, lo único que conseguía ese viejo aparato era alargar los días en su mente. Lo mejor era no saber la hora y limitarse a vivir el momento sin ningún tipo de conciencia acerca de las circunstancias. Eso había razonado inconscientemente, mientras enterraba ese maldito reloj en aquella tierra árida enclavada en las profundidades de la Colonia Tepeyac, en los linderos entre Cuilapam de Guerrero y ningún lugar, en los confines de la civilización y en el principio de la vasta y misteriosa sierra del estado de Oaxaca.

El río corría incesante. Estaba crecido por las lluvias del último mes. Sacó de un canasto su ropa y la de Esmeralda. Dejó que se mojaran y empezó a tallarlas en una piedra de la orilla. Después se quitó el vestido y los huaraches. Se metió al agua hasta que le llegó a la cintura. Trató de ser cuidadosa para que la corriente no la arrastrara.

No sentía el cuerpo de la cintura para abajo. El agua estaba helada. Las copas de los árboles que crecían en la orilla impedían que el sol templara su cuerpo y disminuyera la sensación de entumecimiento.

Estuvo ahí un rato limpiándose la mugre de la espalda y de las piernas. Sumergió la cabeza en el río un par de veces para matar a los piojos. Tomó un poco del agua con las manos e hizo gárgaras para limpiarse la boca. El líquido helado provocó que le ardieran las llagas que tenía en las encías.

Salió del río y el cuerpo le temblaba. Tomó su vestido y lo utilizó como toalla, después lo lavó de la misma manera en que había lavado la otra ropa. Se miró en el reflejo del agua y no pudo reconocer a esa figura demacrada que la veía desde el otro lado.

Se puso el vestido aún mojado y volvió a meter la ropa en el canasto. Ahora pesaba más porque estaba empapada. Se puso la cesta con dificultad en el hombro y con la mano que le quedaba libre, llenó de agua la cubeta que traía. Le tomó un buen rato subir la cuesta una vez más para llegar hasta su casa. Tomás la veía a lo lejos.

– Deberías ayudarme – le dijo Rosa.

– Tú sabes que no puedo. Ni siquiera tengo manos apropiadas – respondió Tomás, quien la observaba con la mirada perdida que tienen los perros.

– Pretextos, pretextos… pero bien que comes cuando te alimento.

Tomás ignoró el último comentario y se dio la media vuelta. Fue hacia el otro valle, en donde seguramente encontraría a algún animal más débil que él, y se lo podría comer en paz, sin que la vieja loca lo estuviera molestando, echándole en cara la poca comida que le daba.

Rosa cruzó la puerta de lámina de su casa y colocó la cesta en el suelo. Sintió cómo su brazo descansaba. Puso la cubeta encima de la mesa y se recostó un momento en su silla para recuperar fuerzas. Respiraba con dificultad y sentía que el sudor le resbalaba por la frente. Hacía calor. Debió quedarse dormida, porque cuando reaccionó, la luz del día había cambiado. Era más tenue.

Colgó en el tendedero la ropa que acababa de lavar. Vació el agua en un balde. Con una cubeta en cada brazo, volvió a bajar al río a repetir la cada vez más difícil y cada vez más necesaria tarea de acarrear agua.

Cuando bajó por segunda vez, alcanzó a distinguir un pedazo de periódico a lo lejos… se acercó y lo tomó. A pesar de que no le significaba nada, porque hacía tiempo que se le había olvidado cómo leer, lo guardó en uno de sus bolsillos. Con las cinco cubetas que había podido acarrear, tenía suficiente agua para dos días, quizás tres sabiendo racionar. Tomó una, la llenó y entró al cuarto de su sobrina.

Se sentía un aroma putrefacto. Por las hendiduras de la construcción de lámina se filtraban los últimos rayos de sol. Anochecía. Esmeralda estaba sentada desnuda en su cama, sacando baba por la boca y mirando a una oruga que se arrastraba por el piso de tierra.

– Vamos a bañarte – le dijo Rosa.

Sacó de un cajón la esponja de baño, la humedeció y empezó a frotarla con fuerza por el cuerpo desnudo de Esmeralda. Las costillas se le remarcaban por la desnutrición. Tenía heridas en todo el cuerpo, provocadas por la falta de movilidad. Rosa pensó que debía llevarla al médico, pero desde hacía tiempo el camino estaba bloqueado por las lluvias y no había manera de cruzarlo más que nadando.

