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EL PACTO DE LA CARRETERA

Ago 15 • PLEXUS • 753 Views • 1 comentario en EL PACTO DE LA CARRETERA

Te pones a pensar que por cada decisión correcta hay mil decisiones erróneas. Bajo ese criterio,

todo lo que has conseguido hasta ahora podría ser el resultado de una serie de coincidencias,

accidentes… o errores.

Te transportas al doce de enero de mil novecientos noventa y cuatro. Estás manejando en la

carretera que va de León a Guanajuato. Son casi las once de la noche. Estuviste bebiendo unas

cervezas. Te sientes mareado. Hace frío y es de noche. La brisa helada golpea tu rostro a través

de la ventana abierta. Tu padre intenta dormir en el asiento de copiloto. Va tan ebrio como tú. Los

ojos se te empiezan a cerrar. Haces un esfuerzo por abrirlos. Lo último que recuerdas es un

destello que se acerca rápidamente. El impacto. Las luces se apagan.

Siete de octubre de mil novecientos noventa y nueve. Estás sentado en un restaurante del Zócalo

de Oaxaca. Bebes un jugo de toronja. Son las nueve de la mañana. Berenice le da un sorbo a su

café, apaga su cigarrillo en un cenicero y te mira con una extraña mezcla de alegría y miedo.

– Estoy embarazada – te dice.

En ese momento comprendes que ella será una de las personas a las que estarás atado por el resto

de tu vida. No te sientes mal. Por el contrario, te parece lo mejor.

Abres los ojos. Volteas a tu alrededor. Te cuesta trabajo recordar donde estás. Sientes el peso de

tu zapato pisando el acelerador. Es el seis de julio del dos mil trece. Vas manejando por la recta

de Tlalixtac. La que pasa frente al lienzo charro. Te fuiste durante menos de cinco segundos.

Últimamente te sucede eso cuando manejas a través de caminos rectos. Los recuerdos te distraen

por breves intervalos de tiempo. Miras tu reloj. Son casi las dos de la tarde. Los cerros lucen

repletos de árboles que parecen muy pequeños a la distancia. Te quitas los lentes de sol y los

colocas en la guantera. Aceleras y escuchas el silbido del viento conforme aumentas la velocidad.

Se está terminando la recta, pero aun así pisas el acelerador. Observas el medidor moverse.

Sesenta, ochenta… cien kilómetros por hora. El motor ruge.

Termina la recta y viras hacia la izquierda sin disminuir la velocidad. Tuviste suerte de que

ningún otro coche pasara en ese momento. A unos doscientos metros ves el semáforo en rojo. Te

detienes súbitamente.

Un rato después, recorres una de las calles de la colonia la Cascada. Ahí vive Berenice, tu ex

esposa, quien se volvió a casar después de dejarte. Conociste a su nuevo marido desde antes. Eso

es lo malo de Oaxaca. Es tan pequeño que casi todos se han visto por lo menos una vez.

Trabajaste con él hace unos años, en la Secretaría de Obras Públicas. Llevas aproximadamente

quince años trabajando en el gobierno estatal. Has pasado por casi todas las secretarías. Siempre

te las arreglas para continuar en el sistema a pesar de las transiciones sexenales. Ni siquiera te

corrieron en la administración que entró en el dos mil diez. Resulta que tu ex esposa es prima del

nuevo gobernador. Habló con él para que al menos te dejaran en el mismo puesto que llevabas

ocupando desde hace algún tiempo. Ahora, cuando te preguntan por tus preferencias políticas, te

limitas a decirles que se vayan a la mierda.

Cuando terminaste la universidad, decidiste dejar atrás tu ideología opositora y te afiliaste al PRI.

Te lo aconsejó Mario Armengol, un oaxaqueño que fue tu mejor amigo en esos tiempos. Terminó

siendo gobernador y te fuiste a Oaxaca porque te ofreció un buen puesto. En esos tiempos

conociste a Berenice Castillo. Una joven oaxaqueña de buena familia. O por lo menos, lo que se

denomina buena familia en Oaxaca. Un montón de gente tradicionalista con doble moral y mucho

dinero. Te casaste con ella. De verdad la amaste durante algún tiempo, pero eso se acabó. En gran

medida por el alcohol que consumías y por tu tendencia a engañarla con otras mujeres. Se fue de

la casa en el dos mil nueve y el juicio de divorcio se resolvió en el dos mil once. Ella se quedó

con la custodia de tu hijo. Se volvió a casar en el dos mil doce. Te invitó a su boda. Ese día te

fuiste a un bar y amaneciste en un motel, acostado con una prostituta cuyo seudónimo ni siquiera

recuerdas.

