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FUEGOS DE ENERO

Oct 27 • PLEXUS • 949 Views • No hay comentarios en FUEGOS DE ENERO

– Me da gusto que hayas venido, Carlos. No te veía desde que tu padre murió – El anciano miraba hacia el monte. Una barba incipiente crecía en su rostro curtido. Carlos Carrera estaba sentado en una silla de plástico frente a él, debajo de un zaguán que los cubría del sol.

– Necesitaba que me arreglaran el auto. Y entonces me dije: puedes ir con un hombre al que no conoces, o puedes manejar hasta Tlacolula donde el hermano de tu padre tiene su taller… y de paso lo saludas.

– Pues aquí me tienes. Supongo que estoy bien. Y tú no te ves mal… a pesar de todo.

– Tú tampoco… a pesar de todo.

– ¿Cómo está tu mujer?

– Me acabo de divorciar.

– ¿Por qué?

Carlos Carrera miró hacia arriba. Era un día resplandeciente, claro y triste. El cielo era cada vez más blanco y cada vez más vacío. La fuerza del viento levantaba la tierra seca del Valle de Tlacolula y hacía pequeños remolinos a la distancia.

– ¿De verdad quieres qué hablemos de esto?

– No veo porque no. Es bueno sacar estas cosas para no andarlas cargando. Recuerda que yo mismo he tenido dos divorcios… y te puedo decir que siempre funciona hablarlo. Nos hace sentir… menos solos. ¿Traes cigarros?

– Pensé que lo habías dejado.

– Recaí… ¿traes o no?

Carlos sacó una cajetilla de Delicados y le ofreció uno a su tío. Él viejo lo encendió con unos cerillos que traía en la bolsa de su pantalón. Tuvo que cubrir el fuego del cerillo con las manos para que la brisa no lo apagara. Dio tres fumadas sin respirar el humo para que encendiera bien.

– Entonces… ¿me vas a contar?

– ¿Alguna vez le has entregado todo a otra persona?

– ¿En qué sentido?

– En el único sentido… me refiero a sacar tu corazón del pecho y ponerlo en sus manos. Sabiendo que en cualquier momento puede arrojártelo en la cara y pisotearlo hasta hacerlo pedazos.

– No pienso que lo hayas entregado, pues aun cuando tú creas que lo pones en manos de alguien más… eso no lo puedes hacer, porque tu corazón es lo único que verdaderamente te pertenece.

Era otoño, las hojas de los árboles se desprendían de las ramas y caían a la calurosa y blanca tierra con un suave vaivén, como si ejecutaran un último baile antes de morir.

–Solía amarla mucho y siempre pensé que si eso terminaba, el mundo se detendría y la tierra dejaría de girar. Y entonces sucedió, fue como si mi vida hubiese empezado y terminado esa noche de agosto… pero al día siguiente amaneció, el cartero pasó a dejar la correspondencia, la misma señora de todos los días tocó en las puertas de las casas para vender las flores que recogía en el monte y todo siguió su curso como si nada. El mundo no se detuvo. Mi vida se fue a la mierda y a nadie pareció importarle.

– Pues sólo hay una cosa que puedes hacer al respecto. Nada… eso es lo que puedes hacer al respecto.

– He pensado en dios.

– ¿Sigues yendo a la iglesia?

– Ya no.

– ¿Por qué?

– Justamente por lo que he estado pensando. Los animales nunca comen más de lo que necesitan. Tienen mecanismos de defensa o de ataque bien definidos. Este mundo es un lugar perfecto, excepto por el ser humano, que come más de lo que necesita y sólo se dedica a exterminar a los demás.

– ¿Y eso que tiene que ver con dios?

– Todo… ¿Qué es dios, para empezar? ¿Quién es él? ¿Por qué nos hizo? El periodo más destructivo para este mundo han sido los años que llevamos aquí. ¿Somos una cura o una enfermedad? ¿Somos la máxima creación o somos una plaga? ¿Acaso nos ama, o más bien nos odia por destruir su planeta y matar a los otros animales? ¿Nos planificó, o somos un error que cometió? Porque si él de verdad ama igual a todas las criaturas, entonces lo natural sería que nos odiara. A veces pienso que busca nuestra destrucción, o quizás está feliz porque nosotros mismos la estamos propiciando… y de ser así… ¿Qué sentido tiene rezarle?