Terminó de bañarla y le puso el vestido que ya se había secado. Su sobrina no decía nada. Seguía mirando con los ojos entrecerrados a la oruga que se deslizaba a través del suelo de tierra.

Fue hacia su habitación y se sentó una vez más en su silla. Intentó descansar. Sacó el pedazo de periódico y trató de leerlo. Pero por más que se esforzaba, le era imposible hilar las letras. Contempló las fotografías. Trató de recordar las cosas que ilustraban, pero la desnutrición había hecho estragos con su mente. Desde hacía algún tiempo le costaba mucho trabajo concentrarse y recapitular las cosas. Si Rosa Cruz hubiese sabido leer, se habría enterado de que ese periódico que tenía entre las manos era un ejemplar de “La Noche” de algún día del año dos mil once y que contenía dos notas escritas por Vicente Carrizo.

En la primera se informaba que el cuerpo sin vida de Lorenzo Serrano había sido encontrado en una zanja en Ixtlán de Juárez. En cuanto a la otra noticia, se reportaba la desaparición de Israel Camacho, uno de los líderes del movimiento del dos mil seis y hermano del político Artemio Camacho. Se había desvanecido de la faz de la tierra hacía una semana. Se señalaba como posible sospechoso al gobierno, e incluso algunos se atrevían a declarar que pudo haber sido secuestrado por el mismo magisterio, ya que había tenido diferencias con el gremio por sus últimas declaraciones, en las cuales acusaba a los líderes sindicales de corruptos y simuladores.

Rosa encendió una vela, se levantó con dificultad de la silla y salió de su habitación. El patio estaba oscuro. Ya había anochecido. Se escuchaba el sonido de los insectos nocturnos que se movían entre las hierbas.

– ¡Tomás! – gritó en repetidas ocasiones, pero él no respondió.

Con la vela en la mano, entró al cuarto de Esmeralda. Ella seguía contemplando hacia el mismo lugar donde antes se había arrastrado la oruga. Rosa tomó una de las mandarinas que había recogido el día anterior y la empezó a desgajar lentamente. Mientras le quitaba la cáscara, un poco de pulpa saltó a sus dedos y sintió que le quemaba las ampollas que se le habían hecho por estar cargando agua toda la tarde. Pero ya estaba acostumbrada al dolor físico y no le importó. Tomó la mandarina desgajada y la colocó cerca de la boca de Esmeralda, quien empezó a morderla con movimientos monótonos.

– ¿Qué tal Esmeralda, está buena?

Ella no le respondió. Rosa la acostó en la cama y la cubrió con una cobija de lana. Esmeralda babeaba y gemía mientras la acomodaba, pero en cuanto lo hizo, tardó poco tiempo en quedarse dormida. Rosa la contempló mientras trataba de resolver qué es lo que haría con ella. No podían seguir viviendo de los frutos que recogía en los arboles de los alrededores. No era suficiente y el estado de desnutrición en que ambas se encontraban, era una clara evidencia de esto. Ella aún podría cruzar el río en que se había transformado el camino a Cuilapam, pero para su sobrina, dada su condición, esto resultaba imposible. Rosa pensó que había sido una estúpida por rechazar la oferta que Gustavo Delgado le propuso tiempo atrás. Pero arrepentirse de eso, a estas alturas de la vida, ya no tenía ningún sentido. Tomó una de las mandarinas y se la comió. Salió del cuarto de su sobrina y se dirigió hacia el suyo. Se quitó el vestido, se recostó en la cama y apagó la vela.

Cuando abrió los ojos, pudo sentir la luz del sol en la frente. Había amanecido. Salió de la casa. Tomás estaba recostado en el patio.

– Ayer te estuve llamando y ni caso me hiciste – le dijo Rosa.

– ¿Qué quieres? – respondió Tomás sin siquiera voltear a verla.

– Sólo quería platicar con alguien.

– Si lo que quieres es hablar, ¿por qué no lo haces con tu sobrina?

– Tú sabes que ella está mala desde el accidente. No puede hablar con nadie.

– Eso no es mi culpa – Tomás se levantó y la miró fijamente. Su pelaje se agitaba por la brisa de la mañana.

– Nada es tu culpa nunca, ¿eh?

– ¿Tienes comida? – preguntó Tomás, mientras dirigía su mirada hacia el horizonte.