Te detienes frente a la entrada de la casa. Bajas del automóvil y tocas la puerta. Una voz se

escucha a través del interfón.

– ¿Quién es? – dice una voz de mujer.

– Lucio Carranza.

Escuchas que cuelgan. Pasa un rato. Te abre una mujer pequeña y regordeta con el cabello hasta

la cintura.

– La señora no está, pero ya viene en camino. Si gusta puede pasar a esperarla.

– Ya que insistes – entras a la casa.

Matías, el esposo de tu ex esposa, solía ser un vividor del gobierno como tú. Pero en dos mil

nueve decidió renunciar y dedicarse de lleno a la pintura. Durante algún tiempo se las vio muy

difíciles. Es casi imposible triunfar en una carrera como esa cuando careces de talento. Pero

conoció a Berenice, se casó con ella y se convirtió en el pintor del sexenio. Todos los altos

funcionarios del nuevo gobierno le compraban sus cuadros. Y no es que pintara realmente mal.

Pero lo único que hacía eran mujeres indígenas, tlacuaches y alebrijes. Lo que compran los

funcionarios que quieren quedar bien con el gobernador y los gringos a los que les gusta pensar

que México se reduce a fiestas rurales de día de muertos y cuadros de Frida Kahlo. El tipo de

audiencia que puede convertir a un pintor pobre en un pintor millonario en un breve transcurso de

tiempo.

La casa de Matías y tu ex esposa irradia esa folclorismo por todos lados. Hay cuadros de él y de

otros pintores parecidos colgados en casi todas las paredes. Alebrijes y rebozos en las mesas de

madera. Parece uno de esos escenarios de casas mexicanas que utilizan en las películas

hollywoodenses dirigidas por gente que nunca ha estado en México. Tomas una revista “Quien”

de una de las mesas y te sientas a hojearla en uno de los sillones de la casa.

– Tráeme un whisky con agua mineral – le dices a la mujer que te abrió la puerta.

No parece acostumbrada a que le pidan alcohol a las tres de la tarde. Se queda un rato parada sin

hacer nada como si estuviera asimilando lo que acabas de decirle y finalmente se dirige hacia la

cocina.

Te pones a hojear la revista. En una página aparece Mario Armengol, el ex gobernador,

acompañado de su familia en algún evento organizado por el presidente electo en 2012. Ya no

eres su amigo. Cuando terminó su sexenio, te pasaste del lado del nuevo gobernador y la relación

entre ustedes se volvió álgida. Continúas viendo las demás páginas. Todas son iguales. Aparece

gente rica del Distrito Federal y anuncios de tiendas que no existen en Oaxaca. La mujer regresa

de la cocina y te da el whisky. Le das un sorbo. Escuchas que se abre la puerta de la cochera. Son

Matías, Berenice y tu hijo Carlos, que vienen llegando.

Carlos corre hacia ti y lo abrazas.

– Lucio, esta vez sí pudiste llegar… qué milagro – te dice Berenice.

– Igual me da gusto verte – respondes.

Matías se da cuenta de que están a un comentario sarcástico de empezar a pelear. Así que decide

intervenir.

– Lucio, qué gusto verte. ¿Cómo te ha tratado la vida?

No tienes ganas de pelear esta vez, así que decides ser educado.

– No me quejo. Seguimos vivos.

– ¿Quieres tomar algo?

– Ya me adelanté – le contestas señalando con la mirada hacia el vaso de whisky.

– Bueno, entonces deja que me empareje, ¿eh? – se dirige a la cocina. Carlos corre hacia su

habitación y la mujer que te abrió la puerta lo acompaña. Te quedas solo con Berenice.

– ¿A dónde lo vas a llevar? – te pregunta. Su cabello castaño le llega hasta los hombros. Utiliza

una de esas playeras holgadas que están de moda. Le queda bien.

– Ya veré. No tengo ningún plan en específico.

– Trata de no beber demasiado.

– No empieces a joder con eso, que no estoy de humor.

– No voy a permitir que me hables así.

– A la mierda, tú me puedes llamar alcohólico sin ninguna prueba que lo sustente y yo… ¿sabes

qué? Olvídalo, no tiene sentido.

– Esa es tu respuesta a todo… a la mierda esto, a la mierda lo otro…

– Ya déjalo Berenice. No estoy de humor. ¿A dónde fue mi hijo? Que se apure.

– Esta empacando sus cosas. No se te olvide que lo debes regresar mañana en la noche.

