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La valorización del arte a través del coleccionismo

Jun 29 • Artistas, Crítica, Finanzas • 909 Views • No hay comentarios en La valorización del arte a través del coleccionismo

“El cínico es aquel que conoce el precio de todo y el valor de nada.”

—Oscar Wilde

La vista es uno de los sentidos que nos hace enamorarnos de nuestro entorno, que nos permite decidir hacia dónde vamos y con quién, lo que nos gusta y fascina… es lo que nos lleva, la mayoría de las veces, a la dirección correcta.

Una de esas direcciones es el coleccionismo de arte, donde la única manera de aprenderlo –además de leer sobre su historia, corrientes artísticas y artistas– es viéndolo. Sólo con ver, mirar y observar una y otra vez se puede educar el ojo.

Además de la vista, todo ser humano tiene la característica –y la ambición de resaltar– de ser único, de tener cualidades y defectos que quizás comparta con otros individuos pero, a fin de cuentas, mantenga una unicidad que le es propia.

Algo similar pasa con los objetos. Éstos tienen la cualidad de cumplir con una función dentro de su existencia pero, ¿qué pasa cuando dejan de cumplir su cometido para resaltar otras cualidades que no tienen nada que ver con su función primigenia?

A partir de estas dos ideas –sobre el saber observar y la unicidad, es decir, el coleccionismo y los objetos– existe una relación íntima: la posesión. La posesión hace referencia al poder y al empoderamiento de tener un objeto que otros desean, objetos únicos que necesitan de una conservación y también de responsabilidades sociales. A partir de esta triada, se desprenden los lineamientos que conforman el perfil de un coleccionista.

En primer lugar, todo coleccionista parte de la visión de qué es el arte y tiene definido qué tipo de arte le interesa coleccionar. En segundo lugar, supone una responsabilidad social y, en tercer lugar, establece una relación íntima con el objeto y, con ello, busca preservarlo, resguardarlo y encargarse de que perdure.

Pero, ¿por qué coleccionar arte? Si bien éste funge como un bien comunicador y es uno de los rasgos distintivos de una sociedad para la producción e intercambio de acciones, se colecciona arte por “un sentido de la belleza, por afán de posesión, por razones de acumular capital y por otros numerosos motivos, entre los cuales figuran también, y no en último lugar, la ambición, el prurito de destacar, y también el deseo de pavonearse a los ojos de los demás mediante el valor de los objetos coleccionados y elevar de este modo el propio prestigio personal”.[1]

A través de estas interacciones existe una codificación y transmisión de mensajes de formas simbólicas a través del objeto. Es decir, al extraer al objeto de su función principal se le otorgan diferentes tipos de valores: el valor personal o sentimental, el valor material, el valor simbólico –como ya se mencionó–, el valor estético, el valor de uso y de cambio, el valor moral-educativo y el valor económico o comercial.

El valor personal o sentimental se refiere a la importancia que se le otorga al objeto mediante la procedencia, es decir, a quién le pertenecía o le pertenece el objeto. En muchas ocasiones, la formación del coleccionista es por mero gusto o por una herencia de generación tras generación. A partir de estas valoraciones y recuerdos que se le otorgan al objeto es como se le otorga también un valor sentimental.

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El valor material se refiere justamente al material del objeto y su significado para su creación. Mientras que el valor simbólico es “el valor que tienen las formas simbólicas en virtud de las maneras en que las estiman los individuos que las producen y reciben, en virtud de las maneras en que estos individuos las denuncian, atesoran o desprecian”.[2]

El valor estético es un valor consensuado en un principio, pero que después se transforma en una visión subjetiva, ya que todos vemos y le damos una distinta importancia al objeto. Esto cae en la discusión de lo bello y lo no bello, si es arte o no es arte. El valor de cambio también requiere de un conocimiento profundo de los objetos y de conocer y reconocer cómo es considerado éste en el mercado; así como su valor de uso.

Una vez que el objeto ha sido reconocido y legitimado por estos valores, se le otorga un valor moral-educativo ya que el reconocimiento al trabajo artístico se vuelve más amplio y entra en escena la participación de otros agentes sociales –museos, galerías, críticos de arte, marchantes, historiadores de arte–. Todos estos agentes simbolizan el desarrollo, legitiman e institucionalizan el arte.

Finalmente, está el valor económico o comercial, el cual se basa en la colectividad. Esto quiere decir que una obra de arte no tendrá un valor monetario en específico, ya que –entendiendo que el coleccionismo de arte siempre está en movimiento– el valor subjetivo y consensuado también cambian.

Michael Findlay, marchante de arte de prestigio internacional, menciona que hay dos mercados distintos: el mercado primario para la obra nueva de un artista, y el mercado secundario para obras de arte de segunda mano (o tercera, o vigésima).[3]

Dentro del proceso de la valoración económica existen las relaciones jerárquicas de poder, el control del proceso de transmisión cultural y los canales de difusión. Es aquí donde el arte puede exhibirse en galerías, en museos públicos o privados, o simplemente no exhibirse.

En un principio, estas valoraciones eran muy fáciles de acotarlas a las antigüedades, ya que la idea de preservación era muy clara, además de que el objeto inmediatamente despertaba la curiosidad de su proveniencia histórica, su rareza y su principio de funcionalidad. Sobre todo por la idea de que, al pasar más tiempo, las antigüedades aumentan su valor histórico y económico, siempre y cuando tengan un buen estado de conservación y restauración.

Sin embargo, ya no sólo las antigüedades son objetos principales para una colección. Pronto la idea fue modificándose en coleccionar arte de obras individuales –de autores vivos o fallecidos– o de ciertos estilos y periodos. El coleccionismo siempre está en movimiento y esto da lugar a que forme parte de un modelo económico básico: la oferta y la demanda, como primera instancia.

Por tanto, la valoración del arte a través del coleccionismo requiere un conocimiento, una cultura visual vasta y una pasión insaciable por poseer un objeto; objeto que siempre será la pieza faltante para un coleccionista. Y esta idea de fascinación y anhelo de hacer crecer una colección le otorga a la sociedad un valor de legitimación e institucionalización de las obras de arte.

Asimismo otorga una identidad a la sociedad, ya que la forma simbólica –el objeto– se constituye y reconstruye activamente porque todos los individuos están regidos por reglas y convenciones en escenarios espaciotemporales.

El arte, podemos decir, siempre está en un proceso de interpretación y valoración. Es por esta razón que, la única manera para tener un espíritu cultivado, es ver, mirar y observar una y otra vez las obras de arte desde muchos puntos de vista.

 

Bibliografía

Frank Arnau; El arte de falsificar el arte. 3000 años de fraudes en el comercio de antigüedades, Editorial Noguer, Barcelona-México, 1961, 416 pp.

John B. Thompson; Ideología y cultura. Teoría crítica en la de la comunicación de masas, UNAM, México, 1998, 479 pp.

Michael Findlay; El valor del arte. Dinero, pobreza, belleza, Fundació Gala-Salvador Dalí, España, 2013, 245 pp.

[1] Frank Arnau; El arte de falsificar el arte, p. 20

[2] John B. Thompson; Ideología y cultura moderna, p. 24

[3] Michael Findlay; El valor del arte, p. 24

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