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JAQUE

Abr 17 • PLEXUS • 402 Views • No hay comentarios en JAQUE

Era el trece de noviembre del dos mil doce cuando recibí la llamada de Alfonso Grajales. Estaba recostado en la cama bebiendo un jugo de verduras y viendo “Blade Runner”. La escena final. Un Rutger Hauer moribundo y melancólico, recitaba uno de los mejores diálogos de la historia del cine: “He visto cosas que ustedes no creerían. Naves de combate en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhaüser… todos esos… momentos… se perderán en el tiempo… como lágrimas en la lluvia…. es hora de morir”. Un Harrison Ford ensangrentado escuchaba aquellas palabras finales, con la mirada cansada de quien ya ha visto demasiado. Una paloma blanca emprendía el vuelo a través de la espesa lluvia y las luces de neón de aquel tejado sombrío de un futuro distante.

Miré la pantalla del celular y leí el nombre de mi amigo. Me extrañó la llamada. No había vuelto a saber nada de él desde julio, cuando lo aceptaron para que revalidara sus estudios en la UNAM. Contesté.

– Alfonso, ¿Qué cuentas hermano? – le dije.

– ¿Qué dices, Memo? Pues nada, aquí en el D.F. Adaptándome al estilo de vida capitalino. Ahí la llevamos, ¿Y tú, cómo vas en la UABJO? ¿Aún se acuerdan de mí los amigos?

– Sí, claro. Blanca habla de ti todo el tiempo.

– Me he seguido comunicando con ella. Quiero tener a dónde llegar cuando vaya.

– ¿Y qué más cuentas? – sabía que no llamaba sólo para escuchar mi voz.

– Memito, llamaba para decirte que voy a andar por Oaxaca este fin de semana. Ya le avisé a Horacio. ¿Qué te parece si nos vemos el sábado a las ocho de la noche en el billar de la colonia Reforma?

Hice memoria. No tenía ningún plan. Mariana aprovecharía el fin de semana para ir a Tuxtepec y ver a su familia.

– Me parece bien, cuenta conmigo. Ahí nos vemos el sábado.

– Hecho. Tengo varias cosas que contarte, pero ya te las diré cuando nos veamos. Estas llamadas de larga distancia salen carísimas.

– Sí…– colgó. No alcancé a decir más. Puse el teléfono sobre el buró. Me recosté en la cama y me quedé dormido.

Desperté un rato después. Se escuchaba el ruido de la regadera. Seguramente Mariana vino a verme, no me quiso despertar y aprovechó para darse una ducha. Pensé en entrar de sorpresa para acompañarla, pero estaba demasiado cansado para eso.

Me levanté y salí al balcón de la habitación. A lo lejos se veía el letrero de Office Depot. También la calle de López Alavéz. Empedrada y recién remodelada. En la carretera pasaban automóviles que se dirigían hacia el Cerro del Fortín. Vi a un niño que paseaba a su perro labrador.

Vivía en el barrio de Xochimilco, que está entre la Colonia Reforma y las faldas del Cerro del Fortín. Era una buena zona. Cruzabas la carretera y ya estabas en el Centro. Todo quedaba cerca. Eran casi las seis de la tarde del jueves. El cielo estaba gris por las nubes. Se escuchaba el ruido de las hojas de los árboles agitándose con la brisa. Enfermeros y doctores del Seguro Social salían de comer de las cocinas económicas. Normalmente iba a estudiar en las tardes, pero ese día no hubo clases. Uno de los sindicatos de la universidad había inventado una excusa para no trabajar y cerró Ciudad Universitaria.

Estudiaba en la Facultad de Derecho. Alfonso había sido mi mejor amigo durante los primeros dos años de la carrera, antes de que se fuera a vivir al Distrito Federal. Él, Horacio y yo siempre estábamos juntos. En realidad nunca fui muy amigo de Horacio. Si me llevaba con él era porque a ambos nos unía la amistad con Alfonso. A decir verdad, Horacio y yo no nos habíamos hablado mucho desde que Alfonso se fue. A mí me gustaba estudiar y él se pasaba todo el día jugando billar y bebiendo cerveza.

Alfonso tenía veintidós. Éramos de la misma edad. Había nacido en Oaxaca de Juárez. Era un tipo bien parecido. De complexión delgada, cabello castaño y un poco más alto que yo. Lo conocí en la clase del maestro Álvaro de la Rosa. Horacio y él habían sido amigos desde la preparatoria. Esa es la razón por la que Horacio había entrado a tomar clases con el maestro Álvaro. Recuerdo que me fijé por primera vez en Alfonso, cuando un día, el maestro preguntó algo acerca de una película de Ripstein. Creo que era “El lugar sin límites”. Alfonso le contestó. Yo también soy cinéfilo. Me llamó la atención. Me acerqué a platicar con él después de aquella clase. Nos quedamos un buen rato hablando acerca de Luis Buñuel y su etapa con Salvador Dalí. Ese día aprendí que la escena del ojo cercenado había sido real. Sólo que en lugar de un ojo humano, habían cercenado el ojo de una vaca muerta. Nos hicimos buenos amigos. Solíamos ir en las tardes al Pochote para ver las películas que proyectaban. Horacio iba también, pero sólo porque no tenía nada más que hacer. A menudo comentaba cosas como: “Que película tan marica”, o “¿Qué mierda significa eso?” Era un maldito ignorante, de esos que ni siquiera tienen interés por cultivarse. A veces me molestaba esa actitud mediocre, pero no decía nada.

