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LAS CAUSAS PERDIDAS

Abr 21 • PLEXUS • 812 Views • No hay comentarios en LAS CAUSAS PERDIDAS

Una araña caminaba por la pared de concreto. Se deslizaba mientras una mosca que volaba cerca se detenía a descansar. La araña se abalanzó y la atrapó. Fue cosa de un segundo. La fue devorando lentamente. Era la primera vez que veía algo como eso.

– Mamá, viste lo que acaba de hacer esa…

– No me interrumpas Manuel. Tu papá trabaja todo el día y lo menos que puedo hacer es tener lista la cena para cuando llegue. Mejor ve afuera y juega con Roco.

Me levanté del sillón, apagué la televisión y salí al patio. Roco estaba tumbado frente a la entrada y las moscas volaban a su alrededor. De vez en cuando conseguía atrapar algunas con el hocico. Recordé a la araña que acababa de ver.

El patio estaba oscuro. Era de noche. Había hojas secas desperdigadas por todo el piso de cemento. Las montañas se veían como sombras negras en el cielo azul opaco. Me senté en una silla que estaba junto al lugar donde Roco descansaba. Me pregunté de qué tamaño sería la luna. ¿Sería más grande que México? ¿Más grande que Oaxaca? Una vez había visto un programa científico donde decían que no existía vida en la luna, pero mi amigo Edgar me había contado que eso era mentira. Me dijo que el gobierno no quiere que nadie se entere de que en la luna hay unos extraterrestres que se llaman selenitas. No supe si creerle. Tal vez los selenitas tenían algo parecido al gobierno que tampoco les decía que había vida en la Tierra.

Una luciérnaga se posó sobre el lomo de Roco. Me acerqué, la asusté y salió volando hacia la calle. La vi perderse a lo lejos entre los faroles. Roco alzó la mirada cuando me vio venir. Le acaricie la barriga. Cuando hacía eso, se tumbaba de espaldas y agitaba una de sus patas traseras con rapidez. Un movimiento reflejo que tienen algunos perros. Dejé de hacerlo y me olí la mano. Apestaba. Roco necesitaba un baño. Pero ese no era mi problema.

Tenía once años. Estudiaba la primaria. Era el viernes trece de noviembre del dos mil cuatro. Éramos pobres. O por lo menos eso decía mi papá cuando bebía mezcal. Se tomaba toda la botella y se quedaba dormido en el sillón. A veces le pegaba a mamá o a mi hermana. A la mañana siguiente lloraba mucho y se disculpaba con ellas. Les regalaba cosas para que lo perdonaran. A mi mamá le regaló unos aretes muy bonitos. Dijo que eran de plata y que le habían salido en un ojo de la cara. Así lo dijo. A mi hermana le regaló una muñeca. Ella la aceptó. Siempre aceptaba los regalos de papá. Pero después, cuando platicaba con ella, me decía que él era un viejo cabrón. Esa palabra decía. Y yo no sabía que pensar de todo eso. Simplemente asentía, como si estuviera de acuerdo. Después mi hermana sonreía y me daba diez pesos. Me decía que fuera a comprar lo que quisiera. Me compraba un refresco y unas papitas. Me las comía frente a la tienda. Roco me acompañaba. A veces le tiraba algunas para que él también comiera. Le gustaban mucho y las devoraba ni bien caían al suelo.

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Mi hermana se llamaba Mariana y tenía catorce años. Esa noche se había ido a dormir a la casa de su mejor amiga, que era mi prima Blanca, la hija de la tía Lola.

La tía Lola era la hermana mayor de mamá. Siempre le decía que debía dejar a papá, porque era un golpeador y un borracho. Le decía que lo denunciara. Pero mamá lloraba y no le hacía caso. La verdad es que mi papá no era tan malo. Algunos domingos nos llevaba a mi hermana y a mí al zoológico en su taxi. Tomábamos la carretera y manejábamos hasta un lugar que se llama Dainzú. Ahí estaba el zoológico. Había jirafas, tigres, elefantes y todos esos animales. Mi animal favorito era el tigre blanco. Siempre le tomaba muchas fotos con la cámara de Mariana. Pero al tigre no le gustaba eso. Todos los animales del zoológico parecían deprimidos. Se la pasaban recorriendo los límites de sus jaulas. Como si estuvieran planeando escaparse. Una vez mi papá me compró una gorra con la imagen de un tigre blanco. Siempre la usaba. A veces me la ponía para ir a la escuela. A la maestra no le gustaba eso. Pero aun así me dejaba llevarla.