– Por favor, Carlos. Ya somos adultos los dos. Dios es como Santa Claus, hay que ser muy ingenuo o muy perverso para pensar que de verdad existe. ¿Tú crees que si él estuviera ahí, de verdad nos dejaría hacer todo lo que hemos hecho… todo lo que nos hemos hecho? Pues claro que no. Pero si me preguntas acerca de la religión, yo pienso que está muy bien. No todos los seres humanos tienen límites, algunos son muy peligrosos y están dispuestos a hacer casi cualquier cosa para conseguir lo que quieren, ¿Quieres saber qué los mantiene a raya? Yo te lo diré… el miedo. Para eso existe la ley, ¿pero qué haces cuando la ley es tan complicada que la mayoría de la gente no la entiende? Pues utilizas la religión, el miedo a dios es tan sencillo como efectivo… impide que nos despedacemos los unos a los otros… yo mismo tengo muchos clientes en este taller que matarían a su propio hermano si dios no estuviera ahí. Así es como educas a los peores. Los llevas a un templo, los pones a rezar, haces que desarrollen un vínculo de solidaridad con los miembros de su comunidad y les dices que es incorrecto hacer cosas malas. Dios ha muerto desde hace mucho y es cuestión de tiempo para que todos nos enteremos de eso, la verdadera pregunta es qué podemos hacer en lo que llega ese día. Y la respuesta es que dios funciona como una fuerza de paz, pero no es una paz divina que cae del cielo… es una paz imperfecta creada por los hombres para protegerse de sí mismos.

El anciano le ofreció una cerveza a Carlos… la aceptó. Jaló el anillo con el dedo índice y la hoja de aluminio se levantó con un chasquido que hizo un eco en el valle. Algunos coches pasaban por la carretera a toda velocidad. Tomó un trago y sintió el líquido helado que recorría su garganta. El anciano también le dio un sorbo a su cerveza.

– ¿Cuándo fue la primera vez que viste a un hombre morir? – preguntó Carlos Carrera.

– Hace como cuarenta años, en ese entonces yo era Médico del Centro de Salud de Juchitán. Acababa de graduarme y me ofrecieron el puesto. No tenía familia así que lo acepté. Recuerdo que mi consultorio estaba cerca del Palacio Municipal. Tenía un amigo ranchero que me dejaba utilizar sus caballos a cambio de darles de comer y cuidarlos, porque él vivía en la Ciudad de México, así que esa mañana de enero salí a dar un paseo a caballo por el camino a Xadani. El trote del animal se mezclaba con el ruido de mis espuelas y de la ventisca que movía los pastizales de esa llanura interminable. Anduve un buen rato hasta que distinguí una figura humana que caminaba en dirección opuesta. Cuando estaba a unos cincuenta metros de distancia, pude percatarme de que ese hombre era Gaspar Jiménez. Se había corrido el rumor por el pueblo de que había violado a la hija de uno de los caciques y desde entonces tuvo que huir. Andaba con el cabello desaliñado y la barba crecida. Llevaba una camisa de cuadros, unos pantalones de mezclilla y unas botas empolvadas. Yo sabía que esa acusación de que había violado a la muchacha era falsa, porque ambos eran novios desde hace mucho tiempo. Tenía más o menos la misma edad que yo. Éramos buenos amigos. Galopé hasta donde estaba y cuando me vio venir, intentó sonreír.

» Gaspar – le dije – ¿Por qué sigues aquí? Huye antes de que te vean – Fingió que no me escuchaba y se sentó en el pastizal.

» ¿Tienes agua? – preguntó.

» Saqué mi cantimplora y la puse en sus manos. Tomó un buen trago, sacó un cigarro sin filtro que él mismo había liado y lo encendió con un cerillo, le dio una fumada y se recostó boca arriba.

» No voy a huir. Este es mi hogar.

» ¿Entonces cuál es tu plan?

» Voy a pedirle a Mariana que se case conmigo… y no me importa que su padre se oponga.

» Traté de razonar con él para que mejor se fuera, pero todas mis palabras le entraban por un oído y le salían por el otro. Había un vacío en sus ojos, como si ya nada le importara. Nadie más que él mismo podía entender sus motivos. Después de un rato se levantó del pastizal y siguió su camino hacia Juchitán.