Ahora que lo pienso, nunca llegué a conocer muy bien a Horacio. Había nacido en algún pueblo de la Costa y desde la secundaria llegó a vivir a Oaxaca con su familia. Era moreno, ancho de espaldas y el más alto de los tres. Parecía uno de esos esclavos que aparecen en las películas de gladiadores. No hablaba mucho cuando estaba sobrio. Sólo las estupideces que ya mencioné. A veces íbamos a jugar billar y a tomar algunas cervezas después de clases, en un bar que estaba cerca de la Facultad de Derecho. Horacio se ponía borracho y entonces sí que hablaba. Decía idioteces acerca de mujeres a las que (según él) se había cogido. Tipos peligrosos a los que había mandado al hospital por “mirarlo de la manera incorrecta”. Ese término utilizaba. Alfonso lo controlaba diciéndole que se estuviera en paz. Se lo decía en tono cordial. Eso parecía detener los impulsos de Horacio.

Alfonso había decidido un buen día que terminaría su carrera en la UNAM. Después de un engorroso trámite y algunos viajes a la Ciudad de México para hacer los exámenes de revalidación, fue aceptado. Terminaría sus últimos tres años de carrera allá. Me alegre por él. Aun recordaba su último día en Oaxaca.

Lo llevé al ADO. Horacio también fue. Llevaba sus maletas y una gorra de los Pumas. Lo vimos subir al autobús y desde entonces no supe nada de él. Hasta esa llamada que acababa de contestar hacía un momento.

Desde el día en que Alfonso se fue, dejé de llevarme con Horacio. Sin él, éramos dos extraños. No teníamos nada de qué hablar. Ahora sólo lo saludaba de vez en cuando, cuando me lo encontraba en los pasillos de la Facultad o en alguna fiesta. Él tenía sus amigos y yo los míos. Intercambiábamos dos o tres comentarios banales y después alguno de los dos inventaba una excusa para despedirse. A eso se limitaba nuestra convivencia.

Me alegraba el hecho de volver a ver a mi amigo. Aunque también sentía algo de desconfianza. Tal vez había cambiado mucho y las cosas no serían como antes.

Mis padres se habían regresado a Guanajuato desde hacía un año y medio. Mi hermano menor estudiaba la preparatoria en Puebla, vivía allá con unos tíos. Me había quedado sólo en Oaxaca. No me fui porque ya había comenzado la carrera y no quise volverla a empezar.

Vivía solo en la casa donde antes había vivido toda la familia. Utilizaba la habitación principal, que estaba en el segundo piso. Los otros dos cuartos de la primera planta estaban vacíos. Rara vez los visitaba alguien.

Terminé de fumar aquel cigarro y lo arrojé por el balcón. Pude ver que caía lentamente, como si se meciera con la brisa. El brillo anaranjado del tabaco quemado seguía encendido cuando cayó al suelo. Lo contemplé un momento, después entré.

Mariana salió del baño con mi playera del León. Tenía el cabello húmedo. Desprendía ese aroma fresco de quien se acaba de bañar. Olía a perfume y crema. Sus ojos estaban enrojecidos y los dedos de las manos arrugados, ambas cosas por el agua. A través de la playera verde de los esmeraldas, resaltaban sus grandes senos. Esa era la mejor parte de su cuerpo. No llevaba sostén. Sentí un repentino deseo de tocarla. Me acerqué y lo hice mientras la besaba. Mi otra mano fue subiendo lentamente desde su rodilla hasta la entrepierna. La detuvo suavemente.

– Tranquilízate – me dijo mientras reía. Finalmente alejó mi brazo.

– Hoy no puedo quedarme, Memo. En serio que me encantaría, tú lo sabes, pero tengo que ir a ver a mi hermana. De seguro ni ha comido.

– Ya no vayas.

– Tengo que ir, mi mamá me encargó que la cuidara. Y tú la conoces, es tan irresponsable que si no voy y le pongo la comida en la mesa, simplemente no come. Sólo vine a saludarte y de paso, traerte algo para que tú también comas. Dejé unos tacos árabes en el microondas. Te vi dormido y aproveché para darme un baño. Espero que no te moleste que haya tomado tu playera.

– Para nada. Te queda mejor a ti… y te quedaría aún mejor si no la tuvieras puesta.

– Te prometo que mañana en la mañana me doy una vuelta y hacemos lo que quieras.

No insistí, estaba cansado y esa noche tendría partido de fútbol. Además, la redimía de sobra el hecho de que me hubiese comprado tacos árabes. Me sentí afortunado de tener a alguien como ella en mi vida.

Tomó su ropa, que estaba sobre una silla, entró al baño y salió vestida. Colocó mi playera encima de la cama. Se acercó, me besó una vez más y salió de la habitación. Escuché como abría la puerta de la casa y salía a la calle.

Mariana estudiaba Contaduría en la UABJO. La había conocido hacía un año y medio en una fiesta de su facultad. Me gustó desde el primer momento en que la vi. Tomando una cerveza mientras platicaba con sus amigas. Era de Tuxtepec y desde hacía tres años vivía en Oaxaca. Su hermana menor llegó en julio a vivir con ella. Estudiaba criminalística o algo así, en alguna de las tantas universidades privadas recién creadas de Oaxaca.

Mariana solía pasar casi todo el tiempo conmigo. Pero desde que la hermana irresponsable llegó, debía ir constantemente a su departamento para revisar que todo estuviera en orden. Vivía en la calle de Genaro V. Vázquez. Cerca de mi casa. Ella tampoco había tenido clases aquel día debido al paro.

