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La Ley de la Primera Noche

Feb 25 • PLEXUS • 515 Views • 1 comentario en La Ley de la Primera Noche

Era una de esas casas antiguas con muros gruesos y techos altos que uno se encuentra en San Felipe del Agua. El cielo estaba despejado. El sol dominaba el panorama y no se sentía brisa.

– El clima perfecto – pensé mientras nadaba en la alberca que mi esposa había mandado a construir hacía unos meses. Esa alberca que solamente yo utilizaba. – Nadie sabe para quién trabaja – le dije ese día… cuando la invité a nadar y se negó por enésima vez, argumentando que tenía trabajo o alguna otra cosa que ya se me había olvidado. Realmente no quería nadar con ella en esa ocasión. Había preguntado por compromiso.

Era mediodía y mis clases empezaban hasta las cuatro de la tarde. Aún me quedaban algunas horas para no hacer nada. A las tres llegaría Jimena, seguramente enojada. Se quejaría de que mi sueldo de maestro en la Facultad de Derecho era una miseria. Ya no me afectaban sus comentarios. Había aprendido a ignorarlos. Saldría de la casa a las tres con veinte y regresaría a las nueve o diez de la noche. Para esa hora, ella estaría ocupada terminando algún pendiente del trabajo y ni siquiera se percataría de mi presencia.

Sumergido en la alberca, escuchaba el sonido del agua y de las burbujas que salían de mi boca. Pensé en lo agradable que sería poder quedarme ahí todo el día, sin que nadie me molestara. Rodeado de esa paz que me mantenía lejos de todo y de todos… pero sabía en algún punto me quedaría sin aire y tendría que nadar hacia la superficie. En busca del oxígeno que lentamente inundaba mis pulmones, regresándome a la realidad de todos los días.

A las tres de la tarde llegó Jimena del trabajo. Yo estaba acostado en el sillón de la sala viendo un partido de fútbol, mientras bebía una cerveza y fumaba un Romeo y Julieta.

– ¿Estás cómodo Alvarito?

– Sí, mucho… gracias por preguntar mi amor.

– Ay que chistoso eres.

– Alguien tiene que ser el agradable aquí.

– Eres un idiota.

– Si lo soy es porque lo soy.

Me ignoró. Fue a la habitación a dejar sus cosas, después entró a la cocina. Estuvo ahí unos cinco minutos. Luego salió a la sala y se paró justo entre la televisión y yo.

– ¿Ahora qué? No me dejas ver el partido.

– ¿De veras es tan difícil limpiar los platos después de…

– Ya entendí. Te prometo que no vuelve a pasar…

– No, déjame terminar… ¿De veras es tan difícil que limpies los platos después de usarlos? ¿Es mucho pedir que por lo menos hagas la cama? Toda la mañana estas aquí de holgazán mientras yo trabajo para mantenerte y ni siquiera puedes ayudarme con eso… carajo Álvaro. ¡No seas abusivo!

– Está bien, está bien, ya entendí… maldita fascista…

-¿Qué dijiste?

– Nada.

– Maldito fracasado.

– Coincido mi amor.

– Vete a la mierda.

– Trato hecho – me levanté y fui hacia la habitación. Empecé a preparar tranquilamente las cosas que utilizaría en la universidad… los marcadores para pizarrón, el Código Civil y el de Procedimientos Civiles, las copias del “Proceso Civil en México” de Becerra Bautista y el libro de Bejarano Sánchez que utilizaba para la clase de Obligaciones. Las cosas entre Jimena y yo no habían estado tan mal esa tarde. Realmente no estaba enojado por lo que me había dicho, en cierto modo la entendía. En cierto modo tenía razón. Cerré la mochila, me la puse en el hombro, salí de la habitación y me dirigí hacia la puerta.

– Me voy a la universidad. Regreso en la noche.

– Como quieras.

– Te amo. Nos vemos más tarde.

– Sí… yo también. Adiós.

Me subí al carro. Encendí el motor y bajé las ventanas para que entrara la poca brisa que había esa tarde del veintitrés de mayo del dos mil trece. Manejé por Calzada San Felipe con dirección hacia el Centro.

Conduje por  la fuente de las Ocho Regiones y observé a toda la gente que estaba afuera del hospital civil. La mayoría venían de pueblos alejados y era tal el sobrecupo del hospital, que se podían pasar días enteros esperando noticias acerca de la tía que había sufrido un infarto, o del hijo que se había caído de un árbol. Todos los ricos de Oaxaca proponían soluciones a este problema cuando conversaban acerca de proyectos filantrópicos que nunca realizarían por apatía o por simple olvido.