– ¿Crees que no lo sé? Resulta que no soy tan estúpido.

Berenice no te responde. Esta tan cansada de ti como tú de ella. Matías sale de la cocina y su

presencia parece tranquilizar la situación. Lleva algo que parece jugo verde.

– Salud – te dice.

Levantas tu vaso y brindan. Te bebes lo que queda de un trago. Piensas en pedirle a la empleada

que te traiga otro, pero mejor no lo haces.

– ¿Quieres ver mi nueva obra en lo que Carlos termina de hacer su maleta? – te dice Matías.

– ¿Por qué no?

Lo sigues hasta el cuarto de visitas que él ha convertido en taller de pintura. Matías tiene unos

cuarenta años. Es bajo de estatura y calvo. Utiliza una barba de candado, playeras deportivas y

pants, como alguien que acaba de ir a correr. Saca un puro de uno de los cajones de su escritorio

y lo enciende. Te ofrece uno pero sabes que aceptarlo implicaría quedarte ahí hasta que te lo

termines, así que no lo aceptas. Lo corta con los dientes y lo enciende con un zippo plateado. Te

muestra con orgullo la pintura recién terminada que descansa en su caballete.

– ¿Y bien, que te parece?

– ¿Quieres la respuesta complaciente o la respuesta real?

– Eso no se pregunta, Lucio. Si hubieras dicho la complaciente, la habría aceptado. Pero cuando

lo pones así, tendría que ser un pendejo para no pedir la respuesta real.

Miras la pintura durante un instante. Es una especie de chicatana sonriente sobre unos magueyes.

Todo pintado de un color rojo chillante que parece combinar a la perfección con el resto de la

casa.

– ¿Qué te puedo decir, Matías? ¿Nunca has pensado en pintar algo bueno, ya sabes, para variar?

– ¿Y que sería “algo bueno”? ¿Señor crítico de arte?

– ¿Yo que sé? Algo real.

– ¿Real?

– Sí… Hopper, Kroyer… algo así.

– ¿Y quién me lo compraría?

– Un verdadero pintor ni siquiera pensaría en eso.

– Yo tengo que pensar en eso, Lucio. Esto que ves aquí. Esta chicatana que tú prejuiciosamente

catalogas de “mierda folclórica”… eso es lo que vende. Es lo que los gringos compran. Es más,

ya tengo un cliente para este cuadro. ¿Quieres saber en cuanto lo voy a vender?

– Realmente no.

– Pues déjame decirte algo. Así es este negocio. No me preguntes porque, pero esto es lo que

vende.

– Ya… entonces ni hablar.

– Algún día le vas a agarrar el gusto. No es tan malo como crees.

– Supongo que no.

– ¿Y cómo vas con las mujeres… sigues saliendo con Mariana?

– Ya no.

– Qué mal… te voy a dar un consejo, y espero que no lo eches en saco roto. Busca a alguien. La

soledad es lo peor que le puede pasar a un hombre de nuestra edad. Es como una enfermedad.

Acuérdate de lo que pasó con Bonilla. El contador de Obras Públicas.

De pronto recuerdas lo que pasó con Bonilla. Una verdadera tragedia.

– Es un buen punto. Tal vez lo haga.

– Tengo unas amigas que son pintoras. Alguno de estos días te las puedo presentar.

– Suena bien, ¿por qué no?… un día de estos.

Se quedan callados un rato. Matías da una fumada a su puro y tú haces como que miras su

pintura. Escuchas a Carlos que viene bajando de las escaleras. Matías también lo escucha. Así

que ambos regresan a la sala. Berenice se está despidiendo de tu hijo. Le estrechas la mano a

Matías. Haces un ademán de despedida a Berenice y te diriges hacia el coche. Carlos se sienta en

el asiento de copiloto. Arrancas y te vas de ahí lo más rápido posible.

– Oye papá.

– Oigo.

Carlos juega con su celular mientras manejas por la calle que rodea al jardín del Conzatti. Un

viejo pasea a su perro. Una pareja joven se besa en una de las bancas. Los rayos de sol entran por

la ventana y caen sobre el lado izquierdo de tu cuerpo. Sientes un dolor de cabeza provocado por

la borrachera del día anterior, mezclada con el vaso de whisky con agua mineral que ingeriste

hace unos minutos. Te gustaría pasar el resto del día acostado en un sillón, bebiendo whisky con

ginger ale y viendo algún programa de televisión. Pero eso es justo lo que Carlos no quiere hacer.

Él piensa que eres el tipo más buena onda del mundo y siempre tiene grandes expectativas

cuando te ve.