Fui al baño y me lavé las manos con jabón. Las olí. Ya se me había quitado la pestilencia de Roco. Salí al patio. El perro seguía acostado en el mismo lugar. Entré a la sala. Mamá estaba poniendo la mesa. Vivíamos en un fraccionamiento que se llama el Retiro. Siempre que íbamos a la ciudad, pasábamos por el árbol del Tule. Había formas en su tronco. La cara de un león y cosas así. Varios compañeros de la primaria iban ahí los fines de semana y trabajaban como guías de turistas. Alumbraban con un espejo al lugar donde estaban las formas y se las explicaban a los visitantes. Edgar hacía eso. Yo nunca lo hice porque me daba pena.

– Ya va a estar la cena Manuel. Lávate las manos.

– Ya me las lavé.

– A ver – se acercó y me revisó las manos. – No es cierto. Ve y lávatelas de verdad.

No me gustaba discutir con ella, así que le hice caso. Mientras las enjuagaba, vi que brotaba mucha suciedad. No recordaba que mis manos hubieran estado tan sucias. Pero mientras más las lavaba, mas mugre brotaba. Seguí frotando con fuerza, pero no pasó nada. Cerré el grifo y tomé una toalla. Limpié mis manos sin verlas.

Regresé a la cocina y me senté en la mesa. En ese momento se escuchó que alguien abría la reja de la entrada. La azotaban para que se cerrara. A través de la oscuridad del patio, pude distinguir la sombra de mi padre que entraba al comedor. Venía tambaleándose. Alguien lo llevaba al hombro y le ayudaba a caminar. Era mi tío Armando, el esposo de la tía Lola. Colocó a papá en su silla y estiró los músculos.

– Armando, ¿qué pasó? – preguntó alarmada mi mamá.

– Nada Isabel, no te preocupes. Es sólo que aquí mi compadre se fue a echar unas copitas a la cantina y me llamó para que le hiciera el favor de traerlo. ¿Verdad compa?

– Sí, no pasa nada – dijo mi padre, que entrecerraba los ojos mientras hablaba.

– ¿Y el taxi? – preguntó mi mamá.

– Se quedó allá en la cantina de doña Conchita. Pero no hay problema. Ella nos dijo que lo cuidaba. Ya mañana que Jaime esté bien, lo pasa a recoger y problema resuelto.

– Me lleva la chingada contigo Jaime. Ya llevabas una semana sin tomar.

– Cállate pinche vieja insolente – le gritó papá, mientras hacía como que se iba a parar de la mesa. Mamá se asustó y puso esa cara que ponía antes de empezar a llorar, pero no lloró. Sólo miró a papá con odio. Como si quisiera matarlo, pero no se atreviera. Yo no supe que hacer. Así que no hice nada.

– Bueno, ya estuvo. No está bien que se anden peleando frente al niño, ¿qué ejemplo le dan? Mejor vamos todos a cenar y que no se hable más del asunto – dijo el tío Armando, cuando vio que nadie hablaba.

– Nadie me insulta en mi propia casa, ¿quién se cree que es esta pinche vieja? Nada más porque estoy pedo, que si no…

– Ya pues Jaimito – dijo el tío Armando. – Relájate y come algo. Bien que lo necesitas después de todo el alcohol que te metiste en la barriga – le dio una palmada en el estómago y rió.

Mamá le puso un lugar al tío Armando y nos sirvió la cena. Tasajo con arroz blanco y frijoles. Agua de jamaica para beber. Empezamos a comer.

– ¿Y cómo te fue? –preguntó secamente mamá.

– De la chingada. Como siempre – le contestó papá mientras se servía frijoles en el plato.

– Nunca debimos irnos de la Colonia Tepeyac. No sé por qué acepté la oferta de ese cabrón de Gustavo Delgado. Me agarró en mis cinco minutos. Allá eran mis tierras. Este barrio es una pocilga – exclamó mi papá mientras contemplaba su plato.

– Tepeyac… eso era una pocilga – mi madre lo dijo en voz baja. Sólo mi tío y yo la escuchamos.