Seguí por Calzada Porfirio Díaz. Se construían nuevos centros comerciales por esa zona. Había mucha propaganda electoral. Se acercaban las elecciones para diputados locales y todos los candidatos eran mediocres. La única excepción era Gerardo Escudero, quien se perfilaba como triunfador en mi distrito. Yo lo había conocido años atrás. Fue uno de los alumnos más destacados que he tenido. También habíamos convivido cuando él estaba en el Poder Judicial y yo era uno de los abogados más exitosos de Oaxaca.

No lo había visto desde su boda con la hija de un poderoso empresario que en algún momento fue mi cliente y seguramente le pagaba la costosa campaña electoral. Aún recordaba el día exacto de ese evento. Había sido un trece de noviembre del dos mil diez. Un día después sucedió aquello por lo cual mi vida se fue al carajo.

Llegué a la intersección de Porfirio Díaz con Héroes de Chapultepec. El tráfico era insoportable por la hora. Tomé Calzada de la República y la pude cruzar rápidamente. Entré a Periférico y cuando llegué al crucero de Cinco Señores, volví a caer en un embotellamiento. Después de un rato avanzando a vuelta de rueda, enfilé hacia la calle de la Noria.

Por ahí caminaban muchachos con uniforme de preparatoria y uno que otro maricón. Crucé la puerta lateral de Ciudad Universitaria y me estacioné en la Facultad de Derecho.

Para esa hora ya no se sentía tanto calor. Empezaban a aparecer nubes en el cielo. El clima se iba refrescando poco a poco.

La Facultad de Derecho era un edificio rectangular de dos pisos. Justo en el centro del patio principal había una pintura casi borrada de Ernesto Guevara de la Serna. Nadie pasaba por ahí. Caminar encima de la cara del revolucionario era visto como una falta de respeto.

Ya había fenecido la época de los grandes porros universitarios. Aquellos estudiantes longevos que bajo el amparo de las autoridades universitarias quitaban y ponían directores y solían intimidar al que no estuviese de acuerdo. Esa época había terminado una tarde nublada cuando alguien decidió que debían desaparecer para siempre.

Muchas cosas habían cambiado y sin embargo muchas cosas permanecían igual. Pero ni hablar… había que aprender a convivir con todos. “Hacer amigo al enemigo” me dijo en una ocasión el joven estudiante Gerardo Escudero. Nunca olvidé la frase.

Mis alumnos eran los más estudiosos de la Facultad. Con los años me había ganado la reputación de ser exigente y sólo ellos se atrevían a escogerme como maestro. Aquella primera hora de clase fue como cualquier otra. Algunos entendían lo que trataba de enseñarles. Otros fingían entender. Ambas cosas eran aceptables. El simple hecho de que se sentaran y me escucharan durante una hora completa, resultaba más que suficiente. Ellos regresarían a sus casas sabiendo que habían cumplido con su deber de estudiar y yo regresaría a la mía lo suficientemente cansado como para no discutir con mi esposa.

De vez en cuando me aburría de hablar solamente de Derecho Civil. Tomaba diez minutos de la clase para sentarme y discutir algunos temas de actualidad. Durante esos últimos dos años, los alumnos que asistían a mi clase se habían transformado en casi el único vínculo que me unía con el mundo exterior.

– ¿Maestro, usted por quien va a votar para diputado local? – me preguntó Ricardo Rubio. Uno de los más participativos de la clase.

– Supongo que por Escudero.

– ¿Aunque vaya a perder?

– ¿Ahora resulta que sabes lo que va a pasar antes de que suceda?

– No se necesita ser un genio. Ese Escudero será muy rico, pero por lo mismo nadie va a votar por él. De seguro es un mamón.

– ¿Lo conoces?

– Bueno… no.

– ¿Entonces?

– ¿Usted lo conoce?

– No… tampoco – mentí.

– Yo sí lo conozco – dijo Blanca.

– ¿Ah, sí? ¿Y qué tal… es un mamón? – pregunté.

– Pues es buen tipo. Pero sí, es un poco creído. Y lo que sea de cada quien, Artemio Camacho es más del pueblo. Sabe convivir con la gente.

Yo conocía a Artemio. Recordaba sus épocas de Secretario de Estado en los noventas, cuando bajo su facha de líder popular, mandaba a golpear a los esposos de sus amantes y regresaba de viajes a Las Vegas diciendo que le urgía largarse del maldito Oaxaca apestoso.