– Sabes que no. Apenas y he podido recoger suficiente fruta para que Esmeralda y yo sobrevivamos. Me gustaría ofrecerte algo, pero la verdad es que ahorita no puedo.

– Entonces vete a la mierda. No me sirves para nada.

– No seas cruel. Necesito que vayas al camino y me digas si sigue inundado. Tal vez ya bajó el nivel del agua y puedo llevar a mi sobrina al doctor.

– ¿Y con qué dinero le vas a pagar para que la cure?

– Ya me las arreglaré.

– Tú me pides un favor, pero no ofreces nada a cambio. ¿Por qué habría de ayudarte?

– Por favor. Te necesito más que nunca.

– Y sin embargo, no ofreces nada… olvídalo Rosita, ráscate con tus propias uñas. Me voy al otro valle donde hay muchos conejos. Tal vez pueda cazar alguno y si me siento generoso, ¿quién sabe? Igual y hasta te puedo traer sobras. Eso es lo que ofrezco.

Ya cruzaba la entrada del patio y comenzaba a subir la ladera.

– Por favor Tomás – le suplicó Rosa. – Te necesito, si pudieras ir por ayuda, nos salvarías la vida a Esmeralda y a mí.

– Simplemente no terminas de entender vieja loca. Digamos que te hago caso y voy a pedir ayuda, ¿quién me escucharía? Olvidas que soy un perro. No me puedo comunicar con los seres humanos normales, eso sólo lo puedo hacer con los locos como tú. Ay Rosita, me das lástima. Ojala que tú y tu sobrina mueran pronto para que yo pueda utilizar la casa, ¿y quién sabe? Tal vez hasta me dé un buen festín con sus entrañas. Ya hasta se me hace agua en la boca.

Vio como el perro se alejaba y volvió a entrar a su habitación.

– Maldito Tomás – pensó. – Si tan sólo tuviera un pedazo de carne y un poco de veneno para ratas, ya vería esa maldita bestia. Cómo se atreve a hablarme así. Un día de estos me las va a pagar.

Aunque en el fondo Rosa sabía que el perro tenía razón. ¿Qué sentido tenia discutir con un animal? ¿En qué se estaba convirtiendo? Se miró las manos arrugadas y callosas, y sintió ganas de llorar, pero las lágrimas no le salieron.

– Es lo que te digo Rosita, mejor véndele al licenciado Delgado tu lote. Ya ves que ese cree que todo esto le pertenece nomás porque es más letrado que una. Hasta nos cortó los servicios. Desde hace una semana ya no tengo luz ni agua. Por eso creo que voy a aceptar su oferta. No hay de otra Rosita. Ayer platiqué con Toño y tomamos la decisión de irnos.

– Como me dice eso doña Luz, si yo aquí trabajando con usted estoy bien. Por favor no se vaya.

– Rosita, pero trata de entenderme. Tú trabajas aquí en la miscelánea conmigo, pero yo tengo que vender para poder pagarte. Y ahora que todos se están yendo, no hay clientes. Escucha mi consejo. Mejor véndele tu lote y vámonos de aquí.

– Con todo respeto doña Luz, usted sabe que no puedo hacer eso. Esta tierra le ha pertenecido a mi familia desde siempre. Además, Esmeralda, mi sobrina… con lo que le pasó desde el accidente… pues es difícil moverla. Le agradezco el consejo y la oferta, pero prefiero quedarme.

– Como quieras Rosita, pero déjame decirte que te estás condenando. Dentro de un mes ya no va a haber nadie por aquí y ni comida vas a poder conseguir.

– Ya veré como le hago, tengo a mis animalitos. Me pueden rendir todavía un buen rato. Va a tener que batallar ese tal Delgado para quitarme lo que es mío.

– Ni hablar Rosita. Te deseo mucha suerte y que Dios te bendiga.

Doña Luz escribió una dirección y un número telefónico en una hoja de papel y lo puso en el bolsillo del delantal de Rosa.

– Aquí están los datos del lugar al que me voy, para que me busques si es que alguna vez decides irte.

– Gracias.

A las dos semanas, doña Luz empacó sus cosas y se fue para siempre de la Colonia Tepeyac.

