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El arte de los falsificadores

Ago 3 • Artistas, Finanzas • 988 Views • No hay comentarios en El arte de los falsificadores

Siempre hay un estímulo por poseer arte, ya sea por adornar una parte del hogar, para impresionar socialmente o simplemente porque en verdad existe el gusto e interés de coleccionar arte. Esto da lugar a la afición de los coleccionistas, y éstos recurren a comerciantes o intermediaros para lograr obtener una pieza. Dentro de esta comunicación entre los dos sujetos, existe un ruido: Falsificadores.

Es la forma en que lo hacía esta persona. Compraba un cuadro de un pintor importante, un cuadro auténtico, y lo prestaba a una o dos exposiciones para dejar constancia de su procedencia y de su historia durante el tiempo que él había sido su dueño. Luego un pintor de talento, aunque excéntrico, se ocupaba de hacer una copia del cuadro. El dueño se dejaba persuadir de que donara el cuadro a un museo, pero entre una cosa y otra, era la copia la que acaba donándose.

Quizás esto parezca un quehacer actual. Sin embargo, desde hace varios siglos, esta actividad se ha llevado a cabo. El principal precursor fue la Iglesia: ésta se mostró como coleccionista y como falsificadora. La Iglesia es considerada un templo donde se pueden observar objetos que, la mayoría, no se pueden tocar; sólo se pueden venerar, contemplar. Es un lugar donde no cualquier persona puede tener su propio templo en la misma magnitud. Por tanto, provocó que sus visitantes desearan tener una parte física de ella.

La única manera de lograr poseer algún fragmento del lugar fue con la realización de copias de los santos. Actualmente sigue siendo una actividad tan cotidiana donde todas las personas pueden tener el santo de su devoción para venerarlo sin la necesidad de estar en el templo. Y no sólo esto sucede en la Iglesia sino en muchos ámbitos; esto demuestra que todo se puede copiar y falsificar.

Es importante tener en claro que “copia” y “falsificación” son palabras y acciones muy distintas pero que también comparten similitudes. Denis Dutton, filósofo de arte, define la falsificación como una obra de arte cuya historia de producción ha sido tergiversada por alguien (no necesariamente el artista) de cara a un público (posiblemente un comprador potencial de la obra), normalmente para obtener un beneficio económico.

Una falsificación pretende presentarse como la pieza original, mientras que la copia pretende buscar ser la pieza original. Estas dos palabras se definen con más claridad cuando se tiene claro el grado de autenticidad de la pieza. Dicha autenticidad está determinada por expertos y con el análisis científico de la obra. Los elementos para diferenciarlos parecen ser muy difusos, sin embargo, la palabra clave de la falsificación es el fraude.

Pasado un tiempo donaba el cuadro en otra parte del país y una vez más era una copia la que cambiaba de manos. De vez en cuando modificaba su estrategia y vendía el cuadro a un coleccionista, alguno que difícilmente fuera a enseñarlo. En el curso de una década podía llegar a vender o donar el mismo cuadro cinco o seis veces, y si se limitaba a artistas abstractos como Mondrian y le pedía a su estrafalario pintor que variara un poquitín las líneas del original de un lienzo a otro, conseguiría que no lo descubrieran jamás.

Tanto en la labor de los copistas y de los falsificadores, existen elementos que los delatan. Si bien tienen una excelente técnica para poder realizar el trazo lo más parecido al original, siempre existe la ambición y el deseo de ser reconocido. Me refiero a que todo falsificador desea alimentar su ego, y ese ego es lo que ha condenado a muchos de ellos. La ambición de saber que su obra falsa es poseída por algún coleccionista importante o de algún museo, aumentan las probabilidades de ser descubierto.

Su enemigo más poderoso y despiadado es el tiempo. El hecho de falsificar una obra de arte no es lo más grave; lo más grave es ser descubierto. Si cualquier persona presenta la falsificación de una pintura sólo con el mero objetivo de demostrar que sabe cómo hacerlo, sólo sería señalado y quizás se reconocería su buena mano.

En cambio, si el falsificador lo hace con toda la hazaña para burlar a toda la estructura de la difusión y mercado de arte, el tiempo lo castigará por ser un estafador, por hacer fraude con un lienzo que no tiene ningún valor por el simple hecho de no haber sido pintado por el verdadero artista, por más parecida que sea la pieza.