Hace algunos días, Horacio, uno de tus empleados, te dijo que ese día sería el partido inaugural

del Deportivo Oaxaca. Una franquicia que compró algún empresario muy rico para que Oaxaca

tuviera por fin un equipo competitivo. Juegan en la segunda división y la idea es que ganen el

torneo para que asciendan a primera. Se te ocurre que es una buena idea llevar a Carlos. Le gusta

el fútbol. Además, Horacio te comentó que Deportivo Oaxaca compró a Fausto Conejo. Uno de

los jugadores más famosos del país en los noventas y a principios del siglo XXI. Calculas que

para ese entonces, Conejo deberá tener unos cuarenta años. Casi la misma edad que tú.

– Oye papá – Carlos deja su celular en la guantera y te voltea a ver. Tiene diez años. Utiliza una

playera de “Superman” y una gorra con una bandera de Canadá que tú le compraste.

– Dime hijo.

– Yo no sé porque las personas se quejan de que les falta dinero, si cuando ya no tienes, puedes ir

al cajero y sacar más. ¿Por qué los pobres no van al cajero y sacan más dinero cuando necesitan?

– No es tan fácil, hijo. Para sacar dinero del cajero tienes que depositarlo. ¿Entiendes el

significado de esa palabra?

– Sí, significa que uno debe dárselo al de la caja del banco.

– Ahí lo tienes entonces. Los cajeros no son máquinas mágicas que te dan dinero siempre. Sólo te

dan lo que hayas depositado.

– Ah… pues aun así no hay problema. Pueden robar el banco y ya.

– No es tan fácil robar un banco.

– Pueden comprar metralletas, se ponen pasamontañas y le ordenan al gerente que abra la caja

fuerte.

– ¿Y si no tienen dinero para comprar metralletas?

– Pues… podrían utilizar navajas.

– No sólo se trata de conseguir armas, hijo. Hay que estar dispuesto a morir para atreverse a

cometer un delito tan peligroso como robar un banco.

– Yo lo haría – Carlos parece seguro de sí mismo. Es comprensible. Los únicos robos de banco

que conoce son los que aparecen en las caricaturas y en los videojuegos.

Vas por Independencia y te detienes en el semáforo que está antes de la entrada hacia Camino

Nacional. Carlos saca su mano por la ventana como si tratara de tocar a los otros coches.

– ¿Tú tienes papá?

– Lo tuve.

– ¿Y qué le pasó?

– Eso ya te lo he contado.

– Cuéntamelo otra vez.

– Se murió hace varios años.

– ¿Y cómo se murió?

– En un choque – de repente, te transportas a esa noche del doce de enero de mil novecientos

noventa y cuatro. Acabas de terminar tu carrera y regresaste a Guanajuato por unos días. Fuiste a

celebrar con tu padre. Te despiertas en una camilla de urgencias. Son las dos de la mañana. Ya es

trece de enero. Tienes muchos cables alrededor de tu cuerpo. Una maquina junto a la camilla te

mide el pulso. Tocas tu frente y sientes una gasa. Te revisas los dedos después de tocarla y están

manchados de rojo. Tratas de hablar pero tienes un aparato en la boca que te lo impide. Aun no

sabes que estarás ahí tendido con la garganta seca por dos horas más. Después te trasladarán a

otro cuarto donde te van a sedar. Vas a despertar a las once de la mañana y entonces te dirán que

tu padre ha muerto.

– ¿Qué tipo de choque?

– No hay que hablar de eso.

Vuelve a tomar su celular y sigue jugando con él. Entras hacia Camino Nacional y te detienes

frente a una pizzería. Se te ocurre que es una buena idea comer ahí hasta que den las seis de la

tarde. La hora a la que comienza el juego.

– ¿Y cómo era el abuelo? ¿Alto como tú?

– Yo no soy alto.

– Para mí lo eres.

– Ese es un buen punto.

– ¿Entonces era alto?

– Medía 1,85… se puede decir que lo era. Todos le decían el güero Carranza. Hubiese parecido

gringo, si no fuera porque tenía esa mirada curtida que sólo un mexicano puede tener.

– ¿Y qué más? – Carlos deja de comer su rebanada de pizza. Parece muy interesado en lo que

dices. Le das un sorbo a tu cerveza y continúas hablando.

– Era corpulento. Se enojaba fácilmente. Era un hombre que resaltaba. Eso hacía que la gente lo

retara constantemente. Pues verás hijo, eso pasa cuando alguien irradia esa energía. De alguna

manera, todos quieren verlo caer. Pero eso a tu abuelo nunca le importó. Sabía hacerse respetar.