También pensé en Gerardo Escudero y en las muchas ocasiones en que desde el Poder Judicial liberó a gente inocente, aun desacatando las órdenes de sus superiores. Pensé que nada en esta vida es lo que parece. Incluso consideré durante un momento en compartir esta información con la clase, pero no lo hice.

– Puede ser… puede ser – concedí.

Me fijé en el reloj. Eran las cinco de la tarde. Di por terminada la clase y les deseé un buen fin de semana a los alumnos. Rápidamente fueron saliendo del aula hasta que me quedé solo revisando unos documentos. Pude ver que alguien entraba y cerraba discretamente la puerta. Era Beatriz.

– Hola Álvaro, ¿cómo estás?

– Estoy que ya es ganancia… ¿Qué paso Betty?

– Nada ¿Por qué tiene que pasar algo para que venga a saludarte?

Beatriz también era maestra de la Facultad. Había sido mi compañera en la carrera veinte años atrás. Siempre fuimos buenos amigos, pero el destino se las había arreglado para que cada quien encontrara un camino distinto.

Por un lado, yo conocí a Jimena en el último año de la carrera, cuando vino a pasar las vacaciones de verano a Oaxaca con su familia.

Por otro lado, Beatriz, al poco tiempo de graduarse, se había casado con un ingeniero y se fue a vivir al Distrito Federal. Nunca tuvo hijos. Unos meses atrás se había divorciado y decidió regresar a Oaxaca. Encontró una vacante para dar clases de Derecho Administrativo en la Facultad. Ganaba casi la misma miseria que yo, pero a ella no parecía molestarle mucho eso del sueldo.

Cuando recién llegó, yo era una de las únicas personas que conocía de los viejos tiempos. Una noche de la semana anterior, nos habíamos besado en el estacionamiento de la Facultad.

– ¿Por qué me has estado evitando, es por lo que pasó ese día?

– ¿De qué hablas?

– No seas payaso Álvaro. Sabes perfectamente de lo que estoy hablando.

– No te he estado evitando Betty, es sólo que… tú sabes.

– Sí, yo sé. Y en serio entiendo. No lo decía por eso, es que tú eres… bueno… eres mi mejor amigo. No me gustaría que eso se terminara por lo de la semana pasada.

– Gracias Betty. Tú también me caes muy bien. Es sólo que estoy un poco confundido. No lo tomes a mal.

– Yo me divorcié hace poco y tú… has pasado por muchas cosas. Supongo que no es tan raro que la gente como nosotros cometa ese tipo de errores.

– Sí, tienes razón – aunque tal vez no la tenía. Había pensado en aquel episodio del estacionamiento mucho más de lo que ella imaginaba. Aún trataba de descubrir si realmente había sido un error.

– ¿Amigos entonces?

– Sí, por supuesto – respondí.

– Entonces te veo luego, que tengas bonita tarde.

– Igualmente.

Beatriz era guapa. Tenía la piel morena clara, ojos negros y un cuerpo bien conservado para su edad. Sin embargo, su físico no era lo que más me gustaba de ella. Lo más atractivo de Beatriz era su personalidad. Esa facilidad que tenía para escuchar todo lo que uno tuviera que decir. El hecho de que no perdía el tiempo juzgando a los demás. Con la edad uno llega a valorar esas virtudes. Incluso por encima de la belleza física.

Salió del aula y justo antes de irse, volteó y me dedicó una sonrisa.

Dejé pasar unos minutos y fui hacia mi siguiente clase. Caminaba por el pasillo cuando distinguí la voz de mi viejo amigo y compañero Santiago Arrazola. Estaba con don Luis Tejada. Un maestro anciano y alcohólico que al igual que yo, pero debido a su edad, se dedicaba únicamente a impartir clases.

– Licenciado De la Rosa, ¿a dónde con tanta prisa?

– A clase Santiago, ¿y tú?

– ¿Cómo qué y tú? ¿Y cómo qué a clase? Voy a ver el partido de la selección contra Estados Unidos. Se supone que tú también vas ¿Ya olvidaste que te avisé desde la semana pasada?

– No… claro que no – lo había olvidado por completo.

– Vamos a ver el partido y a echarnos unas buenas chelas – dijo don Luis, quien debido a la edad, limitaba sus participaciones en cualquier conversación a breves comentarios en los cuales siempre hacía referencia, de una manera u otra, al alcohol y a las mujeres.