– Nos hubiéramos quedado – insistió papá. – Mira a Rosa Cruz. Nunca vendió y hasta donde sé, ahí debe seguir. Si ella puede ¿Por qué nosotros no?

– Rosa Cruz tiene a su sobrina mala – le contestó mamá. – Es difícil moverla de un lugar a otro.

– Rosa Cruz… Rosa Cruz – murmuraba mi papá, como tratando de recordar algo relevante acerca de ella. – Ah sí, ya recuerdo – dijo de repente. – Ese día me encontré a su marido. Herminio creo que se llama.

– ¿Qué no se había ido a Estados Unidos? – esta vez respondió mi tío.

– Según. Pero ese día lo vi. Se subió a mi taxi. Estaba cambiado. Se vestía como ranchero. Con camisa de cuadros, botas y toda esa madre. No me reconoció. Venía con una güera gorda. Seguro era gringa. Herminio le hablaba en inglés y cuando me daba indicaciones, lo decía con acento gabacho. Como si él también fuera un gringo. Pinche yope ese. En fin, los llevé a la Catedral. Me pagó el viaje con dólares. Antes de bajarse, me miró un momento por el retrovisor y pareció reconocerme. Pero después volteó hacia otro lado y se bajó. Eso fue todo.

– De seguro ya nunca va a regresar a Tepeyac… pobre Rosita – dijo mi madre.

– ¿Quién le manda a quedarse en esa pinche colonia abandonada? – respondió mi padre.

– Pero si acabas de decir… olvídalo – mamá se dio cuenta de que estaba tratando de razonar con un borracho.

Mi padre era un tipo ancho de espaldas y alto. Tenía la piel morena y era gordo. Se estaba quedando calvo y una barba incipiente le crecía en la cara. Mi tío era tan alto como él, pero siempre estaba afeitado y era más delgado. El tío Armando era policía. Era más joven que papá y tenía casi la misma edad que mamá. A veces traía a mi padre cuando se ponía borracho. Me gustaba pensar que eran amigos.

– ¿Y a ti que tal te fue hoy? – le preguntó mamá al tío Armando.

– Bien. Aunque fue un día complicado. Detuvimos a un ladrón. Fermín Soto creo que se llamaba. Asaltaba por Cinco Señores. Un malviviente. Iba en un Tsuru blanco cuando lo interceptamos. Intentó huir y lo anduvimos persiguiendo un buen rato. Pero al final chocó contra un poste y lo agarramos. Lo llevamos a la Agencia del Ministerio Público. El ofendido, que era el dueño de la licorería que Soto acababa de asaltar, ya estaba ahí. El Secretario Ministerial, un tal Escudero, le tomó la declaración mientras nosotros vigilábamos que no se escapara. El tipo estaba asustado. Empezó a decir que quería un abogado. El licenciado Álvaro de la Rosa andaba por ahí. Escudero le habló y le dijo que si quería ser el abogado de Soto. Pero el licenciado dijo que no defendía a pobres diablos y se fue.

– ¿Y cómo era ese Soto? – preguntó mi padre.

– Era güero y alto, con cabello castaño.

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– A ver espérate, ¿a qué hora lo agarraron? – mi padre de repente parecía muy interesado en el tema.

– No recuerdo bien. Como a las siete de la tarde.

– Hijo de puta… ese hijo de puta – empezó a susurrar mi papá.

– ¿Lo conoces? – preguntó mi tío.

– ¿Qué si lo conozco? – mi padre había empezado a reír de una manera extraña. – Claro que lo conozco. Hoy mismo lo conocí. Como a las cinco de la tarde. El hijo de puta ese se subió al taxi y me pidió que lo llevara a Cinco Señores. Justo antes de bajar, me puso una pistola en la nuca y me dijo que le diera todo el dinero que había ganado en el día. Se lo di. Me golpeó con la cacha de la pistola y salió corriendo. Lo vi alejarse justo antes de desmayarme. Desperté un rato después. Me sentí tan mal que fui al bar. Después de una semana sin tomar, ese cabrón me hizo recaer. Ojalá que se pudra en la cárcel.

– Pues eso ni lo dudes, Jaime. Justo cuando el licenciado de la Rosa iba saliendo de la Agencia, el ofendido se le acercó y le pidió que fuera su abogado. Le ofreció buen dinero y el licenciado aceptó. Es uno de los abogados más culeros de Oaxaca. Le va a inventar de todo a ese Soto y lo van a terminar entambando un buen rato.