Siempre proyectaba la imagen de ser un hombre fuerte, sin ninguna debilidad. Sin embargo,

quienes lo conocíamos, sabíamos que en el fondo era un hombre muy inseguro. Nunca pudo

estudiar y eso hacía que se sintiera intimidado por la gente que sabía cosas que él no conocía. Por

eso trabajó tanto para que yo pudiera irme a vivir a la capital y hacer una carrera. Siempre decía

que mi única herencia sería una buena educación. Era un hombre que se esforzó mucho para que

yo pudiera tener eso. ¿Comprendes lo que intento decirte?

– Creo que sí – Carlos mira hacia el suelo con una expresión seria, como meditando tus palabras.

– Hay una cosa que siempre recuerdo. Yo debí haber tenido más o menos la misma edad que tú

tienes ahora. Iba caminando con mi padre. A veces lo acompañaba a visitar a unos amigos suyos.

Después me llevaba a la tienda y me compraba dulces. Pasábamos por un parque. Esa tarde, el

cielo estaba nublado y había mucha brisa. Recuerdo que íbamos de regreso hacia la casa y cruce

la calle sin fijarme. Un automóvil estuvo a punto de atropellarme, pero mi padre me tomó de la

playera y me empujo con fuerza hacia atrás. Se enojó tanto que le dio una patada al coche. Este se

frenó y un hombre muy corpulento salió.

» ¿Qué te pasa imbécil? – le gritó a mi padre.

» Estuviste a punto de atropellar a mi hijo. Ten más cuidado, idiota – le respondió tu abuelo.

» El tipo era alto, quizás 1,90. Sacó un bate de beisbol y le dijo al abuelo que se fuera a la mierda.

» Mejor guarda eso, maldito indio – le advirtió mi padre.

» El tipo se acercó hacia donde estaba el abuelo y le dio un batazo, pero él lo detuvo con el brazo.

Después le tiró un puñetazo al hombre y lo hizo caer al suelo. Nunca había visto a mi padre

pelear hasta ese momento. O si lo había visto, no lo recordaba. El hombre terminó escupiendo

sangre en el suelo. Tu abuelo dijo que si no lo mataba, era únicamente porque no valía la pena

irse a la cárcel por una basura como él. Después me volteó a ver.

» Vuelve a cruzar la calle sin fijarte y vas a terminar así – se refería al tipo que aún seguía en el

suelo.

» A partir de ese momento, vi muchas peleas de tu abuelo. Pero esa en especial, nunca la he

olvidado, quizás porque fue la primera.

– ¿Y cuál es la lección de esa historia? – te pregunta Carlos.

– Bueno… realmente no lo sé. Sólo fue algo que se me ocurrió contarte. La lección puede ser que

nunca te pelees, porque no te lleva a nada.

– Entendido – Carlos toma una rebanada de pizza. Tú le das otro sorbo a tu cerveza y los

automóviles pasan a través de la ventana.

– ¿Y tu mamá? – pregunta.

– También conoces esa historia.

– Cuéntamela otra vez.

– Murió cuando nací. Eso es todo lo que puedo decir acerca de ella. En realidad nunca la conocí y

a mi padre no le gustaba tocar ese tema.

– ¿Entonces nunca tuviste mamá?

– Bueno, no. Pero el abuelo tenía novias. Ellas fueron algo parecido.

– ¿Cómo Matías, que está casado con mamá?

– No es el mejor ejemplo, pero algo así.

– ¿Y tú tienes novia?

– No… ¿y tú?

– Claro que no… qué asco.

– No vas a pensar eso cuando crezcas.

– Tú deberías tener una.

– ¿De verdad te gustaría?

– ¿Por qué no? Mamá tiene esposo.

Piensas en Mariana. Has tenido que ver con ella desde hace tiempo. La conociste cuando aún

estabas casado. Solían irse a algún motel todos los viernes. La pasaban muy bien. Siempre te

decía que dejaras a tu esposa. Te lo dijo durante tres años. Un día, poco después de que Berenice

te dejara, le dijiste que ya estaba hecho. Se fue a vivir contigo. Pero después se aburrió y se fue.

Has estado regresando y rompiendo con ella durante los últimos dos años. Así son las mujeres,

piensas. Quieren algo y cuando por fin lo obtienen, ya no les interesa. Ni ellas mismas saben lo

que quieren. Hay que tener el corazón bien frío para saber tratarlas como es debido.