Cuanto más rico seas al principio, más lucrativo será el negocio. Dona un cuadro valorado en un cuarto de millón de dólares y puedes ahorrarte más de cien mil dólares en impuestos. Hazlo un par de veces y habrás pagado el cuadro sobradamente, y además seguirás teniendo el original. Sólo hay un problema. Que te cojan.

Esta problemática de la falsificación no sólo perjudica directamente al trabajo de los artistas y al mercado del arte, sino también a los consumidores. ¿Qué puede esperar un visitante de museo al pagar su boleto de entrada? El boleto de entrada no sólo garantiza el deleite o disgusto de la obra de arte que se muestre en la exposición sino también se debe de tener la malicia de que las obras exhividas no pudieran ser originales.

Colette Loll, experta en fraude artístico, menciona que el 40% de las obras de arte que se venden en el mundo son falsificaciones, y donde las víctimas no sólo son coleccionistas ni galeristas, los museos también forman parte de este gran fraude. Asimismo también se reconoce que es difícil combatir la compra-venta de éstas, ya que el avance de la tecnología beneficia a ambas partes.

Por un lado, los compradores pueden tomar medidas jurídicas y acudir al uso de análisis científicos  para detectar y analizar los materiales y la técnica de la pintura; sin embargo, es demasiado costoso realizar estos procedimientos para asegurarse que la obra es auténtica.  Mientras que los falsificadores recurren a la tecnología para estudiar con mayor precisión cómo son las técnicas y cómo podrían emplearlas para su siguiente estafa.

Es importante reconocer que el mundo de las falsificaciones está compuesto por talentosos pintores –pero no artistas–. Muchos de ellos vivieron frustrados al no desarrollarse ni ser reconocidos como artistas famosos por medio de sus propias creaciones, y otros sólo se dedicaron a este ámbito por ambición monetaria.

En cambio, hay un caso excepcional que causó el asombro y revuelta en los medios de comunicación de un “coleccionista” que donaba sus piezas de arte a museos. Su nombre es Mark Landis. Durante 30 años donó falsificaciones –realizadas por él mismo– a diversas galerías y museos en Estados Unidos. A pesar de haber sido un personaje tan reconocido, nunca lucró con las obras y, por esta razón, no fue enjuiciado. Una de las explicaciones por las que quizás no lucró con las obras fue debido a su trastorno mental: esquizofrenia.

Lo más sorprendente del mundo de las falsificaciones es el interés de comprarlas aun sabiendo que no son originales. Existen muchos curiosos –algunos de ellos coleccionistas– interesados en adquirir obras falsas porque reconocen el talento innato de sus creadores.  Diane Grobe, directora y creadora del Fälschermuseum –el Museo de las Falsificaciones, ubicado en Viena– reconoce el oficio de los estafadores de arte y exhibe obras falsas de Gustav Klimt, Vincent Van Gogh, Rembrant, Renoir, Schiele, entre otros.

Todas ellas realizadas por los falsificadores más famosos: Han van Meegeren, Eric Hebborn, Tom Keating, Elmyr de Hory, David Stein, Konrad Kujau, Edgar Mrugalla, Lothar Malskat y Tony Treto. Otros falsificadores famosos, que no forman parte de la exhibición del museo, son Mark Landis, Michelangelo Buonarotti, Icilio Federico Joni, William Sykes, John Myatt y Shaun Greenhalgh.

El valor otorgado al oficio de falsificar obras de arte es la capacidad de imitar el estilo y la técnica del artista original, así como la labor de conseguir los materiales originales que ya están en vías de extinción; por ejemplo, los aglutinantes, pigmentos, matizadores y las texturas del lienzo. Tal valor agregado ha generado que las mismas obras falsas –sabiendo perfectamente que son falsas– alcancen cifras considerables en subastas.

Sin embargo, esto tiene efectos negativos. Hay una alteración en la valorización del patrimonio cultural, al estudio de arte de las generaciones actuales y las futuras y, por último, a la economía del arte.

Falsificadores famosos

El texto en cursivas pertenece a la novela de Lawrence Block: El ladrón que pintaba como Mondrian.

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