– Qué bueno. Ojalá que nunca salga – mi padre dio un sorbo a su agua de jamaica.

– Aunque nunca sobra que te presentes a denunciarlo. Si quieres mañana vamos. Igual y hasta te pueden devolver tu dinero.

– ¿Te cae?

– Pues a huevo. Si a ese malviviente le queda algo de dinero después de que el licenciado de la Rosa lo exprima, seguro que todo ese dinero será para ti.

– Me late la idea. Mañana vamos. Mira nada más cómo es la vida.

Jaime Carreño abrió los ojos. Su cabeza estaba apoyada en el volante. No sabía cuánto tiempo llevaba desmayado. Miró su reloj. Eran las seis de la tarde. Sentía que la cabeza le daba vueltas. Le dolía por el golpe.

Revisó el compartimiento donde guardaba su dinero. Estaba vacío. Ese día había juntado casi quinientos pesos y ahora no le quedaba nada. Sólo los doscientos que tenía en la cartera. No iba a tener para la gasolina ni para pagarle la renta del taxi al dueño. Por un momento deseó que el asaltante le hubiese disparado. Su familia ya no lo quería porque era alcohólico. Una semana antes se había puesto borracho y les pegó a su esposa y a su hija. Al otro día tuvo que comprarles algo para que no lo fueran a denunciar. Desde entonces se había mantenido sobrio. Jaime ya conocía la cárcel y no tenía ningún plan de regresar a ese lugar. Pero ahora que su vida parecía no tener sentido, el deseo de beber alcohol se apoderaba de su mente. Sin embargo, no quería emborracharse solo.

Afuera, un perro callejero deambulaba por la calle. Un anciano sacaba una bolsa de basura de su casa y la colocaba en la calle para que se la llevara el camión. O para que se la comiera el perro. ¿Cuál era la diferencia?

Sacó su celular del bolsillo del pantalón. Marcó el número de Elías. Otro taxista que era su amigo y también era alcohólico. Aceptaría ir a tomarse unas cervezas. Entró la llamada y escuchó esos chirridos intermitentes que significaban que el teléfono de Elías estaba sonando. Se tocó la nuca y sintió un chipote. Le dolía cuando lo tocaba. La voz de su amigo se escuchó al otro lado de la línea.

– Bueno.

– Sí, Elías. Soy yo, Jaime ¿Qué tal vas en el taxi?

– Pues ahí vamos Jaimito. Casi no hay clientes, está medio flojo.

– Vamos por unas chelas ahí de doña Conchita.

– Híjole. No sé si pueda. Tengo que seguir ruleteando un rato.

– Vamos. No seas mamón.

– Pues es que la verdad ni dinero traigo Jaimito.

– Yo te invito chinga, pero llega.

La voz de la otra línea se quedó un rato en silencio. Reflexionando.

– Está bueno pues. Ahí te veo.

– Sopas, en diez minutos.

Colgó. El bar de doña Conchita estaba sobre la carretera. En el Tule. Salió por Ferrocarril y llegó en poco tiempo. Se estacionó y bajó tambaleándose por la jaqueca que el golpe le había provocado. Había pocos clientes. Se sentía el aura melancólica de los bares de pueblo. El piso de tierra estaba salpicado con manchas de vómito y sangre. Una vieja viuda y gorda a la que todos llamaban doña Conchita era la dueña de la cantina. Se sentaba en una silla cerca de la barra. Bebía algunos vasos de mezcal y vigilaba que nadie hiciera estupideces. Una muchacha a la que todos llamaban Petra era quien atendía las mesas. Siempre andaba de huaraches y casi no hablaba español. Doña Conchita decía que era su sobrina y los clientes le creían. Una manera decente de decir que les importaba un carajo.

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Jaime echó una ojeada al bar para ver si reconocía a alguien. El maestro Lázaro García, que daba clases en la secundaria del pueblo, estaba sentado en una de las mesas. Bebía un vaso de tequila y acosaba a Petra, quien fingía no prestarle atención.

– Petrita… no te hagas del rogar mi amor, vente para acá estiró la mano y trató de tocarle la pierna.

– Estate en paz pinche borracho le gritó doña Concha desde su silla. Esa señora sabía de qué iba la cosa. Si te gritaba que te estuvieras en paz, sabías que hacerle caso era lo más sensato.

