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GOLPE DE SUERTE

Ago 22 • PLEXUS • 560 Views • 1 comentario en GOLPE DE SUERTE

Amanda Jiménez era una de las prostitutas de la calle de Galeana, en la central de abastos de Oaxaca. Se paraba en la entrada de un viejo hotel. Aquel día era trece de noviembre del dos mil doce. Aún faltaban dos días para la quincena. Y el país estaba en crisis, como siempre, o sea que no había mucha demanda de putas. No había mucha demanda de nada. ¿A dónde se iba todo el dinero?

El sol penetraba por encima de los desgastados edificios. Hacía brillar el polvo en la calle. Eran casi las cuatro de la tarde. Se escuchaba el ruido de la gente y de los camiones que recorrían el Periférico. Unas gotas de sudor recorrían el cuello de Amanda. Era una tarde calurosa.

Se sentó en uno de los escalones de la entrada del hotel. Sacó un pañuelo de su bolso y se limpió el sudor. Lo volvió a guardar. Tomó un abanico y lo utilizó para refrescarse.

Las cosas no habían sido siempre así de jodidas para ella. Hubo una época en que trabajaba en un putero de primera en la Ciudad de México. Esos habían sido los buenos tiempos. Los hombres tenían dinero y estaban más que dispuestos a gastárselo en una buena puta. Y ella era esa buena puta.

En aquellos años, hizo amistad con uno de los empleados del putero. Se llamaba Luis Robles. Venía de algún pueblo de la Sierra Juárez. En realidad no era una amistad, ninguno de los dos conocía a otra persona que viniera de Oaxaca. Esto era algo que tenían en común.

Aquel empleado estuvo enamorado de ella durante mucho tiempo. A veces, después de terminar con un cliente, Amanda salía a fumar un cigarrillo al parque que estaba afuera del putero. Luis la acompañaba y platicaban de cualquier cosa, mientras los automóviles pasaban por la avenida Insurgentes y el sol se escondía en el horizonte. Así pasaron los años. Ambos siguieron trabajando en ese lugar. Con la diferencia de que Luis ahorraba sus ganancias y Amanda las despilfarraba en ropa, coches de lujo y alcohol. Ese tipo de cosas.

Luis solía decir que algún día juntaría suficiente dinero para regresar a Oaxaca, poner un negocio, casarse y vivir una vida tranquila. Le preguntó a Amanda si ella aceptaría regresarse con él. Hablaba tanto de eso que Amanda le dijo que si algún día lo conseguía, ella aceptaría. Pero no lo decía en serio, tenía la secreta esperanza de que al aceptar, Luis dejaría de estar hablando todo el día de lo mismo. Tuvo razón. No se volvió a tocar el tema en años.

Sin embargo, un día Luis lo consiguió. Juntó suficiente. Entonces, recordando la promesa, le pidió matrimonio a Amanda. Ella lo rechazó y le dijo que estaba idiota si de verdad pensaba que ella aceptaría regresar a ese pueblo cochino con un negro feo como él. Así lo dijo. Luis Robles se quedó callado. Al día siguiente se regresó a Oaxaca. Ni siquiera se tomó la molestia de presentarle su renuncia al gerente del putero. Empacó sus cosas y se fue. Amanda no le dio importancia al asunto. Muchos pobres diablos le habían pedido matrimonio a lo largo de los años. Pensó que nunca más volvería a ver a Luis Robles. Eso pensó.

Los años pasaron y Amanda envejeció. Una mañana del dos mil diez, el día de su cumpleaños número cincuenta, se miró al espejo y se dio cuenta de que a pesar de las cirugías, era menos atractiva que las prostitutas más jóvenes. No hizo fiesta de cumpleaños. No le comentó a nadie que cumplía medio siglo. Pero eso no impidió que a partir de ese momento, las cosas se complicaran para ella.

Los clientes ya no la pedían. Los pocos que podía conseguir eran los que estaban tan borrachos que ya no les importaba lo que se cogieran, siempre y cuando se lo cogieran. Un buen día, el gerente la invitó a comer al “Bellini”. El restaurante giratorio del World Trade Center.