– Eso es todo Don Luis. Así se habla carajo – le dijo Arrazola, quien últimamente lo invitaba a todos lados. ¿Quién sabe? Tal vez el hecho de haber perdido a su padre recientemente, hacía que mi amigo, inconscientemente, intentara suplir esa figura con nuestro maestro.

– Bueno Álvaro, vámonos.

– No sé si pueda, tengo clase.

– Sabía que ibas a decir eso, así que escribí una nota donde dice que hoy no vas a poder asistir. La puse en la puerta de tu salón.

– Está bien, tú ganas.

Nos dirigimos hacia el carro de Arrazola, que estaba estacionado frente a la puerta principal de la Facultad.

Mi amigo y yo nos sentamos adelante. Don Luis tomó uno de los asientos de atrás. Salimos por Avenida Universidad, luego tomamos Periférico y entramos hacia Morelos. El cielo estaba nublado y algunas gotas de lluvia caían en el parabrisas delantero.

– Llueve justo hoy que no traje mi paraguas. Maldito clima impredecible, es por eso del calentamiento global – dijo Arrazola.

De Morelos, tomamos Fiallo.

– ¿A dónde quieren ir? – preguntó mi amigo. Don Luis, al parecer, no lo escuchó. Siguió sentado con la misma mirada perdida que tenía desde que salimos de la Facultad.

– Ya sé a dónde – se contestó a sí mismo.

Seguimos por Fiallo. Tomamos Constitución, Avenida Juárez y finalmente Abasolo. Había una cantina a la mitad de la cuadra. Nos estacionamos frente a la puerta.

– Privado, barato y con televisión. Justo lo que estamos buscando.

– ¿Ya llegamos? – preguntó don Luis.

– Así es.

– ¿Hay putas aquí?

– Creo que no – contestó Arrazola. – Pero eso se puede arreglar más tarde.

Era una de esas cantinas antiguas del Centro. Alguien había improvisado una pantalla gigante en un lugar que era visible desde cualquier mesa. De todas formas, tuvimos que sentarnos justo enfrente de la televisión para que nuestro maestro pudiese apreciar el juego.

Bebimos algunas cervezas. Don Luis festejó varias veces los goles que ponían en las repeticiones. México ganó dos a cero y por primera vez en mucho tiempo, me pareció que la vida podía mejorar si uno se daba la oportunidad de salir y convivir con la gente de vez en cuando.

Terminó el partido y la cantina se quedó en un silencio que sólo era interrumpido por la música que sonaba desde la rockola. Don Luis estaba borracho y se había quedado dormido en la mesa. Arrazola y yo estábamos sentados uno frente al otro con una cerveza cada quien.

– Ya déjalo ir Álvaro – dijo de pronto.

– No es tan fácil.

– Lo sé. Bueno… realmente no lo puedo saber, pero lo imagino. El punto es que no puedes seguir así. Lo único que vas a conseguir es terminar de autodestruirte.

Nos quedamos un rato sin decir nada. Contemplando nuestros tragos. Decidí romper el silencio.

– Lo que sucede es que desde ese catorce de noviembre del dos mil diez, no me puedo sentir bien conmigo mismo por más que lo intente. Siento como si mi vida se hubiese acabado antes de tiempo. Yo sé que Jimena ya no me ama. Es más, sé que me odia, pero de alguna manera pienso que si la dejara, estaría siendo egoísta. Ambos estamos conectados por el mismo dolor. Nunca debió haber sucedido eso.

– Pero sucedió Álvaro… sucedió y más vale que aprendas a aceptarlo.

– A veces voy a visitar sus tumbas. Antes no tenía el valor, pero últimamente se ha vuelto una necesidad. Jimenita tendría ya dieciséis años y Julián dieciocho. A veces sueño que están vivos, pero despierto y me doy cuenta de que eso nunca sucederá.

En ese momento vinieron a mi memoria los encabezados de los periódicos. Informaban que los dos hijos del licenciado Álvaro de la Rosa habían fallecido el sábado catorce de noviembre del dos mil diez en un accidente automovilístico ocurrido aproximadamente a las nueve de la mañana. Cuando iban de regreso a su casa, impactó contra ellos una camioneta manejada por un tipo que se pasó el alto. Un tal Fermín Soto. Eso fue lo que se dijo.

– ¿Tú sabes que yo quería mucho a tus hijos, verdad Álvaro?