Bajé a la cocina. Saqué los tacos árabes del microondas y una Dr. Pepper de la nevera. Encendí la pequeña televisión que estaba encima de la despensa.

Sólo transmitía los canales nacionales. Telebasura todo el día. En ese momento estaban pasando un programa acerca de los problemas de la gente pobre de las colonias marginales de México. Citaban a toda la familia, los sentaban en sillas uno frente al otro y discutían acerca de estupideces mientras una conductora vulgar los juzgaba con severidad, recordándoles constantemente que eran personas corrientes y sin educación… y que realmente no se podía hacer nada para ayudarlos. Dejaron que la gente del público hablara con los miembros de la familia y una gorda tomó el micrófono y empezó a dar un sermón acerca de la importancia de cuidar a los hijos y “desempeñar el papel que la sociedad nos había asignado”. Sentí ganas de vomitar y cambié de canal. Pero en todos pasaban porquerías parecidas. Apagué el televisor.

Subí a mi habitación y me fijé en el reloj. Eran las siete de la noche. A las ocho y media empezaba el partido de fútbol. Me vestí con calma y al cuarto para las ocho salí de mi casa.

Manejé por López Alavez y tomé Niños Héroes hasta Tinoco y Palacios. La seguí hasta Murguía. Las calles del centro estaban despejadas por la hora. Tomé Avenida Juárez hasta Periférico. En el Chedraui viré a la derecha hasta llegar a Avenida Universidad. Una pareja se besaba en la entrada de las canchas de Ciudad Universitaria. El estacionamiento de Fábricas de Francia estaba iluminado por los postes de luz de la calle. Tomé el retorno frente a Plaza V y entré hacia la parte de atrás. A lo lejos se distinguían los faroles que alumbraban la cancha de fútbol siete. Eran las ocho con veinte. Había oscurecido y el cielo estaba estrellado. La luna se escondía detrás de las nubes.

En la banca, ya estaba casi todo el equipo terminando de cambiarse. El árbitro discutía algo con los capitanes. Ricardo Rubio, el defensa central y además mi compañero de la Universidad, me saludó con la mano. En total habíamos llegado ocho, suficientes para no perder el juego por default.

Estaba el “Tamales”, un taxista panzón de cuarenta años que nunca admitía sus errores en el campo y le encantaba juzgar a los demás, culpándolos de todo. Brito, que se creía el mejor del equipo y a menudo decía que iba a empezar a cobrar por jugar con nosotros. Carrillo, que estaba loco y aprovechaba cualquier falta para armarle pleito al equipo contrario y otros más que tenían actitudes por el estilo.

Antes de que empezara el partido, vimos que a lo lejos venía corriendo Contreras, el extremo izquierdo del equipo. Era alcohólico y a menudo se peleaba en las cantinas. Traía el ojo morado.

– ¿Qué madres te pasó? – le preguntó Carrillo mientras se reía de su ojo.

– Nada… me caí de la motocicleta – pensaba que éramos estúpidos y no nos dábamos de su problema con la bebida y de su propensión a meterse en peleas que nunca ganaba.

Se sentó junto a mí en la banca. Apestaba a mezcal.

– Ahora sí vamos con todo, ¿eh Memito? – me dijo mientras se ponía las medias.

– Esa es la idea.

El fútbol siete se había convertido en una de mis actividades favoritas en los últimos años. Lo empecé a practicar cuando entendí que jamás sería profesional. Era como el fútbol normal, sólo que la cancha era más pequeña (ideal para fumadores como yo), y en lugar de once jugadores, eran siete los que jugaban (de ahí el nombre). Era entretenido. Te inscribías en la liga. Pagabas los arbitrajes. Y al final le daban un trofeo al equipo ganador. Todo tipo de gente metía equipos. Taxistas, camioneros, empleados de gobierno y en general cualquiera que supiera patear un balón.

Me fijé en el equipo rival. Parecían ser empleados de alguna oficina de gobierno. No se veían talentosos. Se veían viejos. Me alegré. Ya llevábamos tres partidos consecutivos perdiendo y aquella parecía ser la oportunidad para ganar por fin un maldito juego.

El capitán del equipo era Óscar Ortiz, un viejo amigo de la secundaria que un día me invitó a jugar. En aquel primer partido metí tres goles y ganamos seis a cero. Desde entonces no había dejado de ir cada semana. Alfonso y Horacio solían jugar en el equipo. Ahora sólo quedábamos tres miembros (Óscar, Ricardo y yo) menores de treinta años. Los demás integrantes se habían unido de maneras muy circunstanciales y desde entonces portaban la camiseta de “Apoala F.C.”, nombre que se le había ocurrido a Óscar después de un viaje a ese pueblo en su adolescencia, en el cual le hizo el amor por primera vez a una mujer.

Entramos a la cancha. Yo era carrilero derecho. Mi tarea consistía en abrir espacios por la banda y distribuir el balón al medio ofensivo y a los delanteros. Sin embargo, el fútbol siete es confuso por el tamaño de la cancha y no es raro que te encuentres a ti mismo olvidando la teoría del fútbol y simplemente tirando a gol cada vez que puedes y pateando al rival cada vez que te enseña la pierna.