Después de un rato, fue al cuarto de su sobrina, quien ya estaba despierta y daba vueltas alrededor de su propia orina, que estaba derramada en el suelo. Babeaba y se miraba las uñas negruzcas de los pies. Rosa fue por agua al barril y con un trapo limpió la suciedad del suelo de tierra, después tomó la esponja de baño y la pasó por la entrepierna de Esmeralda. La sentó nuevamente en la cama. Su sobrina la vio directamente a los ojos y por un instante, Rosa pudo sentir la mirada pesada que se posaba sobre ella. Pero un momento después se escuchó un ruido afuera y Esmeralda enfocó su atención en la puerta.

Rosa tomó la cubeta y salió de la habitación. El sol se escondía entre las nubes y el cielo adquiría una tonalidad sombría. A lo lejos, se escuchaba el sonido de los relámpagos que caían sobre la sierra.

Aun cuando Rosa Cruz no recordaba el lugar en donde había enterrado su reloj, todavía se acordaba de que lo había hecho un trece de noviembre del año dos mil doce. Desde entonces habría pasado probablemente medio año. No estaba segura.

Llenó otra cubeta con agua y fue a darle de beber un poco a Esmeralda, ella también bebió. Le dio de comer unas guayabas que había recogido de un árbol que no estaba muy lejos de su casa y ella también comió algunas. Revisó las provisiones. Aún quedaban cinco mandarinas y siete guayabas que le aseguraban la supervivencia al menos hasta el día siguiente. No tenía nada que hacer, así que decidió ir al río para fijarse en el nivel del agua. Eso podría ayudarle a calcular si ya sería posible cruzar el camino bloqueado por las lluvias.

– Rosita, tú sabes que me tengo que ir. Aquí en Oaxaca no hay trabajo.

– Ya veremos cómo le hacemos. Por favor Herminio, quédate.

– ¿Y a qué me quedo? No Rosita… aquí no hay nada para mí.

– ¿Y qué va a pasar con nosotros?

– Te prometo que voy a escribir seguido. En cuanto llegue a Ciudad Juárez será lo primero que haga. Voy a intentar enviarte dinero desde los Estados Unidos para que te la vayas llevando.

– ¿Prometes que no te vas a olvidar de mí?

– Palabra… ¿Cómo me voy a olvidar de mi vieja? Eso jamás.

Herminio terminó de empacar su ropa y se colgó un collar con la imagen de la virgen de Guadalupe.

– Bueno, mejor me voy apurando. El camión sale en dos horas.

El río seguía caudaloso. Fuertes corrientes de agua arrastraban las hojas caídas de los huizaches de la orilla. Comenzaba a escampar. Rosa Cruz se sentó en una piedra y contempló el río. Los mosquitos zumbaban alrededor y le picaban ocasionalmente en los brazos y en las piernas. Vio un pedazo de papel que se había atascado en una de las ramas que crecían en la orilla. Lo tomó.

La cara desgastada de Gerardo Escudero la miró fijamente desde aquel volante de campaña. Sonreía y levantaba el pulgar en señal de camaradería. Rosa lo arrugó y se lo guardó en la bolsa del vestido. Ya le encontraría algún uso. Sintió unos pasos que se acercaban desde la ladera. Volteó y pudo reconocer la figura de Tomás que caminaba hacia el río para beber un poco de agua.

– ¿Qué haciendo por acá? – preguntó el animal.

– Aquí nomas.

– Ya me harté Rosita. Prefiero morir en alguna perrera que seguir soportando este maldito calvario.

– Haz lo que quieras.

Tomás se sacudió el agua con un espasmo y se alejó.

Rosa se levantó después de un rato y regresó a su casa. La subida estaba resbalosa porque la lluvia había convertido la tierra en lodo. El cielo tenía esa tonalidad que precede a la noche. Entró al cuarto de Esmeralda y vio que un montón de moscas volaban alrededor de la cama. Su sobrina miraba hacia el techo con la lengua de fuera y no se movía.