– Ya pues.

Jaime se acercó a la mesa. El maestro Lázaro lo reconoció al instante.

– Jaime, ¿qué paso cabrón? ¿Tan temprano por estos rumbos?

– Ya ves.

– ¿Qué vas a tomar Jaimito? – le gritó doña Concha desde su silla.

– Lo de siempre. Un mezcal.

– Petra, un mezcal para Jaimito le gritó a la muchacha.Y rápido mija. Apúrale pues.

Le sirvió el mezcal a Jaime, quien brindó con el maestro Lázaro y se lo bebió de un trago.

– Otro ordenó.

En la rockola se escuchaba un corrido de los “Tigres del Norte”. Sonaba a poco volumen. Parecía como si la música estuviera lejos y tardara un buen rato en llegar hasta los oídos. Elías entró al bar y se sentó en la mesa con ellos.

Pasaron dos horas. Jaime reaccionó. El maestro Lázaro ya se había ido. Elías seguía ahí. Estaba tan borracho como él. Reclinaba la cabeza y babeaba mientras intentaba bailar la canción grupera que salía de la rockola. Petra se acercó a la mesa.

– Tiene que pagar don Jaime se limitó a decirle.

– Sí, claro, ten sacó de su cartera el billete de doscientos y se lo dio a Petra.

Cuando se dio la vuelta, aprovechó el momento y le dio una nalgada. La muchacha no dijo nada. Doña Conchita no se dio cuenta.

La mesa estaba repleta de vasos usados. Había un cenicero lleno de colillas. Los mosquitos zumbaban alrededor y se empezaba a sentir el frío de la noche. Jaime sabía que aunque su casa estuviera cerca, ya estaba demasiado ebrio como para conducir. Tomó el celular de su bolsillo y le marcó a Armando, su compadre, quien contestó rápido.

– ¿Si?

– Compadre… soy Jaime. Necesito que vengas por mí. Estoy bien pedo en la cantina de doña Conchita.

– Carajo Jaime. Me dijiste que ya ibas a dejar de tomar.

– En eso estoy, pero ahorita necesito tu ayuda. Ándale, no seas cabrón.

– Ya estuvo pues, voy para allá. Nada más no te muevas colgó el teléfono.

Jaime reclinó la silla. Petra le trajo su cambio. Pidió un mezcal para él y otro para Elías. Su amigo empezaba a reaccionar al otro lado de la mesa de plástico.

– ¿Dónde estamos? – preguntó.

– Eso es lo de menos le contestó Jaime.¿Tienes cigarros?

– Creo que sí Elías sacó de su bolsillo una cajetilla de Faros con filtro y unos cerillos Talismán. Los puso sobre la mesa.

Jaime encendió uno de los cigarros y sintió cómo la nicotina entraba a sus pulmones. No le gustaba mucho fumar. Sólo lo hacía cuando estaba borracho o cuando era un día especial. En ese momento recordó algo.

– Elías preguntó. ¿Hoy es trece de noviembre?

– Sí, ¿por qué?

– Es mi cumpleaños. Pero a nadie le importó. Ni siquiera yo me acordé. ¿Después de todo, qué más da el cumpleaños de un maldito alcohólico fracasado?

Elías pareció reaccionar ante eso último. Sacudió la cabeza y trató de mirar a Jaime a los ojos. Petra sirvió los mezcales y regresó a la barra.

– Mierda, se me había olvidado por completo. Tenemos que hacer algo para celebrarte Jaimito. Una fecha como ésta no puede pasar desapercibida. ¡Doña Conchita! le gritó a la dueña de la cantina.Hoy es el cumpleaños de Jaime. Invítele una cerveza de cortesía por lo menos.

– Ni madres respondió doña Concha.Si le invitara una cerveza a cada cliente que me dice que es su cumpleaños, ya estaría en la calle.

– Pinche vieja amargada susurró Elías. Alargó la mano y le dio unas palmadas en la rodilla a Jaime.

– Ni hablar Jaimito, ya te celebraremos como se debe el próximo año.

Se escuchó una botella que chocaba contra la pared de lámina. Jaime volteó y vio a un borracho que se había levantado de la mesa. Le gritaba a Petra.