Era una tarde lluviosa y por los ventanales del restaurante se veía la Colonia del Valle. El restaurante mostraba diferentes panorámicas conforme daba vueltas. “Amanda – le dijo. – Tengo que dejarte ir. Ya no generas ganancias y hay nuevas chavitas que quieren trabajan y sí las generan. Tú sabes cómo es este negocio. Algún día tenía que terminar, ¿eh? En fin, estoy seguro que con el dinero ahorrado en estos años tendrás suficiente para vivir bien por el resto de tu vida. ¿Por qué no haces cómo Luisito y pones un negocio en Oaxaca?”

Tomó unos billetes y los puso sobre la mesa. Se levantó y pagó la cuenta en la caja. Amanda permaneció sentada en la mesa por media hora, contemplando la ciudad de México que daba vueltas y era gris y sombría.

Lo que el gerente nunca supo es que Amanda era alcohólica. Y nunca había ahorrado dinero. Básicamente, lo único que tenía eran los billetes que él había dejado sobre la mesa. Amanda evaluó sus posibilidades. Podía regresar al putero más tarde y suplicar que la dejaran trabajar, pero sabía que eso no serviría de nada. Ya había visto a otras hacer lo mismo. El gerente les decía que sí, pero sólo para no hacer escándalo. Después las llevaba a su oficina. Llevarte a su oficina significaba que te subían a un coche, manejaban hasta alguna carretera y te arrojaban afuera, advirtiéndote que si volvías a molestar, te mataban. El gerente le había contado algunas veces a Amanda cómo funcionaba esa rutina.

Esa misma noche, Amanda tomó un autobús y se regresó a Oaxaca. No le tomó mucho tiempo encontrar a Luis Robles. Resulta que su viejo amigo había puesto un hotel en la calle de Prolongación de Galeana. Lo fue a buscar. Él mismo atendía en la recepción.

– Luis – le dijo. – Fui una estúpida al rechazarte. Dame otra oportunidad. Hay que casarnos y vivir juntos, como siempre lo planeaste.

Luis inventó alguna excusa. Le dijo que la cosa no era tan fácil como regresar, pedir perdón y hacer como que no pasó nada. Pero la verdad es que en ese momento, él entendió que si había estado enamorado de ella, había sido sólo por su belleza física. Y Amanda ya no era joven y hermosa. Ahora era vieja y tenía ese tono de voz empalagoso y esas lonjas desagradables. Luis era una persona superficial. Y en ese momento, dadas las circunstancias, fue capaz de comprenderlo, e incluso aceptarlo.

Sin embargo, esto no evitó que llegaran a un arreglo. Acordaron que Amanda podría desempeñar su trabajo afuera del hotel de Luis, con la condición de que llevara a todos sus clientes a coger al hotel de su amigo. De esta manera, ambos ganaban. Ella tenía un espacio para putear y una especie de padrote que la protegía. Y él ganaba dinero. Era un contrato sencillo, pero efectivo.

Así es como Amanda Jiménez acabó trabajando en la calle de Galeana. Aún era alcohólica y entre eso, comer a veces y pagarle la renta a Luis por el cuarto en el que vivía, se le iba todo el dinero.

Ahí estaba entonces, sentada en uno de los escalones del viejo hotel. Utilizando un abanico para refrescarse, esperando que apareciera algún cliente que rompiera la mala racha de ese día. De esa semana.

Tomó un cigarro mentolado de su bolsa y lo encendió. Exhaló el humo mientras miraba a las putas de la misma calle. Estaban tan aburridas y cansadas de la vida como ella misma. Si tenías que pararte ahí para atraer clientes, significaba una de dos, o que tu carrera de prostitución estaba en declive, o que nunca conseguiste salir de esa calle. Amanda apagó el cigarrillo en la banqueta y lo arrojó. Vestigios de ceniza brillaron algunos momentos en el oscuro pavimento. Tomó la botella de brandy de su bolso, la abrió y le dio un trago. La volvió a guardar. Era uno de esos días sofocantes. El sol quemaba la piel y no había sombra en ninguna parte.