Era común que se armaran peleas durante el juego. La realidad es que todos nosotros fingíamos ser profesionales, pero no lo éramos. Muchos fumábamos. Muchos nunca habían jugado en un equipo decente. Muchos simplemente se inscribían para desquitar sus frustraciones y poder patear a otro sin más consecuencias que una tarjeta amarilla o roja. Muchos iban porque aquella cancha era quizás el único lugar donde sentirían, al menos por una vez, y al menos por un instante, el dulce sabor de la victoria. Esos tres puntos que les hacían pensar que existía un lugar en el cual podían ser el hombre triunfador que siempre quisieron y nunca pudieron ser. Esa cancha de pasto sintético era el lugar donde podían disfrutar de una victoria marginal, que durante un segundo, parecía borrar toda una vida llena de fracasos. Esa era la razón por la que todos se tomaban el resultado tan en serio.

El árbitro pitó y el juego comenzó. Todos daban lo mejor de sí al inicio del partido. La mayoría de los goles que se anotarían iban a caer en los primeros diez minutos. Era natural. Las piernas empezarían a temblar. El aliento comenzaría a faltar. No éramos deportistas profesionales. Nuestro talento duraba poco tiempo. Lo sabíamos, por eso debíamos empezar ganando.

Un tipo moreno y alto del otro equipo conducía el balón con rapidez hacia la portería. Ricardo adivinó el movimiento y le sacó la pelota con una estupenda barrida. Lo despejó y le cayó a Contreras, quien quedó solo contra el portero, pero la cruda y el ojo morado hicieron que fallara.

– Pinche Contreras. Métela… ¡Métela cabrón! – le gritó el “Tamales” desde la banda. Supe que lo iba a molestar todo el juego por ese error. Contreras también lo supo. Miró hacia el césped y se preparó para ser el culpable de todo en la discusión de medio tiempo.

Terminó el primer lapso y nos iban ganando tres a cero. El “Tamales” cometió varios errores, por eso no se quejaba mucho. Todos nos mirábamos con odio y estábamos encabronados.

– No mames pinche “Tamales”, la estás cagando pero sabroso – le dijo Brito cuando estábamos haciendo la rutinaria plática de medio tiempo en la banca.

– Ese pendejo de Contreras, que la falló cuando lo dejaron sólo – respondió el “Tamales”. Vi a Contreras y su cara de frustración. Él sabía que en algún momento se lo iban a reprochar.

– Ya, perdón – se limitó a decir.

– Ya perdón mis huevos – le dijo Carrillo.

– Estense en paz carajo. No vamos a ganar nada decidiendo quien la cagó más – les dijo Óscar, que ponía orden. En el fondo sabía que era el capitán. Además era el único que todos habían conocido antes de entrar al equipo. Eso lo investía con una cierta autoridad.

Empezó el segundo tiempo. Poco a poco fuimos encontrando un buen nivel. El “Tamales” y Carrillo se cansaron de molestar a los demás y empezaron a jugar. Formamos buenas asociaciones con el balón. Metimos dos goles y faltaban cinco minutos para que terminara el partido. Algunas personas que se aburrían con el juego de la otra cancha, se acercaban a vernos jugar.

Uno del otro equipo que había estado picando a Carrillo todo el juego, conducía el balón en media cancha. Él se acercó para quitárselo y le hizo un túnel. Carrillo se encabronó y lo pateó descaradamente. El tipo se quedó tirado en el suelo y todos los del equipo contrario se pusieron como locos y se acercaron a Carrillo con la intención de romperle la madre. El árbitro expulsó a mi compañero y se desentendió del pleito. La cosa no pasó de algunos empujones, pero lo que en realidad nos preocupaba era que el tiempo seguía corriendo. A cada instante que pasaba estaba más cerca nuestra derrota. Por fin dejaron de pelearse, Carrillo se fue de la cancha y el juego continuó. Cobraron la falta y Ricardo recuperó el balón. Hizo una pared con Brito y metieron un golazo. El juego estaba empatado. Pero eso de nada nos servía. Debíamos ganar si queríamos seguir en la competencia por el título. Lo sabíamos, por eso Ricardo tomó el balón cuando metió el gol y se lo llevó corriendo hasta la media cancha para que no se perdiera más tiempo.

El juego se reanudó, quedaba un minuto. El mismo tipo moreno y alto del primer tiempo conducía la pelota. Óscar me gritó que corriera a quitársela. Así lo hice. Me acerqué y tuve la suerte de que justo cuando estaba a medio metro de distancia, se resbaló y dejó el balón suelto. Lo tomé. Estaba en media cancha. Quedaban pocos segundos. Un tipo de barba canosa se barrió para neutralizarme, pero me lo quité de encima. Supe que el partido se acabaría en cualquier momento. El árbitro se acercaba el silbato a la boca. Vi un pequeñísimo ángulo de tiro y me animé. Tiré un riflazo desde media cancha y vi como el balón volaba en cámara lenta hacia la portería. El portero creyó que iba para afuera, así que sólo se tendió para que pareciera que se había esforzado por pararla, pero la bola hizo una curva extraña, quizás provocada por la brisa. Reventó contra el poste y se metió justo en el ángulo. El árbitro hizo sonar el silbato y el juego terminó. Habíamos ganado después de tres semanas de fracaso.

Carrillo empezó a mover la reja violentamente desde afuera de la cancha. Me levantaron en brazos y dieron una vuelta por la cancha. Mientras me llevaban, pude distinguir a un hombre misterioso que nos contemplaba fijamente desde la tribuna. Traía una chamarra negra con capucha. Se percató de que lo miraba y se fue. Cojeaba. Aun cuando no pude ver bien su cara me pareció que lo conocía de algún lugar. Hice memoria, pero no pude recordarlo. No le di más importancia.