– Nadie se aprovecha de mí. Ni madres consumí doscientos cincuenta pesos. Estaré borracho, pero no soy idiota. Llevo haciendo mis cuentas desde que llegué y a lo mucho debo cien. Dile eso a tu patrona.

No hizo falta. Doña Conchita se levantó de su silla y miró al borracho. Se veía encabronada. En ese momento Jaime se dio cuenta de que él también estaba encabronado.

– Ya paga tu cuenta Contreras. Me estoy cansando de que siempre salgas con la misma estupidez le dijo doña Conchita.

– Pues a ver cómo le hace, porque yo no pago le contestó Contreras.

– Ya paga y no estés chingando la madre le gritó Jaime.

– ¿Y tú qué te metes imbécil? Nadie está hablando contigo.

Una ira repentina se apoderó de Jaime. Se levantó de su silla y caminó con determinación hacia donde estaba Contreras. Le dio un puñetazo entre los ojos y lo hizo caer al suelo. Elías no intervino. Doña Conchita tampoco. Nadie hizo nada para detenerlos.

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Se agachó y empezó a golpear a Contreras, que yacía en el suelo sin siquiera meter las manos. Jaime Carreño decidió que ése iba a ser su regalo de cumpleaños. Darles una lección a todos esos hijos de puta que se sentían muy hombrecitos como para desafiar a una pobre viuda, o como para robarle a un pobre taxista el dinero que tanto trabajo le había costado ganar. Ése Contreras pagaría por todos ellos.

Jaime lo hubiese matado. Pero Armando entró en ese momento a la cantina y corrió a detenerlo. Lo tomó de los hombros y lo levantó.

– Soy Armando, tu compadre. Tranquilízate Jaime. Lo vas a matar y al rato voy a tener que pasar por ti a la cárcel.

Jaime se tranquilizó. Miró a Contreras, que estornudaba sangre mientras intentaba ponerse de pie. Se acercó y le sacó la cartera del bolsillo. Tomó doscientos cincuenta pesos. Fue al lugar donde estaba Doña Conchita y se los dio.

– Tenga Doña Conchita. Aquí está el dinero de ese pinche borracho, ¿cuánto le debo yo por mis dos mezcales?

– Nada mijo. Déjalo así. Son de cortesía para el cumpleañero susurró doña Conchita. Le dio un par de palmadas en el hombro y sonrió.

– Y no se preocupen por el taxi le gritó a Armando.Yo aquí lo cuido y mañana Jaimito puede pasar a recogerlo.

– Gracias señora le respondió Armando.¿Quiere que mande traer una patrulla para que se lleven a este borracho? – se refería a Contreras.

– No… déjelo así. Yo me encargo doña Conchita se escuchó tan segura de sí misma que Armando no objetó.

Dejaron a Elías en la cantina y salieron del lugar. Probablemente se irá a su casa más tarde pensó Jaime. No era la primera vez que lo abandonaba así.

– No puedes seguir con esto Jaime. No siempre voy a estar ahí para recogerte en las cantinas le dijo Armando mientras manejaba por las callejuelas del Tule.

Jaime no le contestó. Miraba por la ventana del carro mientras la brisa le refrescaba la cara. Las luces de los faroles iluminaban las calles oscurecidas por la noche. Sintió un cansancio brutal y cerró los ojos como quien no quiere despertar.

Terminamos de cenar. Mamá recogió los platos y volvió a sentarse en la mesa. Miraba hacia el mismo lugar donde la araña había devorado a la mosca.

– Esta cena es una mierda. Pero ni hablar, es lo que podemos pagar. Nacimos jodidos y moriremos jodidos. Así de fácil – papá golpeó la mesa y después se puso las manos en la cabeza.

– No hables así frente a tu hijo – le gritó mamá.

– ¿Y por qué no? Mejor que lo vaya entendiendo de una buena vez. Así no le va a doler tanto cuando termine siendo un maldito fracasado como su padre.

– Él no va a ser un fracasado de mierda como tú.

– ¿Cómo te atreves? Pinche vieja chancluda. Vuelve a decir otra insolencia y te rompo la puta boca. ¿Me escuchaste?

El tío Armando se movía incomodo en su silla.

– Bueno pues. Vamos a recostarte Jaime. Lo que necesitas es descansar – dijo para calmar los ánimos.

– ¿Qué va a querer descansar? Ese alcohólico se podría pasar toda la noche echando a perder sus riñones sin que nada más le importara – dijo mamá.