– ¿Qué tal vas? – una voz ronca emergió del interior del hotel. Era Luis. A veces salía a las escaleras de la entrada para fumar un cigarro. Se sentó junto a Amanda.

– De la chingada – respondió ella.

– ¿Tienes fuego? – preguntó él.

Amanda sacó unos cerillos de su bolso y se los dio. Luis encendió su marlboro rojo y se quedó en silencio. Sólo contemplaba la calle mientras fumaba. Después de un rato volteó a ver a Amanda. La miró de arriba abajo, como examinándola.

– ¿No has pensado en dedicarte a otra cosa?

– ¿Cómo a qué? – le respondió ella.

– ¿Yo que sé? Alguna otra cosa.

– Esto es lo único que sé hacer. Además, no es mi culpa que la gente de este pueblucho no sepa reconocer la calidad de una buena puta.

– Sí, bueno. Supongo que eso no es culpa de nadie.

Amanda no respondió.

– Yo quiero – dijo Luis de repente.

– ¿Tú quieres qué? – le respondió Amanda.

– Ya sabes… coger… ¿Cuánto?

– Ya es demasiado tarde para eso Luisito. Conoces mi lema.

– Como quieras – se levantó del escalón y volvió a entrar al hotel.

Amanda permaneció sentada, pensando. Durante un instante se le ocurrió que tal vez no había sido buena idea rechazar al único cliente que había tenido esa semana. Pero su lema era lo único que le quedaba. Si renunciaba a eso, significaba que habría terminado de perderlo todo.

Un taxi entró en la callejuela. Aparcó cerca del hotel y un hombre salió de ahí. Barrigón y chaparro. Revisó su cartera y sonrió al ver el contenido. Todas las putas entendieron el mensaje. Lo voltearon a ver. Sabían a lo que venía. Se levantaron de los lugares donde estaban sentadas y le sonrieron mientras caminaba por la calle. Lentamente y con el pecho erguido. Orgulloso. Disfrutando su momento de gloria. Era el primer cliente del día y lo sabía. Revisaba la mercancía. Decidiendo. Como un niño que va a la juguetería en su cumpleaños. Por un momento, posó la mirada en Amanda. Ella le sonrió y él le correspondió. Pero había otras muchachas más jóvenes y guapas. El taxista se acercó a una de ellas y Amanda los vio entrar a otro de los hoteluchos de la misma calle. Volvió a sentarse en el escalón de antes y tomó un buen sorbo de su botella de brandy.

Los clientes empezaron a llegar a partir de ese momento. Por intervalos de diez o quince minutos. Todos eran igual de feos que el taxista. Todos escogían a las más jóvenes. Era la peor racha que Amanda había tenido en mucho tiempo. Pero eso cambió unas horas después.

Eran las ocho con veinte de la noche. Acababa de anochecer. Las luces del cerro del Fortín brillaban a lo lejos y se empezaba a sentir la brisa nocturna. Un Jaguar negro entró a la calle y la recorrió con lentitud. Todas las putas se sorprendieron. No era normal ver un coche así en esa parte de la ciudad. Aparcó a la mitad de la cuadra. Más o menos frente a un local donde reparaban teléfonos celulares en el día y vendían cocaína en la noche. Un hombre salió del interior. Alto y fornido. 1,85 aproximadamente, calculó Amanda. Su cabello rubio resplandecía en la noche. Caminó pausadamente mientras volteaba a ver las entradas de los edificios.

Nadie supo muy bien cómo reaccionar. No era normal que un hombre así se apareciera por esos rumbos. Y sin embargo, ahí estaba. Recorriendo la calle con su porte elegante. Como si en lugar de recorrer una de las zonas más inseguras de Oaxaca, estuviera en algún club campestre de esos que aparecen en los programas de televisión.

Se detuvo en medio de la calle y volteó a ver hacia todos lados. Pareció un poco incómodo al darse cuenta de que no había una sola persona en todo el lugar que no lo estuviera mirando. Sacó una cajetilla de cigarros de su saco y hurgó sus bolsillos en busca de un encendedor, pero al parecer lo había olvidado. Amanda le silbó desde la entrada del hotel y le enseñó una caja de cerillos.

