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La razón en las tinieblas.
 El paisaje de María Rosa Astorga en su historia.

Sep 12 • Artistas, PLEXUS • 1299 Views • No hay comentarios en La razón en las tinieblas.
 El paisaje de María Rosa Astorga en su historia.

A lo largo de la evolución de nuestro pensamiento, la naturaleza y la razón, o Idea como la reconocería Platón, habían sido dos entidades opuestas. Para el pensamiento platónico, la naturaleza era una copia malograda de la Idea. A sí,pues, la representación del mundo era vista como un doble error. Esta concepción se heredó al pensamiento cristiano, además, el uso de la imagen estuvo exclusivamente al servicio de la palabra de Dios durante, al menos, un milenio. Fue en el Renacimiento que la naturaleza apareció por primera vez en el campo de representación occidental aunque no como protagonista: las imágenes religiosas iban acompañadas, o mejor dicho, rodeadas de representaciones de los exteriores. Estos brotes del paisaje surgieron cuando la producción de la imagen comenzó a regirse por las leyes matemáticas. Esto fue doblemente significativo porque el arte, por primera vez, dejaría de entenderse como una disciplina errada sino, más bien, apropiada por y para la Idea. Por otro lado, el uso de las proporciones y la comprensión de la composición física de la naturaleza haría florecer un elemento paradigmático e imprescindible para nuestra concepción del mundo: el horizonte.

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Sin embargo, no pasa desapercibido el reconocimiento del espacio en otras formas de emplazamiento estético: desde los murales helénicos del siglo XVI antes de nuestra era y en los mosaicos romanos. En algunos códices prehispánicos o en la pintura realizada en Japón y en China la naturaleza tenía un papel protagónico. No obstante, usualmente la forma de representación del espacio era realizada de manera cenital: el horizonte era carente. No es coincidencia que el horizonte haya surgido durante el descubrimiento del Nuevo mundo. La historia de este concepto tiene que ver, quizás más que con las matemáticas, con la expresión de poder ejercido durante las conquistas y con la expansión de los territorios occidentales. Por lo tanto, el paisaje nace con la apertura a lo desconocido; con la penetración a aquello otro en donde el lenguaje no tiene lugar.

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La naturaleza, en la historia de nuestras ideas, es bárbara así como los griegos nombraban a los extranjeros por no compartir la lengua. En el Romanticismo el paisaje es ya un genero artístico en el que la representación del espacio es un pretexto para hondar en lo irreflexivo. Es decir, la naturaleza se convertirá en la analogía del desbordamiento sensible que lo terrible produce sobre la consciencia. El género del paisaje carga con su historia barbárica, sin lenguaje, pues es el lugar de lo sublime. Quizá el caso más preciso que trata esta relación del lenguaje con el paisaje fue El corazón en las tinieblas de Joseph Conrad en donde su trágica expedición al Congo revela las fuerzas del dominio occidental en contra de la espesura cruel de la jungla. En el pensamiento judeocristiano la naturaleza nos aparece como algo primitivo y salvaje que hay que regular.

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El paisajismo de María Rosa Astorga (Chile) es una parte de toda esa historia. Cada vez que Astorga hace un cuadro, la historia del paisaje se refleja. Sus imágenes de la naturaleza encarnan el carácter histórico dual de ese género: la razón y lo primitivo;el humanismo y la barbaridad; lo metódico y lo accidental; la oscuridad de nosotros y la de lo otro. Es sintomática la recuperación que María Rosa Astorga hace de las proporciones y de la física para la producción de su imaginario. Como mujer formada en una disciplina racional anclada en las ciencias, Astorga desea entender la luz pero desde otra dimensión epistemológica: desde procesos racionales hacia lo sublime. Hacia el sin-lenguaje. Encuadrar la mirada para ver más allá del todo. En el Renacimiento, acaso existía poca distancia entre el científico y el artista; hoy día, el conocimiento no racional debería tomarse en serio.

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A pesar de su distancia con África, la naturaleza representada en la obra de María Rosa Astorga recuerda a los pasajes del Corazón en las tinieblas, rememorando que en los paisajes de México (y América en general) está enraizado un carácter denso y feroz similar al del Congo de Conrad. Los paisajes de Astorga fluctúan entre lo preciosista y lo sublime. Entre lo paradisíaco y lo aterrador. O lo aterradoramente bello. La imagen y sus historia producen la mirada que nos devora.

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Finalmente lo que ella hace es desbordar las tinieblas del lienzo para alcanzar a comprender la luz. Ese es el destino de su obra: una inaprensible gramática pictórica de la luz.

Rubén Ojeda Guzmán

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