» Unas horas después regresé a mi consultorio. Era domingo y no había pacientes ese día, así que coloque mi hamaca en los arneses de la pared y tomé una siesta. Me despertó un amigo que era profesor de la primaria. No recuerdo las palabras exactas que utilizo para explicarme lo que estaba sucediendo, pero unos minutos después ambos salimos corriendo hacia la plaza municipal. Cientos de zanates y calandrias volaban en círculos encima de las copas de los árboles. Ese concierto ensordecedor, el rastro del humo que emergía desde el centro de la plaza y el silencio sepulcral de la gente que se había aglomerado le daban al lugar un aura apocalíptica. Me acerqué al centro de la plaza y lo que vi es algo que nunca olvidaré. Había un palo de madera fijado cerca del kiosco, en el que Gaspar Jiménez estaba amarrado. Alguien había colocado ocote con gasolina a su alrededor y lo encendió. El fuego había comenzado a quemar sus piernas y su estómago. A pesar de que estaba amordazado, se escuchaban los aullidos de dolor como un susurro, como una pesadilla. La gente parecía hipnotizada, nadie emitía ni el más leve ruido. Era un silencio que sólo se interrumpía por el sonido infernal de las aves que sobrevolaban la plaza. El padre de la muchacha estaba sentado frente a la hoguera y veía arder el cuerpo de Gaspar con una mueca perversa. Nadie hacía nada más que mirar. Ni siquiera yo. Me quedé pasmado durante los diez o quince minutos que tardó el cuerpo de Gaspar Jiménez en terminar de quemarse. No sé bien lo que pasó después, pero recuerdo que corrí a mi consultorio, desamarré el caballo y media hora después iba a todo galope por la recta que se dirige a Tehuantepec. Sólo veía arboles enredados a la orilla del camino y la luz anaranjada del atardecer. No estaba seguro de mi destino… pero sabía que si quería conservar mi alma… debía huir de ese fuego de enero que vaciaba la luz, el cielo y las vidas de todos nosotros.

Carlos Carrera lo vio todo. Mientras su tío terminaba de contar la historia, un pastor belga hizo un agujero por debajo de la cerca y salió corriendo hacia donde estaban ellos dos. Cuando iba a la mitad de la carretera, un automóvil le pasó por encima. El perro emitió un aullido de dolor y después todo volvió a quedarse en silencio. El anciano se levantó de su silla y caminó con toda calma hacia el perro, que estaba inmóvil y con los ojos cerrados. Le puso la mano en el cuello, lo cargó como un costal y se dirigió hacia una cubeta de agua que estaba junto al zaguán.

– Sigue vivo, pero ya está muy mal… – dijo. – No puedo curarlo.

Tomó la cabeza del perro y la sumergió en la cubeta. Unos segundos después, el animal empezó a mover las patas violentamente, pero después se quedó inmóvil. El anciano sacó la cabeza del perro y colocó el cadáver en el piso, entró al taller y salió con una toalla que utilizó para cubrirlo. Todo esto lo hizo sin decir una sola palabra.

– Qué pena – dijo Carlos.

– Mucha gente abandona a sus perros por estos rumbos.

– ¿Por qué habrán abandonado a este? Pudieron haberlo regalado fácilmente.

–Ya no me pongo a pensar en esas cosas – contestó el anciano. – Más tarde lo voy a enterrar en el terreno baldío que tengo atrás del taller. La gente los desecha como basura y yo soy quien debe hacer el trabajo sucio. He tenido que enterrar a muchos perros… algunos eran buenos…

Carlos Carrera se quedó un rato callado y alzo la mirada hacia el horizonte, que era cada vez más gris y cada vez más vacío.

El anciano se secó las manos con el pantalón, volvió a sentarse en su silla, le dio un trago a su cerveza y encendió un cigarro que le ofreció Carlos. Las montañas se extendían a lo lejos, como puertas que conducían al corazón de unas tinieblas incalculables.

– También he tenido que enterrar a mis padres…– continuó el anciano. – Y a mis hermanos, e incluso a uno de mis hijos. He perdido mucho y tal vez pienses que he aprendido bastante acerca de la vida, pero no es así… para este punto, sólo te puedo decir una cosa y ojalá sirva de algo… siempre seremos las cenizas de los fuegos que ardieron en el pasado, viviendo en las sombras que nuestros antepasados construyeron para darle sentido a sus vidas… hasta que algún día nosotros mismos proyectemos sombras, en las cuales nuestros sucesores se verán irremediablemente envueltos. Es una historia que avanza como el tiempo, hacia delante… pero que constantemente voltea la mirada atrás… quizás en busca de algún pasaje, alguna respuesta, algún silencio o alguna palabra que en algún momento y en algún lugar… pudieron decirlo todo… pudieron descifrarlo todo. Lo que intento decir es que la vida, en esencia, es un viaje que empieza el día en que naces y termina el día en que mueres… y lo que suceda entre esos dos es sólo tuyo y de nadie más.

Oaxaca de Juárez, noviembre del 2014.

Fotografía por Uriel Toga

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