El hombre caminó hacia ella, sin prisa. Como si su presencia ahí fuera algo completamente normal.

– Veo que necesitas fuego – le dijo Amanda cuando el hombre estuvo tan cerca como para escucharla.

– Ves bien.

Tomó la caja de cerillos rozando la mano de Amanda y le sonrió mientras encendía su cigarro.

– ¿A qué viene alguien como tú a este lugar?

– A lo que viene cualquier otro hombre, supongo – volvió a sonreír y le devolvió los cerillos a Amanda.

– ¿Cómo te llamas?

– ¿Y eso para qué quieres saberlo? – contestó el hombre mientras lanzaba una bocanada de humo hacia el cielo estrellado.

– Sólo trataba de ser amable.

– Claro que sí. Disculpa mis modales. Me llamo Gastón Galvin. Acabo de llegar a Oaxaca hace como media hora y no tengo donde quedarme. Este parece un buen lugar – dijo mientras echaba una ojeada al hotel de Luis Robles.

– Es lo que es – le contestó Amanda.

– Entonces es justo lo que necesito.

Permaneció un momento ahí parado sin decir nada, simplemente mirando a Amanda con una sonrisa sutil. Terminó de fumar su cigarro, lo arrojó a la calle y se dirigió al interior del hotel. Justo antes de entrar, se detuvo.

– Ahora que lo pienso, no me vendría mal algo de compañía esta noche, ¿Cuánto cobras?

– Trescientos pesos por media hora.

– Te ofrezco tres mil por toda la noche.

Amanda sabía que el hombre tenía mucho más que eso, pero no se quiso arriesgar a perder otro cliente. Esos tres mil pesos le hacían mucha falta. Ya no quedaba mucho brandy en la botella que guardaba en su bolso.

– Hecho.

Entraron al hotel. Luis Robles estaba recostado en una silla de la recepción. Veía un programa de concursos en la televisión y comía unos cacahuates. Vio a Gastón Galvin y se levantó de su silla.

– ¿En qué le puedo servir? – dijo en un tono muy amable que Amanda no le había escuchado desde hacía años.

– Quiero una habitación.

– Desde luego que sí. Tengo una que casi nunca se ocupa, tiene televisión con cable, jacuzzi, ventilador…

– Deme una sencilla. La que sea.

– Bueno… la quiere familiar o individual.

– Con una cama familiar, por favor. La señorita me va a acompañar – se refería a Amanda.

– Claro que sí… serían… mil pesos.

– De acuerdo – contestó Galvin. – Yo le pago los mil pesos que me quiere cobrar, si además de la habitación, se compromete a cuidar que nada le pase a mi automóvil.

– Cuente con ello – contestó Luis Robles. – Es más. Tengo un garaje donde guardo el mío y si gusta también puedo guardar el suyo, ¿Qué le parece?

–Me parece perfecto. Encárguese de eso entonces – el hombre sacó dos billetes de quinientos de su cartera y los puso sobre la mesa de la recepción. También puso las llaves de su automóvil y otros dos billetes de quinientos. – Tenga, otros mil por las molestias – le dijo a Luis Robles mientras se los entregaba.

– Se lo agradezco, señor. Qué tenga una bonita estancia.

– Sí, gracias – el hombre dio media vuelta, tomó a Amanda del hombro y caminaron juntos hacia las escaleras.

La habitación estaba en la segunda planta. Nada del otro mundo. Una cama matrimonial que al menos parecía estar limpia. Un espejo, una televisión encima de un taburete y un baño con lavabo, regadera y excusado. Lo esencial.

Gastón Galvin entró al baño y se enjuagó la cara en el lavabo. Se veía cansado. Amanda se dio cuenta de esto. Se quitó las zapatillas, se recostó en la cama y encendió la televisión. Estaban pasando una película mexicana.

– Seguro eres de esos clientes que sólo quieren platicar – dijo.

El hombre no la escuchó, o fingió no escucharla. Siguió enjuagándose la cara con jabón. Tomó una toalla y se secó. Después se quitó la playera y salió del baño. Era delgado, pero estaba bien marcado.