Me bajaron después de la vuelta triunfal. El otro equipo salía decepcionado de la cancha. Fuimos a la banca. Platicamos un buen rato acerca de todo lo que había sucedido en el partido. Nadie se reprochó nada. Cuando nos despedimos, todos me daban palmadas en el hombro y me felicitaban. Estaban contentos. Una buena victoria se había conseguido aquel día. Un gol que significaba algo en un mundo donde todo lo demás no significaba nada.

El viernes fue un buen día. Mariana llegó a mi casa en la mañana. Me trajo algo para desayunar y cumplió su promesa del día anterior. En la tarde fui a la escuela y por la noche ella salió para Tuxtepec.

Al día siguiente, llegué a las ocho de la noche en punto al billar de la colonia Reforma. Estaba entre Heroica Escuela Naval y Dalias.

Horacio y Alfonso aún no habían llegado. Don José, el dueño del billar, jugaba ajedrez con un amigo suyo. Acerqué una silla.

– ¿Qué dices Memito? Ahora si te has desaparecido. Hace un buen rato que no te veíamos por acá – preguntó sin perder de vista el tablero.

– Ya ve don José, la escuela y esas cosas.

– Jaque – dijo de repente el viejo contra el que estaba jugando.

– ¿Cuál jaque tío? O eres el mejor jugador de la historia, o no tienes ni puta idea de lo que estás diciendo – don José se tomaba las partidas muy en serio.

– Ahh… sí es cierto. Olvídalo – el anciano debía tener unos ochenta años. Utilizaba anteojos y tenía la mirada cansada.

– Bueno, me toca.

– ¿De qué hablas viejo? Acabas de mover tu caballo y te inventaste un jaque.

– Correcto, dispensa la confusión.

Don José movió el alfil y puso en jaque a su tío.

– Jaque… ahora sí.

– Es lo malo de los viejos – esta vez me lo decía a mí. – Se distraen y olvidan lo que están jugando.

El viejo no escuchaba cuando no le hablaban directamente. O al menos fingía no escuchar. Miraba con atención el tablero y mientras don José me hablaba, pude ver que de una manera muy sutil, cambiaba de lugar varias piezas. Se dio cuenta de que lo veía y me guiñó el ojo. Don José volvió a poner atención en el juego y el anciano protegió a su rey con el alfil.

– Sabía que ibas a hacer eso – don José no se dio cuenta de la trampa del viejo. Colocó a su reina en un lugar que amenazaba a la defensa de su contrincante.

El viejo, con toda calma, hizo un movimiento con la torre. Yo lo detecté al instante, pero don José empezó a planear su próximo movimiento sin percatarse. Iba a mover su caballo, cuando su tío lo detuvo.

– Mate – exclamó el anciano con una sonrisa de oreja a oreja que dejaba ver su dentadura desgastada.

– Estás loco tío. Ya deja de andar inventando cosas.

Don José miró la mesa una y otra vez, como quien no puede creer lo que le están diciendo. Le tomó un rato darse cuenta de que acababa de perder la partida.

– Me lleva la chingada. Siempre me hace eso. Justo cuando pienso que ya lo tengo, se saca una de esas jugadas de la manga y me gana en un movimiento ¿Cómo chingados le haces tío?

– Mejor para ti no saber – le contestó el anciano mientras don José le entregaba un billete de doscientos pesos.

– Jugamos otro, ¿o te abres? – dijo el viejo mientras se guardaba el dinero recién ganado en la cartera.

– Yo nunca me abro. Pero doble o nada, ¿qué dices, tú te abres?

– Eso quisieras. Le entro… doble o nada.

Volvieron a acomodar las piezas. Me pregunté si don José se daría cuenta algún día de lo que le hacia su tío. Escuché pasos en la entrada. Eran Horacio y Alfonso.

Nos saludamos. Alfonso se veía distinto. Utilizaba una chamarra de la UNAM y llevaba una barba de candado que lo hacía ver mayor.

Saludaron a Don José. Pedimos una mesa.

– Yo les pago la primera hora de juego y una ronda de cervezas – dijo el viejo mientras ponía sobre la mesa el billete de doscientos que acababa de ganar.

– ¿Y eso, a honras de qué? – le preguntó don José.

– Me cayeron bien. Además ese de ahí sabe de qué va la cosa – dijo señalándome.

– Lo que digas viejo – don José nos dio el triángulo y las tizas.

Jugamos “bola ocho”. Es lo que más se juega en Oaxaca. Don José nos trajo una “Indio” a cada uno. Cortesía del anciano tramposo.

– Se me hace que le gustaste al viejo – dijo Horacio mientras acomodaba las bolas.

– No es eso – les platiqué lo que acababa de suceder y se rieron.

“Bola ocho” es una de las modalidades del billar. El juego consiste en meter todas las bolas rayadas o todas las lisas, utilizando una bola de tiro que es la blanca. Después de que uno de los jugadores ha metido todas las que tiene asignadas, debe embolsar la negra, indicando previamente en cuál de los amortiguadores lo hará, esa es una manera de ganar. Si uno de los jugadores embolsa la negra antes de terminar con las que tiene asignadas, pierde el juego. Esa es la otra manera de ganar.

Alfonso abrió con un violento golpe que dispersó la cocina. Las bolas rebotaron en todas direcciones, pero ninguna entró.

– Carajo… tu turno – exclamó mientras le pasaba el taco a Horacio.