– Sí… y gracias por invitarme hoy. De verdad lo necesitaba.

– No hay de qué.

El humo de los cigarros flotaba por la cantina. Un hombre vestido como ranchero bailaba una canción grupera con una muchacha. Don Luis comenzaba a roncar. Afuera había empezado a llover con fuerza mientras lentamente se hacía de noche. Alguien se sentó en nuestra mesa.

– Mira nada más quien se aparece por aquí… Alvarito de la Rosa… ni más ni menos. Que gusto verte por acá.

– Es una opinión valiosa Delgado, pero no deja de ser eso… tu opinión.

El borracho era Gustavo Delgado. Seguía teniendo la misma cara fea que cuando habíamos sido compañeros veinte años atrás… era un resentido social y un cobarde. Debí haberme ido de la cantina en ese momento, pero por alguna razón permanecí sentado.

– Siempre con tu retórica impecable… no has cambiado… después de todo eres el gran Álvaro de la Rosa… el que todos pronosticaban como el próximo gobernador…. sigues siendo el mismo maldito presuntuoso de siempre, ¿o no?

– Ya lárgate – le dijo Arrazola.

– Ahora resulta que no puedes pelear tus propias batallas. Álvaro. ¿Necesitas que tu novio te defienda?

– Vete a la mierda – le dije.

– ¿Sabes cuál es tu problema… licenciado Álvaro de la Rosa?

– Si lo supiera no estaría aquí.

– Tu problema es que eres un maldito presuntuoso…

– Eso ya lo dijiste…

– No… espera… no interrumpas… falta más… eres… eres un maldito presuntuoso y nada de eso tiene sentido… porque también eres un maldito fracasado… perdiste a tus hijos…

– Mejor cállate…

– ¡No carajo! ¡Qué me dejes terminar! Perdiste a tus hijos… eso estuvo mal… no lo discuto… pero lo que pasó después… lo que le mandaste a hacer a quien los mató… eso es enfermo, Álvaro… con razón no has vuelto a trabajar… ¿con que calidad moral?… yo sí me enteré de eso… es más… yo mismo conocí al pobre imbécil hace unas semanas… cuando fui al manicomio… ¿Cómo pudiste? ¿No te cuesta trabajo dormir en las noches? ¿Es por eso qué ya no litigas? Maldito fracasado y presuntuoso… ahora resulta que también eres un enfermo de mierda.

Me levanté de la silla y le estrellé la botella en la cara. Lo tomé de la camisa y lo arrojé contra la pared. Se quedó tendido en el suelo. Manchado de sangre y cerveza.

Arrazola se levantó de la mesa.

– Déjalo Álvaro, no te comprometas por ese idiota – El gerente estaba llamando a la policía y lo que menos necesitaba era otro escándalo con la ley. Decidí hacerle caso a mi amigo.

– Está bien, nos vemos después.

Con un par de palmadas en la espalda nos despedimos.

Me acerqué hacia Gustavo. Lloraba en el piso.

– No vales la pena marica – me ajusté el cuello de la chamarra. Escupí en el suelo. Encendí un cigarro y salí de la cantina.

Me dirigí hacia el Llano. Ahí podría tomar un taxi que me llevara a casa. Al día siguiente pasaría por mi coche a la Facultad. Aún no había dejado de llover. Se formaban riachuelos en las banquetas y las hojas de los árboles se movían de un lado a otro debido al viento que soplaba con fuerza.

El parque del llano estaba casi vacío. Eran aproximadamente las diez de la noche. Algunos vendedores de chicles corrían buscando refugio de la lluvia en algún lugar. Un perro callejero descansaba en una de las fuentes sin darle importancia al agua que lo empapaba. Las luces de los faroles del parque iluminaban el suelo de cantera.

Me paré frente al Teatro Juárez. La lluvia limpiaba la sangre que aún tenía salpicada en mi chamarra. Esperé diez minutos y al ver que no pasaba ningún taxi, decidí ir a un bar que estaba a media cuadra y pedirles que me llamaran uno desde ahí.

El lugar estaba iluminado y desde afuera se escuchaba música. Caminé hacia la puerta principal y algo hizo que me detuviera. Creí reconocer una cara familiar en una de las ventanas. Me acerqué y vi que era Jimena. No podía verme. Afuera estaba oscuro. Estaba sentada con un hombre. Estaban tomados de la mano y se besaban. Cada uno bebía un brandy.