– ¿Te gusta esa película? – le preguntó a Amanda. Se refería a la que estaban pasando en la televisión. Un tipo barbudo andaba en una silla de ruedas por alguna casa de la Ciudad de México diciendo muchas cosas. No se escuchaban porque el volumen estaba muy bajo.

– No la conozco. Encendí la tele y ya estaba.

– Se llama “El Bulto”. Una vez conocí al hombre que la editó. Ahora es taxista en las Lomas de Chapultepec. Se ganó un Ariel por esa película. Me llevó al Auditorio Nacional y me platicó parte de su historia. Era un buen hombre.

Caminó hacia el lugar donde había dejado su saco y extrajo una licorera de uno de los bolsillos, se sentó en una silla que estaba frente a la televisión y le dio un trago.

– ¿Quieres? – le dijo a Amanda.

Ella asintió. Estiro el brazo y tomó la licorera. Le dio un trago. Era cognac. Le supo bastante bien.

– ¿Y ahora qué sigue? – le preguntó a Gastón.

– ¿Cómo te llamas?

– Amanda Jiménez.

– Bueno… Amanda Jiménez. Creo que ya sabes lo que sigue. Desnúdate.

Amanda nunca pensó que aquel hombre fuera tan directo. Tenía pinta de que le gustaba platicar antes de coger. Pero a ella le daba igual. Hacía mucho que no tenía un cliente tan guapo.

Se levantó de la cama y se quitó la ropa. Gastón la miraba desde la silla mientras bebía de su licorera. Ella no pudo evitar sentir cierta vergüenza. Pues la edad se empezaba a notar en su cuerpo. Pero a Gastón no parecía importarle. La veía con los ojos de un adolescente que ve a una mujer desnuda por primera vez en su vida.

– Estás muy guapa – dijo cuándo Amanda terminó de quitarse la ropa.

Se levantó de la silla y también se quitó la ropa. Se acercó a Amanda y la abrazó. Se recostaron en la cama y empezaron a besarse. La puso de espaldas y ella sintió su aliento muy cerca del oído.

– Tres mil pesos – le escuchó susurrar.

Gastón Galvin caminaba por el pasillo adornado con flores que llevaba hacia el altar. No escuchaba sus propios pasos. Llevaba las manos en los bolsillos, porque le temblaban. La corbata del chaqué le apretaba el cuello. Nunca pensó que llegaría hasta ese punto. Nunca se imaginó que Renata Mojica aceptaría casarse con él.

El tiempo se detuvo mientras caminaba. Se imaginó a Renata con su traje de novia. Caminando hacia el altar. Firmando el acta de matrimonio. Se imaginó a si mismo viviendo con ella. Teniendo hijos. Envejeciendo.

Había recorrido un largo camino para llegar hasta ese momento. No le había sido nada fácil convencer a Renata. Casi diez años, ni más ni menos. Ese tiempo había transcurrido desde el día en que la vio por primera vez, cuando ambos estudiaban la preparatoria. Aun recordaba ese día. Ella llegó a vivir a la Ciudad de México. Venía de Guadalajara. Entró al aula de clases con la maestra. Ella la presentó a la clase.

–Muchachos, ella es Renata Mojica. Sean amables. Acaba de mudarse a la Ciudad y aún no conoce a nadie.

Un mechón de cabello castaño le rozaba la mejilla. Su mirada brillaba a través del rayo de luz que se filtraba por una de las ventanas del aula.

Qué lejano parecía todo aquello, como si hubiese sucedido en otra vida. Gastón llegó al altar donde el sacerdote lo esperaba con una sonrisa.

Has tenido suerte muchacho, es una mujer muy guapa.

Gracias padre.

Pasó un rato. Renata no aparecía. Gastón y los demás invitados empezaban a notarse incómodos. Después de unos quince minutos, el padre de Renata se paró al final del pasillo y miró al novio con tristeza. Negó con la cabeza.

Gastón no supo cómo reaccionar. Todo había sido una historia de locos, con un final de locos. Renata había sido novia de su mejor amigo durante muchos años. Y cuando él murió, Gastón aprovechó la ocasión y la convenció de que se casara con él. Pensó que realmente no podía culparla por dejarlo plantado. Él sabía que se lo merecía.