Horacio lo frotó con la tiza y se inclinó frente a la mesa. Siempre fruncía el ceño y le daba varios impulsos al taco antes de tirar.

– Ya tira pues – lo presionó Alfonso.

Me senté en una silla que estaba en una de las esquinas de la mesa y le di un sorbo a mi cerveza. Estaba helada. Sentí el líquido gaseoso que entraba por mi garganta. Eructé.

– ¿Y qué dice el Distrito Federal, que hay de nuevo por allá? – le pregunté a Alfonso.

– A todo dar. El primer día de clases, pensé que una buena forma de hacer amigos sería llevando mi playera del 132. Varios se me acercaron y me dijeron que también eran parte del movimiento. Así es como empecé a socializar en la UNAM.

– ¿Para qué te metes en esas mamadas? – le dijo Horacio. – Ya les ganamos, deberían dejar de andar de revoltosos.

– Tú no ganaste ni madres – le contestó Alfonso. – El hecho de que hayas estado en los cruceros repartiendo volantes del ignorante ese, no te hace ganador, ¿Qué te han dado esos cabrones a cambio de tu esfuerzo?

– Eso no es culpa del partido – contestó Horacio. – Es culpa de los líderes estatales. Llegará un día en que los jóvenes logremos rescatar los valores de nuestro partido. Para eso estamos trabajando.

– ¿Y qué propondrías para rescatar esos grandes valores de los que hablas? – Alfonso sabía que Horacio era ignorante y no tenía respuesta para esa pregunta.

– Pues ya sabes – le contestó Horacio mientras metía la bola verde. – Lo básico. Que nos den más lugares a los jóvenes. Además, yo confío en mi líder Artemio Camacho. Ese güey es a toda madre y nos va a dar hueso cuando quede.

– Bueno, ya dejen la política en paz. Quiero pasármela bien – les dije mientras daba el último trago a mi cerveza.

Alfonso encendió un cigarro y manteniéndolo en la boca, se inclinó para hacer su tiro.

– ¿Y qué dice ese viejo cabrón del maestro Domingo, sigue vivo?

– Sí, ahí anda. Ese día lo vi con Blanca – le contesté.

– Sí, ya me platicó que ese maldito ruco le anda tirando el perro. No creo que le haga caso – se levantó y colocó el taco detrás de su cuello. – Aunque la verdad, no me importaría si lo hiciera. Es su problema al fin y al cabo.

– Bien que estás celoso –se burló Horacio.

– Ni madres. Hay mil viejas mejores en el D.F. y son mucho más buena onda. Aquí en Oaxaca, nada más porque no están tan feas como las demás, ya se sienten supermodelos. Allá es distinto. Ya verán cuando vayan. Les voy a presentar a unas amigas de la Facultad que están buenísimas y son a todo dar.

– Te voy a tomar la palabra – dijo Horacio.

– Ya sabes que sí cabrón. Puedes ir cuando quieras. Hasta te puedes quedar en mi departamento. Tú también Memo.

– Gracias – le dije mientras apagaba el cigarro en uno de los ceniceros que había en una de las esquinas de la mesa de billar.

– ¿Y qué dice el maestro Álvaro? – preguntó Alfonso.

– Sigue igual de loco – le contestó Horacio.

– No seas cabrón. Se le murieron sus hijos, eso no es cualquier cosa. Supongo que yo también estaría medio loco si me sucediera eso. Voy a pasar a verlo en estos días. Siempre me cayó bien.

– Bien por ti – le respondió Horacio mientras metía dos bolas de un solo golpe. Falló el siguiente tiro.

Alfonso tomó el taco. Estaba tirando a las rayadas. Quedaban cuatro en la mesa. Las empezó a embolsar una a una.

– Soy el maldito buscavidas. Ni Paul Newman se avienta estos tiros tan cabrones – ya sólo quedaba la bola negra. – Va para la esquina – dijo mientras daba el último golpe con su taco y la bola negra se embolsaba en la tronera que había cantado. – Ahí está cabrón. Así se gana esta madre – le dijo a Horacio.

A las nueve y media, don José se acercó a la mesa y nos dijo que ya iba a cerrar. Guardamos las bolas y pusimos los tacos en el puente. El viejo que nos había pagado el juego ya no estaba cuando salimos.

A Horacio se le ocurrió que fuéramos a un putero. Yo no tenía muchas ganas de ir y Alfonso tampoco, pero insistió tanto que acabamos aceptando. Nos fuimos en mi carro. Tomé Colegio Militar hasta el crucero de Cinco Señores. Una vez ahí viré a la izquierda. El lugar al que Horacio quería ir estaba sobre la avenida Ferrocarril, más o menos a la altura de las Canteras. Era un putero de cuarta. Ideal para nosotros, que no llevábamos mucho dinero.

Nos estacionamos frente a la entrada principal. El portero era un hombre chaparro y moreno con cara de maleante, estaba sentado en una silla de plástico en la entrada. Llevaba un reloj italiano en la muñeca.

– ¿Qué pasó pinche Elías? – le dijo Horacio cuando bajó.

El tipo no pareció recordarlo. Lo examinó con sus pequeños ojos de rata y asintió con la cabeza cuando se acordó de él.

– Horacio, ¿qué pasó cabroncito? No te veía desde que venías con Artemio Camacho en las elecciones – se levantó de la silla y le estrechó la mano. – ¿Qué onda, qué te dieron ahora que ganó tu candidato?

– Todavía nada. Apenas se están abriendo los puestos.