– ¡Cállate! – gritó mi papá. – Lo mejor es que me lleven a la cama para que me recueste. Lo que necesito es descansar – lo dijo como si se le hubiera ocurrido a él.

El tío Armando y mamá se acercaron para levantar a papá de la silla. Pero cuando ya estaba parado, se zafó y le dio una cachetada a mamá. Ella cayó al suelo y empezó a llorar. El tío Armando se limitó a ver la escena sin hacer nada.

– ¿Pensaste que así la iba a dejar después de todo lo que me dijiste? Pues te equivocaste cabrona.

Se fue tambaleándose del comedor y escuchamos cómo abría la puerta de su habitación y se recostaba en la cama. Mamá seguía llorando en el suelo. De seguro papá le compraría un regalo al día siguiente. Por lo menos había algo bueno en todo eso.

El tío Armando la levantó y le sacudió el vestido. Ella le sonrió.

– Discúlpame por todo esto Armando…. Y pobre Manuelito – dijo mirándome. – No debería haber visto lo que pasó – hablaba como si yo no estuviera ahí.

– ¿Estas bien Manuelito? – me preguntó el tío Armando.

– Sí – contesté.

– Vamos a llevarte a la cama – me hizo una seña de que lo acompañara. Fuimos a mi cuarto, me metió en la cama y me cubrió con las cobijas.

– Ahora duerme. Y recuerda que nada de esto es tu culpa, hijo – me besó en la frente y caminó hacia la puerta. Apagó la luz.

– Buenas noches tío – alcancé a decirle.

– Buenas noches campeón – me contestó. Cerró la puerta y me quedé sólo en la cama.

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No podía dormir y escuchaba voces que hablaban en el comedor. Me levanté y fui hacia allá. Cuando me acercaba, pude distinguir que el tío Armando y mamá eran los que hablaban. Me paré cerca del marco de la puerta. Ellos no podían verme, pero yo sí podía verlos.

– Ten Isabel. Para que se la vayan llevando – el tío Armando sacó unos billetes de su cartera y se los dio a mamá.

– Gracias Armando, eres muy amable.

– Es lo menos que puedo hacer. Te amo y lo sabes.

– Yo también te amo mucho. Sólo sigo aquí por ti. Eres en lo único que pienso cuando despierto en las mañanas – mamá lloraba mientras abrazaba al tío Armando.

– Yo también pienso en ti todo el tiempo – le contestó. Empezaron a besarse. Me sentí incómodo al ver eso.

De repente mamá dejo de abrazar al tío Armando y miró hacia la ventana.

– Hay algo que debo decirte. Estoy embarazada otra vez.

– Carajo – el tío Armando empezó a deambular por la sala mientras se frotaba la mano en las sienes.

– ¿Y no podría ser de él?

– No. Hace meses que no me toca ese maldito desgraciado.

El tío Armando se sentó en el sillón y empezó a meditar el asunto. De repente alzó la mirada y levantó el dedo índice. Se le había ocurrido algo.

– No te preocupes Isabel. Una noche que se ponga borracho, dejas que te lo haga. Y al otro día se lo endosas. Nunca se va a dar cuenta. Supongo que no sería la primera vez que lo resolvemos así.

– Supongo que no – mamá también se sentó en el sillón. Parecía avergonzada. Le tomó la mano al tío Armando.

En ese momento me sentí mareado. Yo no sabía muy bien cómo se hacían los bebés. Pero una vez mi amigo Edgar me había platicado que la mamá y el papá se casan y después hacen el amor… se quitan la ropa, se meten en la cama y se tocan. Y por último nace el hijo. De repente se me ocurrió que el tío Armando podría ser el verdadero esposo de mamá. Pero él tenía ya una esposa. La tía Lola. Así que en realidad no supe qué concluir de todo eso.

Sentí una mano que me tocaba el hombro, volteé y pude reconocer la cara de mi padre en medio de la oscuridad del patio. Se puso el dedo en la boca indicándome que no hiciera ruido. Entró tambaleándose al comedor y se sentó en la cabecera de la mesa. El tío Armando y mamá se quedaron callados cuando lo vieron. Él los miraba fijamente con una expresión cómica. Nadie decía nada, pero todos supimos que ese sería el principio de una etapa muy jodida para nuestra familia.

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