Estaba a punto de anochecer y llovía con fuerza. El viento agitaba los cabellos maltrechos de Rosa mientras cavaba con su vieja pala. El hoyo alcanzó el metro y la anciana supo que no tenía fuerzas para añadirle profundidad. Revisó el fondo lodoso y vio un pedazo de tela que flotaba en un charco ennegrecido. Con algo de esfuerzo se agachó y lo tomó. Adentro estaba el reloj que había enterrado hacía tiempo. Lo miró. Eran las siete y media de la noche del veintitrés de mayo del dos mil trece. Eso no significó nada. Empujó el cadáver cubierto por la cobija hacia adentro de la fosa. Colocó tierra encima. Sintió libertad por el bulto que ahora descansaba bajo tierra, pero también sintió un nuevo tipo de apresamiento, provocado por ese artefacto que tenía en las manos. Ese reloj que con su continuo tic-tac le recordaba que la vida se consumía y que ella no podía hacer nada para impedirlo. Miró hacia la sierra y por primera vez en mucho tiempo, pudo contemplar el momento justo en que el cielo se oscurecía y comenzaba la noche.

No pudo dormir bien. Un helicóptero que no buscaba nada en particular recorría el cielo de Oaxaca.

Despertó a las siete de la mañana. Empacó sus pocas pertenencias en una bolsa de plástico y se llevó las frutas que quedaban en la canasta. También tomó de su cajón el papel que le había entregado doña Luz cuando se fue de Tepeyac. Cerró las puertas y cruzo el patio. Pasó por la tumba de Esmeralda y pudo sentir el fétido olor del cadáver, que se filtraba a pesar de la tierra que lo cubría.

Caminó durante una hora hasta llegar al punto donde el camino se encontraba bloqueado por el río. Era un columpio de casi tres metros de profundidad. Estaba hasta el tope de agua. Tendría que nadar con rapidez para cruzarlo, si no quería que la corriente la empujara hacia donde no había camino.

Antes de entrar al agua, volteó hacia atrás y miró las montañas llenas de árboles a lo alto del valle. Sintió miedo. Tal vez el mundo había cambiado tanto en esos últimos años, que ya no podría reconocerlo. Probablemente las cosas estaban peor más allá del riachuelo. Sintió un mareo repentino y se tocó la cabeza. Tenía fiebre. Escuchó el graznido de un cuervo que la miraba con sus ojos rojos desde la rama de un roble.

Mientras entraba al río, sintió como se le iba entumiendo el cuerpo por la temperatura helada del agua. El sol le tocaba de lleno en la cara y a lo lejos se veía un arcoíris. El agua la cubrió hasta el cuello. Sabía que al dar el próximo paso, ya no podría pisar el fondo. Se zambulló y pudo nadar un tramo sin dificultad, pero a la mitad del trayecto sintió que le daba un calambre en la pierna. Se detuvo y su cuerpo se sumergió pesadamente. Trató de alcanzar la superficie con sus manos pero era imposible. Escuchaba el sonido de las burbujas que salían de su boca. Se dejó llevar por la corriente. Sentía una calma total. Había un silencio absoluto. Pasó un rato.

De repente, sintió que sus piernas pisaban tierra a pesar de que estaba agachada. Se levantó de un brinco y su cuerpo emergió a la superficie. Caminó hasta la orilla mientras tosía y escupía agua. Tomó una bocanada de aire y abrió los ojos. El sol brillaba con fuerza.

Continuó andando por el camino de tierra que conducía a la civilización. Se asombró al darse cuenta de que ya no sentía hambre. Se tocó la frente y la fiebre había desaparecido. Revisó sus bolsillos y no pudo encontrar el reloj ni el volante de campaña de Gerardo Escudero. Sólo quedaba la hoja de papel que le había entregado doña Luz, pero ya no le servía de nada. Se habían borrado la dirección y los últimos cuatro dígitos del número de teléfono. Aun así la volvió a guardar en su bolsillo.

Caminó un buen rato hasta que pudo distinguir algunas casas a lo lejos. Vio a un anciano con chamarra de mezclilla caminando hacia ella. Empujaba un carrito de supermercado. Era el primer hombre que veía en mucho tiempo.

Unos minutos después se encontraron frente a frente. El viejo se detuvo y la miró con curiosidad. Rosa emitió lo que parecía ser un sollozo y trató de contarle al hombre lo que había sucedido. Pero fue inútil. Por más que lo intentaba, las palabras no salían de su boca.

El anciano sonrió. No hacían falta palabras. El silencio lo explicaba todo. Le puso la mano en el hombro y negó con la cabeza. Rosa Cruz entendió el mensaje. Observó por última vez el valle que se extendía interminable. Se dio la media vuelta y emprendió el regreso hacia los confines del mundo. El lugar al que ahora pertenecía. No volvió a mirar hacia atrás.

Related Posts

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

« »