– Eso de la política es pura mamada. Por mí que se vayan a la chingada todos esos cabrones del gobierno.

Nos revisó a los tres. Una puta había sido acuchillada hacía poco en otro tugurio cercano y desde entonces la revisión se había convertido en una rutina necesaria.

– Están limpios cabrones, pásenle que hoy tenemos buena mercancía – le dio un par de golpes a la puerta. El guardia nos abrió.

El lugar era como cualquier otro tugurio de Oaxaca. Se sentía el aroma a alcohol, humo y sexo. Nos sentamos frente a la pista de baile y pedimos una cubeta de cervezas.

Horacio la pagó. El mesero le entregó un papel que podría canjear por su raspado.

– Creo que lo voy a pedir con esa de tanga azul. Está bien buena – dijo mientras le daba un trago a su cerveza.

El raspado consistía en que cualquiera de las mujeres te bailaba por todo el tiempo que durara una canción. En las películas se entiende que debes poner las manos detrás de la cintura mientras la puta te baila. Pero Oaxaca no es Hollywood. Puedes manosearla tanto como se deje.

– Ahora les presentamos a una chava que está buenísima. Como para llevársela al privado. Rubí a la pista – exclamó una voz de hombre desde las bocinas.

Una mujer delgada y morena subió a la pista. Los clientes le silbaban y aplaudían. Bailó una canción de cumbia y se columpió en el tubo que estaba colocado al centro del escenario.

– Ahora viene con su desnudo – la voz de la bocina volvió a hablar. Empezó a escucharse una canción de Juan Gabriel y Rubí se fue quitando poco a poco toda la ropa. Los clientes le pedían que les arrojara la tanga e intentaban manosearla desde las mesas cercanas a la pista. Estaba guapa. Pensé que más tarde la mandaría a llamar para que se sentara un rato conmigo.

Así siguieron pasando las cubetas de cerveza y las mujeres en la pista. Ya eran las doce y los tres estábamos borrachos. Llamé al mesero.

– Tráeme a una vieja – le dije.

– ¿Cuál?

– Una que este bien buenota.

Empezaba a sentir el efecto del alcohol. Tenía el estómago inflamado y las cosas iban más lento que de costumbre. Ya no me importaba mucho lo que decía.

El mesero me adivinó el pensamiento. Regresó a la mesa acompañado de Rubí. Le entregué mi vale para raspado y empezó a bailar. Horacio se estaba quedando dormido y Alfonso intentaba encender un cigarro que se había mojado con cerveza. Terminó la canción y Rubí se sentó en mis piernas.

– ¿Cómo te llamas? – me preguntó.

– Benito – le contesté. – ¿Y tú?

– Rubí.

– Ya… pero tu verdadero nombre.

– Me llamo Esmeralda – usaba lentes de contacto verdes. Le quedaban bien, hacían una buena combinación con su piel morena y sus tetas grandes.

– ¿De dónde eres? – me preguntó.

– ¿Tienes padrote?

– No, ¿de dónde eres?

– Soy de San Pablo Guelatao. Me vine caminando a Oaxaca cuando mi tío descubrió que perdí una de sus ovejas.

– ¿En serio?

– Sí, de veras.

– Me alegré cuando le dijiste al mesero que me trajera. Me gustaste desde que te vi entrar.

– Tú también me gustaste desde que entré.

– ¿Me invitas una cerveza? – en el fondo, era lo único que le interesaba. Se había tardado en preguntarlo. Yo la comprendía. Era su trabajo.

– Sí, claro, ¿por qué no? – le pedí al mesero que trajera una cerveza para Esmeralda.

La trajo enseguida. Me costó ciento cincuenta pesos. Y es que no estaba comprando solamente la cerveza, compraba la compañía de Rubí. Así funcionaba el negocio. Por cada cerveza que le invitaba un cliente, la muchacha recibía una ficha que después podría canjear por dinero.

– Me gustan tus ojos – dijo.

– Gracias, a mí también me gustan – le respondí. Sonrió. Acercó su boca a la mía y nos besamos. Traté de no pensar en todos los lugares donde pudo haber estado su boca aquella noche. Mientras la besaba, pude distinguir una figura familiar en otra de las mesas. Aparté a Rubí y pude distinguir al mismo tipo misterioso que había visto el jueves en la cancha de fútbol siete. Se percató de que lo veía, trató de fingir que volteaba hacia otro lado. Llevaba la misma capucha negra de antes. Pensé en levantarme de la mesa y preguntarle por qué me seguía, pero ya estaba muy ebrio para eso. Lo vi salir cojeando del tugurio.

Sentí que una mano me tocaba la rodilla. Era Alfonso. Me acerqué para poder escucharlo a través de la música.

– Vámonos Memo, ya es tarde – la cabeza de Horacio descansaba en el respaldo de la mesa. Besé otra vez a Rubí y le dije que volvería la próxima semana. Se levantó y siguió trabajando.

Salimos del tugurio. Elías estaba sentado en la misma silla que antes.

– ¿Qué tal la noche? – nos preguntó cuándo vio a Horacio que apenas y se podía mantener en pie.

– A toda madre – le dijo Alfonso.

Subimos al carro y manejamos hacia mi casa. Tuvimos que arrastrar a Horacio hasta el cuarto de mi hermano. Fue como cargar uno de esos costales de comida para perro y estar borracho mientras lo haces. Lo acostamos en la cama y se quedó profundamente dormido.