A veces sales con otras, pero todas actúan igual. Te exigen tiempo, compromiso, sumisión y de

una u otra forma, mucho dinero. Por lo menos las prostitutas son honestas. Les pagas una

cantidad fija, haces lo tuyo y a la mierda. Así es como deberían funcionar las cosas. Te sientes

como un maldito machista cuando piensas esto, pero en el fondo sabes que es la verdad.

Te estacionas frente al parque de las canteras. Faltan quince minutos para las seis de la tarde. Los

reflectores del estadio alumbran el kiosco. La luz del cielo es tenue y empiezan a aparecer las

primeras estrellas de la noche. Carlos camina junto a ti. Mucha gente cruza el parque para

dirigirse hacia el estadio. Algunos llevan playeras del “Deportivo Oaxaca”. Te preguntas dónde

las habrán conseguido. Llegas a la entrada. La fila es larga y se extiende hasta el estacionamiento.

Al parecer, no fuiste el único que se enteró de que ese día iba a ser el partido inaugural.

Te formas y la fila empieza a avanzar rápidamente. Le das tu boleto y el de Carlos al policía de la

entrada. Te registran para ver que no traigas armas. El estadio está lleno. El único lugar donde

ves asientos disponibles es detrás de una de las porterías. Caminas hacia ese lugar. Carlos y tú

pasan frente al palco del dueño del equipo. Ahí está el gobernador. Te ve desde lejos, saluda con

un ademán a Carlos.

– Mira papá, ahí está el tío Federico. Hay que ir a saludarlo.

– Sí, ya lo vi. Lo saludamos después.

El gobernador se da cuenta de que pasas de largo. Pero en lugar de molestarse, te dedica una

sonrisa burlona. Conoce tu historia. No le caes bien y sabe que el sentimiento es mutuo. Te mira

como diciéndote que si no fuera por él y especialmente por Berenice, ya no tendrías trabajo.

Lo conociste cuando Armengol fue gobernador. Él era uno más de los funcionarios de esa

administración. Después se pasó a la oposición. Nunca fue el más brillante. Solía ser un imbécil

sin escrúpulos. Nunca dejó de serlo. Por algo llegó a ser gobernador.

Llegas a las gradas que están detrás de la portería y te sientas. Le pides una cerveza al vendedor

que recorre los lugares y enciendes un cigarro. Empieza a escucharse música electrónica y una

voz hace la presentación del equipo. Va diciendo los nombres de cada uno de los jugadores

mientras ellos salen del vestidor y aparecen en la cancha. Ninguno de los nombres te suena

familiar. Todos pertenecen a jugadores que siempre han estado en la liga de ascenso. El único

nombre que todo el estadio conoce es el que mencionan al último.

– Y portando la camiseta número diez… la adquisición del año, el jugador más valioso de la liga

mexicana de futbol durante cuatro años consecutivos: dos mil, dos mil uno, dos mil dos y dos mil

tres; el tres veces mundialista – dice la voz del micrófono. – quien además jugó dos temporadas

en el Atlético de Madrid… y ahora defiende los colores del Deportivo Oaxaca, damas y

caballeros, les presentamos a una de las grandes figuras de la historia del balompié mexicano…

¡Fausto Conejo!

La gente aplaude y sale a la cancha el mismísimo Conejo. Te das cuenta de que si no fuera por la

presentación, ni siquiera lo habrías reconocido. Se ve cansado, tiene los hombros tan caídos que

parece jorobado, su cabello grisáceo deja ver algunas entradas y su sobrepeso le impide correr

con agilidad. Se ve incluso más viejo que el director técnico de su equipo. Empieza a calentar

torpemente mientras los jugadores del otro equipo entran a la cancha, acompañados del abucheo

de la gente.

El árbitro llama a los capitanes, conversa con ellos y arroja una moneda al aire para ver a quien le

toca el saque inicial. Lo gana Oaxaca, así que ponen la pelota en el círculo central de la cancha y

se preparan. El árbitro mira su reloj, hace sonar el silbato y comienza el partido.

Diez minutos después, el partido está tan aburrido que el público ha dejado de vitorear a los

equipos. Le das un sorbo a tu cerveza. Conejo corre de un lado a otro de la cancha torpemente

mientras le grita indicaciones a sus compañeros. Ni siquiera ha tocado la pelota.

Una vez viste un reportaje en la televisión en el que narraban la vida de Conejo. Nació en uno de

los barrios bravos de la Ciudad de México y tuvo que trabajar mucho para llegar a ser

profesional. Toda su adolescencia se la pasó recorriendo equipos pequeños y trabajando como

albañil para mantener a su madre y a sus hermanos. Debutó en la primera división hasta los

veintidós años y se dio a conocer hasta los veinticinco, cuando sorpresivamente lo llamaron para

que fuera al mundial de Francia 98, ya que el delantero titular sufrió una lesión de última hora.

