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El Deseo de Coleccionar

Abr 20 • Crítica, PLEXUS, Sin categoría • 786 Views • No hay comentarios en El Deseo de Coleccionar

Existen distintos tipos de coleccionismo y de distintas clases de objetos. Particularmente, el coleccionismo de arte puede ser institucional –de Estado o privadas como museos o inversiones de empresas– o individual.  El coleccionismo individual surge en un momento histórico crucial: a comienzos del capitalismo y en el nacimiento de las Bellas Artes. ¿Qué motivación hay en coleccionar obra de arte?

I.

El ejercicio de coleccionar tiene una fuerte relación original con el saqueo del patrimonio material y simbólico de las sociedades invadidas: desde los asedios romanos a Grecia, los despojos de Constantinopla durante Las Cruzadas y las intervenciones británicas a Egipto y, también a Grecia. Los museos más importantes del mundo no lo serían sin los asaltos que han realizado los imperios a lo largo del tiempo. Por otro lado, la producción de imágenes en occidente en la Antigüedad, que era de carácter religioso, era comisionado por la iglesia hasta que la aristocracia vio que, a través de la escultura y, sobre todo, la pintura, además de su custodia, podrían ostentar su nobleza y superioridad. Así fue que el coleccionismo –de obra de arte u objetos raros y valiosos– se constituyó en occidente como un ejercicio de visibilización del poder.

Cabe mencionar que a mediados del siglo XVIII se instaura la categoría de Bellas Artes en la cual se reconocen por primera vez a la pintura y la escultura como actividades superiores –que proyectaban la subjetividad de los artistas– y a los pintores y escultores como sujetos extraordinarios y geniales. El coleccionismo moderno no sólo deviene de la protección del patrimonio que antes pertenecía a las coronas o a la iglesia, sino, también, como medio para la conservación del primer arte realizado como tal por los alumnos de las academias. En el siglo XIX, este ejercicio comenzaba a matizarse con un fuerte carácter subjetivo pues los adquisidores de esos objetos valiosos ya no eran parte de la aristocracia –que en Francia ya había sido derrocada– sino de la naciente clase burguesa: ya no buscaban representar su nobleza o riqueza sino su condición de sujeto a través del gusto

II.

coleccionistas

El inicio del capitalismo es casi sincrónico con el reconocimiento de la categoría de arte, es prudente pensar que el coleccionismo privado (individual) se haya consolidado por burgueses que podían pagar los altos precios de las obras nuevas. Es llamativo el surgimiento de coleccionistas de arte entre el siglo XVIII y el XX como un nuevo tipo de sujeto moderno. ¿Cuál era la razón de que el arte se afianzara a las exigencias individuales de las clases ricas y poderosas? Si la pintura y la escultura ya no se dedicaban únicamente a representar a las clases nobles o poderosas sino a la propia naturaleza subjetiva del artista, ¿por qué tuvieron tanto éxito entre los coleccionistas burgueses? Walter Benjamin se aproxima a una respuesta en su texto dedicado al historiador y coleccionista Eduard Fuchs:

Para Benjamin, el coleccionista es un personaje que se caracteriza principalmente por extraer la pieza de su contexto, por retirarla del mundo y, por tanto, de la circulación mercantil, y separándola así del devenir colectivo al incorporarla al suyo propio: su valor a partir del momento de su adquisición será inseparable del que le otorgue la propia biografía del coleccionista.[1]

Benjamin advierte que en el coleccionista hay un deseo por desenvolverse como individuo a través de un despliegue de piezas, en este caso, obras de arte. De esa manera, el ejercicio de coleccionar arte se mostrará como una proyección de la individualidad del coleccionista a través del despliegue de individualidades adscritas en cada una de las obras.

Pero esa es un acercamiento bastante amigable, si consideramos el perfil de Eduard Fuchs: historiador marxista, catedrático y escritor. Por otro lado, hay que resaltar los perfiles de coleccionista que abundan: el empresario, el político y las súper estrellas (por no mencionar otros). El coleccionismo no se resuelve únicamente con el desarrollo personal. De manera análoga con el origen del coleccionismo a partir del saqueo, las colecciones individuales más imponentes del mundo parecen estar fungiendo como aparatos de visibilización individual y de su capacidad para ejercer el poder.

Desde la perspectiva de la dialéctica hegeliana esto tiene mucho sentido porque –lo asumimos desde Lacan– “el deseo desea desear”. En la metáfora del amo y el esclavo dos sujetos se encuentran en disputa por el reconocimiento del otro. Hegel asume que la consciencia es el deseo: deseo de reconocimiento (o deseo del deseo del otro). La posesión del deseo del otro es sobre todo el sometimiento del otro. Ambos sujetos saben que es un juego a muerte. Aquel, que su deseo a ser reconocido es más fuerte a su miedo a morir, tomará el papel del amo, contrario al que su miedo a morir es mayor a su deseo de reconocimiento, que será sometido como esclavo.[2]

Sobre este argumento, Hegel reconoce que la cultura es un producto realizado por aquel esclavo que se ha puesto a trabajar como resultado del sometimiento del amo –cuya función se reduce a consumir lo que el esclavo produce–. El contacto que el esclavo tiene con la materia le ha permitido encontrar formas de manifestación ‘creativa’ que constituirán a la cultura –este es un punto clave para el materialismo histórico de Marx en el cual se pone de manifiesto que la cultura es fundamentalmente trabajo–. El amo, como sujeto improductivo luego se dedicará a consumir cultura. Desde este despliegue del deseo, el coleccionismo –de productos culturales– se puede asumir como una demostración del reconocimiento del otro. Pero hay que recordar la dimensión dialéctica de las relaciones entre amo y esclavo (patrón y obrero) en la cual podemos encontrar una negociación entre lo que se produce desde la infraestructura económica y lo que es (o será) aceptado en la ‘alta cultura’ de la superestructura.

III.

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Un artista tendría que asumirse bien en esta dialéctica (que ha cambiado bastante desde Hegel y Marx, claro) como obreros de la cultura. Es cierto que desde el siglo XVIII cuando el trabajo artístico se consolida como una labor ‘noble’ y excepcional, la producción del arte se ha concentrado donde, a su vez, se concentra el capital. Sin embargo, el coleccionismo de arte –aunque más generoso y disuelto– sigue manifestando su dimensión dialéctica en la cual dos sujetos históricos disputan su deseo de reconocimiento: por un lado, el amo –el coleccionista– que, despliega “una extensión de la personalidad”, exige el reconocimiento del otro; por otro lado, el esclavo –el artista, un sujeto que surge en el siglo XVIII– exige su propio reconocimiento como un sujeto libre y excepcional.

[1] María Dolores Jiménez Blanco. (2013) El Coleccionismo de Arte en España. Barcelona: Fundación Arte y Mecenazgo.

[2] Alexander Kojeve, (2012). Dialéctica del amo y el esclavo en Hegel. Buenos Aires: Leviatán.


**Texto por Rubén Ojeda G.                                                                                                                            Realizado gracias al apoyo de del programa Jóvenes Creadores del FONCA 2014-2015

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