De pronto, los invitados lo miraban con una desagradable mezcla de lastima y morbo. Procurando ser lo más discreto posible, caminó lentamente hacia el estacionamiento. Nadie intentó detenerlo.

Mientras caminaba, recordó las palabras de sus padres, cuando le decían que nunca encontraría a una mujer que aceptara pasar toda la vida junto a él. Se sintió humillado, porque esas palabras ahora se convertían en realidad.

Se subió a su Jaguar negro y encendió un cigarro mientras arrancaba el motor. Era un bonito día, a pesar de las circunstancias. El sol brillaba en el cielo y el aire matutino refrescaba la temperatura. Salió del estacionamiento y tomó la carretera.

– ¿Eres de Oaxaca? – preguntó Amanda mientras se ponía la ropa interior.

– No – respondió Gastón.

Estaba recostado en la cama. Miraba hacia la ventana. El ventilador del techo dispersaba el humo que exhalaba por toda la habitación. Se escuchaba el lejano rumor de una ambulancia que recorría el Periférico. Amanda esperó a que Gastón le dijera de donde venía, pero no lo hizo. Permaneció inmóvil en medio de la cama.

– ¿Cuánto tiempo llevas? – preguntó Gastón.

– ¿En qué? – respondió Amanda.

– Ya sabes… en la putería.

– Ah eso. Déjame ver. Si empecé a los dieciséis… bueno, pues llevo bastante tiempo.

– ¿Cuántos años tienes?

– ¿Cuántos me calculas?

– ¿Realmente quieres que te diga?

– Mi edad es mi asunto – Amanda no se sentía cómoda con ese tema.

– Supongo que eso es cierto – Gastón juntó sus dedos y arrojó por la ventana el cigarro consumido. Brilló durante un instante en la habitación. Después se perdió en la noche.

La televisión seguía encendida. Pasaban un infomercial. Anunciaban una de esas máquinas milagrosas de ejercicios. Un montón de actores hablaban acerca de ese aparato que les había cambiado las vidas. Aparecían fotografías falsas de cuando eran gordos, y después aparecían con cuerpos atléticos, que supuestamente habían desarrollado por utilizar la máquina. Una estafa. No se escuchaban las voces porque el volumen estaba muy bajo, pero no hacían falta para entender el mensaje.

– Me pregunto qué clase de gente compra esas porquerías.

– Justamente en eso estaba pensando – respondió Amanda. Se recostó junto a Gastón y lo abrazó. Sintió el olor a loción que desprendía su cuerpo.

– ¿Eres casada? – pregunto Gastón.

– No. Nunca me casé.

– ¿Nunca te lo pidieron?

– Desde luego que sí. Antes trabajaba en la Ciudad de México. Tuve muchos clientes que me pedían eso, que me casara con ellos y toda la cosa. Algunos eran muy ricos, y hasta guapos como tú. Pero siempre los rechacé.

– ¿Por qué?

– No sé. Les encontraba algún defecto. Y siempre pensé que algún día llegaría uno mejor que el anterior.

– Pues te equivocaste.

– Supongo que sí. En lugar de mejorar, los candidatos fueron empeorando con el tiempo. Poco a poco me fui haciendo a la idea de que el matrimonio, y en general la felicidad, no es algo natural para quienes nos dedicamos a esto.

– ¿Y tú?… – preguntó Amanda – ¿estás casado?

– Me sucede algo parecido a ti, Amanda. Empiezo a pensar que el matrimonio, y en general la felicidad, no son cosas a las que yo pueda aspirar.

– De seguro lo dices porque tienes muchas mujeres.

– Al contrario. De hecho, tú eres la segunda con la que he tenido sexo en toda mi vida.

– Eso no te lo creo.

– Es cierto.

– ¿Quién fue la primera?

– Se llamaba… bueno, se llama Renata. No es nadie importante.

– ¿Era tu novia?

– Sí.

– ¿Y qué pasó con ella?