Fuimos a la sala. Alfonso sacó una pequeña botella de whisky de uno de los bolsillos de su chamarra. Me pidió que trajera un par de vasos, agua mineral y hielos. Le dije que no tenía hielos así que lo tomamos con pura agua mineral. Me supo tibio, pero no estaba tan mal.

Alfonso sacó de otro bolsillo una cajetilla de Lucky Strike y me ofreció uno. Lo tomé. Él también encendió uno. Yo estaba acostumbrado a fumar Delicados, que son más fuertes. No sentía el golpe del tabaco al principio, pero después de tres fumadas, me fui acostumbrando.

– ¿Sabes por qué es Lucky Strike? – me preguntó Alfonso mientras contemplaba la cajetilla.

– Ni idea.

– Dicen que en la Segunda Guerra Mundial, la compañía metía un cigarrillo con una dosis de cannabis en cada cajetilla. Era una costumbre que los soldados se repartieran los cigarros. Entonces digamos que eran veinte soldados. A uno le iba tocar el que tenía mota. Ese iba a tener el golpe de suerte… el “lucky strike”.

– Tiene sentido.

– Sí, supongo que cuando estás en la guerra y tienes que ver cómo tus amigos mueren acribillados, un poco de maría es lo único que te mantiene cuerdo.

– ¿Y qué dicen las mujeres? – me preguntó. – ¿Cómo vas con eso?

– Todo bien. Sigo con Mariana.

– ¿Cuántos años tiene?

– Veintidós. Como nosotros.

– Ya veo.

– ¿Por qué, tiene algo de malo?

– No, nada.

– ¿Y tú?

– Pues hoy me quedé de ver con Blanca. Saliendo de aquí me voy para su departamento.

– A todo dar.

– Sí, además ya tengo una novia en el D.F.

– ¿Y qué tal?

– Bien… es mi maestra de Derecho Constitucional.

– ¿Cuántos años tiene?

– Los suficientes. La mujer alcanza la plenitud de su belleza después de los treinta. Deja de ser tan ingenua. Ahora que salgo con ella, no sé cómo pude tolerar a las chavitas de mi edad tanto tiempo. A veces, cuando me decían que debía regresarlas a su casa a tal hora, me sentía como si fuera su jodido papá. Además nunca tienen dinero.

– Mariana no es así.

– Ya lo sé Memo, no lo digo por ti. Es sólo que con una mujer de esa edad, uno se puede dar el lujo de platicar cosas interesantes y vivir muchas cosas que una chavita jamás entendería. Ahora lo veo. Me comprenderás cuando te suceda.

Nos quedamos toda la noche platicando de muchas cosas. Me sentía feliz de que existiera un amigo como Alfonso, a quien podía contarle lo que fuera con la certeza de que sabría escuchar. La luz iba cambiando. De un color oscuro a un azul celeste. Amanecía. Se escuchaba el canturreo de los pájaros.

– Ya amaneció, el tiempo vuela…. Me tengo que ir. Te voy a extrañar cabrón. No es lo mismo sin ti, ¿sabes? – me dijo Alfonso.

Lo acompañé a la puerta y nos abrazamos. Me besó en la mejilla antes de irse. No fue algo homosexual. Fue algo que significaba una buena amistad.

– Hasta pronto mi hermano. Me despides de Horacio – alcanzó a decir cuándo se iba.

Me despedí con la mano y volví a entrar. Estuve sentado en el sillón unos diez minutos. Escuché que alguien caminaba por el pasillo y entraba a la sala.

– ¿Qué pasó? ¿Cómo terminé aquí? – me preguntó Horacio. Tenía los ojos enrojecidos y el cabello revuelto. – Ahora si se me borró el cassette.

– No pasó nada malo. Tuvimos que arrastrarte desde el carro hasta la cama, pero de ahí en fuera, supongo que fue una buena noche.

– ¿Y Alfonso?

– Se acaba de ir.

– Ah.

Nos quedamos en silencio. No teníamos nada que decirnos. Fue incómodo. Miró su reloj.

– Bueno… ya son las seis y media de la mañana. Mejor me voy yendo.

Lo acompañé a la puerta y estuvimos un rato parados en la calle, viendo cómo terminaba de amanecer. Los parabrisas de los automóviles estaban empañados por el rocío matutino. Los primeros camiones del día recorrían la avenida Niños Héroes. Un globo volaba hacia el cielo y se perdía en la nada.

– Hoy es el catorce de noviembre del dos mil doce – dijo de repente.

– Correcto.

– Hoy es mi cumpleaños. Cumplo veintitrés.

– Hombre… pues… felicidades.

– Algún día mis fiestas serán como las de Artemio Camacho. Van a haber putas de a montones y todos van a querer que los invite. Ya lo verás Memo. Tú vas a ser invitado de honor.

– Gracias hermano.

Nos dimos un abrazo incómodo. Le di unas palmadas en el hombro y lo vi alejarse por la calle empedrada con las manos en los bolsillos y la mirada cabizbaja.

Volví a entrar a la casa. Mariana era una buena persona, pero era sólo una niña. A veces me aburría. Pasé meses enteros ignorando esa realidad. En aquel momento supe que lo mío con ella había terminado para siempre.

Vi el whisky a la mitad y me lo bebí de un trago. Sentí el violento sabor que me raspaba la garganta. Arrojé la botella vacía. Se reventó contra la pared. Me dejé caer en el sillón. Afuera las nubes se expandían. Comenzaban a caer las primeras gotas de una tormenta que se avecinaba desde el horizonte.

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