En ese mundial metió dos goles clave y se volvió conocido en todo el país. Tenía una capacidad

extraordinaria para pasar la pelota. Ya sabía dónde ponerla antes de que se la dieran. Si no

hubiera enfrentado tantas lesiones y escándalos habría podido ser el más grande de todos.

Desapareció del mapa en el dos mil cuatro y se la había pasado dando vueltas por equipos de

poca monta. Deportivo Oaxaca era sólo un paso más en una carrera descendente que ya se había

prolongado por un tiempo excesivo.

El primer tiempo transcurre sin grandes sorpresas. Un tiro de media distancia que pasa cerca del

travesaño es lo más cercano a un gol que sucede en los primeros cuarenta y cinco minutos. El

árbitro no otorga tiempo de compensación y da el silbatazo cuando el portero del otro equipo

ejecuta un saque de meta. Los jugadores se dirigen con calma hacia los vestidores y tú le pides

otra cerveza al vendedor que recorre las gradas.

Pasan unos diez minutos y los jugadores vuelven a entrar a la cancha. Empiezan a pasarse el

balón.

– Se me acaba de ocurrir algo – te dice Carlos.

– ¿Qué cosa?

– Salto la valla y me meto a la cancha para pedirle un autógrafo a Fausto Conejo.

– Los policías no te van a dejar.

– No me importa. Espero a que se distraigan y salto rápido, antes de que me vean.

Conoces a Carlos. Quiere que le digas que no puede hacerlo.

– A ver, hazlo.

Pone una cara de sorpresa ante tu reacción. Se queda unos segundos esperando. Y cuando

entiende que no lo vas a detener, se dirige hacia la valla. Camina con lentitud. Cuando llega, los

policías lo voltean a ver. Él los mira fijamente. Te observa como esperando que lo detengas, pero

no lo haces. Vuelve a mirar a los policías. Les pregunta algo. Uno de ellos le contesta. Se quedan

callados y él regresa hacia donde estás sentado.

– ¿Qué pasó matador? ¿No que los ibas a distraer y toda la cosa?

– No es tan fácil como parece.

– Nada, hijo… nada es tan fácil como parece – le das una palmada en la espalda y tomas otro

sorbo de tu cerveza.

Empieza el segundo tiempo. El color negro del cielo contrasta con la luz de los reflectores del

estadio. A lo lejos, se ven los edificios de Punta Vizcaya en el Rosario. Recuerdas que viviste en

uno de esos alguna vez. El grito repentino de la gente hace que voltees hacia la cancha.

– ¿Qué pasó? – le preguntas a Carlos.

– ¿De veras no viste? Conejo estuvo a punto de meter un golazo.

Ves a Conejo. Está hincado cerca de la portería rival y se toca la frente con ambas manos. Da un

golpe en el césped y se levanta. Empieza a gritarle a sus compañeros. Ninguno le hace caso. Un

hombre corpulento con chamarra de cuero llega a donde estás sentado y se para frente a ti.

– Amigo, no quiero ser grosero… pero no nos dejas ver.

– ¿Es usted el señor Carranza?

– Depende. ¿Quién quiere saberlo?

– El señor gobernador me dice que ustedes pueden bajar a la cancha para ver lo que queda del

partido.

– ¿Ah sí? Pues dile al señor gobernador que…

– Papá – dice Carlos – Ándale, vamos. Por favor.

– Está bien. ¿Pero el gobernador no estará ahí, o si? – le preguntas al tipo de la chamarra de

cuero.

– Creo que no. Se fue desde hace rato.

– Volteas al lugar donde estaba sentado… y efectivamente, ya se fue.

Carlos y tú se levantan del asiento y siguen al hombre hasta la reja que da a los vestidores. Él

habla con otro tipo y un minuto después están viendo el partido junto a la banca de suplentes. El

director técnico del “Deportivo Oaxaca” está sentado tranquilamente sin dar indicaciones. Mira

su reloj constantemente.

Le queda poco tiempo al juego. Nadie parece satisfecho en el público. Un empate a cero es lo

peor que le puede pasar a un partido de fútbol. Faltan casi cinco minutos para que se termine.

Conejo recibe la bola y tira un pase soberbio. Le cae a uno de sus compañeros y éste la empuja

con clase hacia dentro. Los espectadores se levantan de sus asientos y empiezan a festejar

efusivamente el gol. Nadie parece darse cuenta de que el árbitro asistente levantó su bandera. Les

lleva un rato darse cuenta de que el gol fue anulado. Conejo hace una de sus famosas rabietas.