En ese momento comprendí que esa sería la última vez que la vería. Así terminaba nuestra historia. Escuché el sonido de una ambulancia que pasaba a lo lejos. Decidí darme la vuelta y caminar una vez más hacia el parque, lentamente y con las manos en los bolsillos, entre las luces de los faroles y aquella tormenta que de repente limpiaba mis pecados.

Me senté en una banca del parque. Traté de descifrar cuál sería mi siguiente paso. A partir de ese momento las cosas serían más difíciles. Jimena pagaba todos los gastos de la casa y yo utilizaba el poco dinero que ganaba para llevarlo en la cartera y comprar las cosas que adquiría directamente. Tendría que empezar a valerme por mí mismo.

Recordé a mi hermano gemelo. Se ahorcó con el hilo umbilical y murió durante el parto. Mis padres esparcieron sus cenizas en una playa de Puerto Escondido llamada Carrizalillo. No pocas veces reflexioné al respecto en mi niñez, pensando como un simple golpe del destino había hecho que él muriera y yo sobreviviera. Eternamente condenado a cargar la cruz que significaba tener que vivir una vida por los dos. Fue una presencia extraña que me acompañó durante muchos años.

En una ocasión había ido a Carrizalillo. Tenía diez años. Mi padre estaba más ebrio que de costumbre. Me llevó a caminar con él a la playa. De repente se detuvo y me miró directamente a los ojos, con una mezcla de rencor y cariño. Se agachó para estar a mi altura.

– Hay algo que no debes olvidar. Tan circunstancial como una moneda volando por el aire… él estaría aquí conmigo en este momento y tú estarías allá. Navegando a la deriva en ese inmenso mar, por el resto de la eternidad. Jamás lo olvides muchacho.

Me levanté de la banca y detuve un taxi que venía libre. Le pedí al conductor que me llevara a la Facultad de Derecho. Las calles estaban despejadas. Llegamos rápido. Subí al carro y manejé hacia mi casa.

Una vez ahí, me dirigí a la habitación principal y empaqué mis cosas. Vi una fotografía de mi boda con Jimena. Decidí dejarla. Subí al coche una vez más. Revisé el contenido de mi cartera. Tenía suficiente dinero para el viaje. Mi celular sonó en ese momento. Contesté sin fijarme en quien llamaba.

– Álvaro, soy Beatriz – dijo la voz del otro lado de la línea. – Quería decirte algo. Sobre ti y sobre mí. No me importa lo que pienses, simplemente voy a decirlo…

– No hace falta. Te amo Betty.

– Yo también.

– En veinte minutos llego a tu casa y nos vamos a Puerto Escondido.

– ¿A Puerto Escondido?

– Sí.

Se quedó un momento en silencio. Reflexionando mi propuesta.

– Hecho. Aquí te veo.

Colgué el teléfono y me sentí feliz. Ningún viaje vale la pena sin una mujer. Las calles estaban vacías. Llegué a casa de Beatriz. Vivía en Xoxocotlán. Cuando me abrió, tenía las maletas en sus manos.

Fue un viaje largo. Nos envolvía la noche y realmente no importaba el futuro. Recuerdo haber visto a un perro agonizando en la mitad de la carretera. Decidí atropellarlo para acabar con su agonía. Beatriz se quedó dormida. Utilizaba mi chamarra como cobija. Poco a poco cambió el relieve, el clima y los árboles. Recorríamos con rapidez las sórdidas curvas que nos llevaban a Puerto Escondido.

Cuando llegamos estaba amaneciendo. Manejé a toda velocidad por las calles cubiertas de arena. Derrapé al llegar a Carrizalillo. Beatriz aun dormía. No la desperté. Salí del coche y bajé corriendo las escaleras que conducían a la playa.

Me detuve frente al mar. Era tan azul como el cielo y tan vasto como el mundo entero. Las gaviotas volaban alrededor y las olas chocaban violentamente contra las rocas de la orilla. La espuma se agitaba. Se percibía el olor a sal. Estaba amaneciendo. Era la única persona en toda la playa. Sentí la brisa que me refrescaba.

Me dejé caer en la arena y contemplé aquella inmensidad que se extendía hasta el infinito… y entonces supe que todo estaría bien. El aire inundaría mis pulmones y me regresaría a la realidad de todos los días. Estaba vivo. No tendría que preocuparme por nada nunca más.

Foto: Flore de Tiz Creel

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One Response to La Ley de la Primera Noche

  1. Guadalupe Ramírez Ristori dice:

    Excelso, ya quiero seguir leyendo los demás relatos

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