Gastón estaba recostado boca arriba en la cama. Con una mano detrás de la nuca y con la otra alrededor del cuello de Amanda. Ella también estaba boca arriba. Pero al ver que no respondía, giró hasta quedar boca abajo, en una posición en la que podía verlo de frente.

– No tienes que decirme si no quieres.

Gastón la miró durante unos segundos. Sonrió y puso un cojín detrás de su cabeza para estar erguido.

– Digamos que cuando dos personas se conocen, es como si estuvieran juntas en un tren que se dirige a alguna parte. Yo no sé a dónde… eso es lo de menos. Lo que sucedió fue simple. Ella decidió bajarse del tren antes que terminara el viaje. Eso fue todo.

– ¿O sea que murió?

– Pues en lo que a mi concierne… sí.

– Ya veo. Es una de esas muertes.

– Exacto… una de esas muertes. No hay mejor manera de describirlo.

Se levantó de la cama y caminó hacia la silla. Tomó la licorera, la cajetilla de cigarros, los cerillos de Amanda y un cenicero. Se puso la ropa interior y volvió a recostarse en la cama. Encendió un cigarro y le ofreció otro a Amanda. Ella lo aceptó.

– Es curioso lo que sucede – dijo Gastón. – Cuando era más joven, creía merecerlo todo. Pensaba que haría algo grande con mi vida. Qué lograría ser importante. Supongo que tú y yo nos parecemos también en eso. Ambos cometimos el mismo error.

– No es ningún error. Se llama inmadurez, y se cura con la edad. Con la edad y con el fracaso.

– Toda mi vida he tenido miedo.

– ¿A qué?

– A eso… al fracaso.

– Todos le tenemos miedo. Hasta que llega.

– ¿Desde hace cuánto tiempo vives en Oaxaca?

– Llevo unos años. Vivo en este hotel. En una de las habitaciones del primer piso.

– ¿Por qué no me llevaste ahí?

– No lo tomes a mal. Pero nunca cago donde como.

– Nunca cago donde como – repitió para sí mismo Gastón. – Es un buen lema.

– Tan bueno como cualquier otro.

– Eres una mujer inteligente, Amanda. ¿Nunca pensaste en estudiar?

– Nunca necesité aprender nada, ni ser inteligente. Coger era suficiente para agradarles a todos los hombres. No se me ocurrió que algún día dejaría de ser atractiva.

– Para mí, aun lo eres.

– Sé que estás mintiendo, pero aun así lo agradezco. Hace mucho que no conocía a un hombre como tú.

– ¿Cómo yo?

– Sí. Guapo, exitoso.

– No soy así. Una cosa es lo que ves y otra cosa es lo que es. La verdad es que soy un maldito fracasado. Te darías cuenta de eso si me conocieras.

Gastón le dio un sorbo a su licorera. El sol comenzaba a despuntar en el horizonte. En lo alto de las montañas.

– Me gustaría convivir contigo y comprobarlo – dijo Amanda.

– Vente conmigo.

– ¿A dónde?

– No lo sé. A cualquier lugar. ¿Qué dices?

– ¿Es en serio lo que estás diciendo?

– Por supuesto que sí.

Una hora después, Amanda estaba sentada en el asiento de copiloto del Jaguar negro. El automóvil salió del estacionamiento y la luz del día hizo brillar los asientos de piel. Tomaron Periférico y se dirigieron hacia Símbolos Patrios. A Gastón se le había ocurrido ir a la playa. Amanda lo veía conducir. Con sus lentes de sol y la expresión impasible.

La gente caminaba por la calle. Pensaban en las máquinas de ejercicios que comprarían para verse atléticos y felices como los actores de la televisión. La brisa entraba por la ventana abierta del Jaguar.

– Ya verán esos malditos… ya verán – susurró Gastón.

Amanda lo escuchó, pero no dijo nada. Sabía a quienes se refería. Antes de que el automóvil tomara la curva hacia Símbolos Patrios, miró por el retrovisor. La Central de Abastos se perdía a la distancia. Se acomodó en el asiento y trató de dormir un poco. Su suerte por fin empezaba a cambiar.

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One Response to GOLPE DE SUERTE

  1. Gimena dice:

    Muy original, me gustó! Sigue así artista ✌

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