Agita los brazos y se acerca al árbitro para gritarle que es un idiota. Él réferi simplemente lo

ignora y continúa corriendo hacia media cancha. El director técnico se levanta de su silla.

– Ya Conejo, deja de andar haciéndola de pedo.

– Es mi asunto. ¿Tú que te metes? – le responde Conejo.

– Haz lo que quieras.

El técnico se dirige a su asistente y comentan algunas cosas del juego. Se vuelve a sentar.

Conejo le roba el balón a uno de los adversarios y la conduce con técnica por la banda. Se burla a

uno y abre la cancha con un recorte. No se da cuenta de que un defensa lo persigue muy de cerca.

Se barre para quitarle el balón y el impacto es tan fuerte que Conejo se suspende en el aire

durante unos segundos antes de caer violentamente contra el césped. No se levanta. El juego se

detiene y los paramédicos entran a la cancha para subirlo a una camilla y sacarlo de ahí. Unos

instantes después el juego se reanuda. No pasa nada interesante. El árbitro revisa su cronometro y

decide terminar el partido.

Los jugadores salen tranquilamente de la cancha. Se saludan con los rivales y no parece

importarles el hecho de que no ganaron. Carlos corre hacia donde están para pedirles sus

autógrafos. El único que parece molesto es Conejo, quien sigue tirado en el césped junto a las

bancas mientras los paramédicos le revisan la pierna. Desde donde estás parado, puedes ver que

la tiene muy inflamada. Tiene la expresión sombría. Como si estuviera esforzándose mucho por

no empezar a llorar. Se levanta con dificultad y cojea hacia el vestidor. La gente de la tribuna lo

insulta mientras arrastra su pierna con dificultad.

– Maldito fracasado, ya retírate – le grita un hombre.

– Te pesa la mierda culero – le grita otro.

Conejo continúa su camino y hace como si no los escuchara. Pasa junto a ti y puedes ver que sus

ojos están enrojecidos. Te mira durante un instante y asiente. Como si supiera que eres uno de los

suyos. Otro fracasado que ha visto tiempos mejores. La mirada de ese hombre que fue una

leyenda y ahora sólo es un tipo vulnerable y común te hace pensar que el éxito es fugaz y suele

irse tan pronto como llega.

Lo ves caminando con torpeza hacia los vestidores y tu mente se transporta una vez más a ese

doce de enero de mil novecientos noventa y cuatro. La carretera es de dos carriles y no hay valla

de contención. Tú estás borracho, pero no sales de tu carril. Nunca lo has hecho ni lo harías,

porque sabes que hay un pacto que se sobreentiende en ese tipo de carreteras. Ni tú ni el otro

quieren morir. Sin embargo, ese hombre rompe el pacto y se pasa a tu carril a toda velocidad.

Todos los años que han pasado desde entonces te has hecho la misma pregunta. ¿Por qué lo hizo?

¿Por qué tomó esa decisión? Quizás su mujer lo abandonó. Quizás su hijo murió. Tal vez sólo era

uno de esos imbéciles que quieren irse de este mundo haciendo ruido. Eso nunca lo sabrás. Pudo

haber tomado tu carril por error.

El cuerpo humano vuela a la misma velocidad a la que el automóvil se mueve antes del impacto.

Eso significa que el cráneo de tu padre se estrelló a noventa kilómetros por hora contra el

parabrisas del copiloto. Eso también significa que si no te hubieras puesto el cinturón de

seguridad también habrías muerto al instante. Y entonces nunca te habrías casado y Carlos jamás

hubiese nacido.

Tu hijo corre hacia donde estás y lo miras a través de la luz de los reflectores del estadio. Dentro

de algunos años será un adulto. Tendrá su propia familia y sus propios problemas. Piensas en

Fausto Conejo y recuerdas a tu padre y también piensas en Bonilla, el contador de Obras

Públicas… en la desgracia que le sucedió. Te das cuenta de que para los perdedores como tú, la

soledad es algo muy peligroso. Más te vale encontrar a una mujer pronto, o las cosas sólo irán

empeorando cada día más.

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One Response to EL PACTO DE LA CARRETERA

  1. Si Poe siguiera vivo estaría leyendo esto.

    Una narrativa tan real que parece describir la vida de quien cuenta la historia. Cada suceso que pasa tiene tiempos muy claros y definidos; introduce a los personajes y hace las conversaciones sutilmente y al final el mensaje queda intacto: La soledad es la peor compañía

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