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MANTIS

Sep 5 • PLEXUS • 631 Views • No hay comentarios en MANTIS

– Vivimos en un país falocéntrico. Los hombres son quienes manejan las estructuras de poder. No me vengas con esa estupidez de que la mujer puede votar, los artículos 1 y 4 de la Constitución y toda esa palabrería. Eso se lo puedes vender a una persona ignorante, pero a mí no me convences con esas falacias.

Llevaba cinco minutos repitiendo lo mismo. Me arrepentí de lo que había hecho. Nunca se debe contradecir a una feminista radical lesbiana como Violeta. Si lo haces, te enfrentas a media hora de un discurso como ese. Ya no sabía qué hacer para callarla.

– ¿Sabes que, Violeta? Tienes razón y yo estoy equivocado. Me rindo. Tú ganas.

– Típico de los hombres – esa era otra cosa que la caracterizaba, nunca “lo dejaba ir”. – Están acostumbrados a que la mujer no diga nada y se quede callada. Y en cuanto se dan cuenta de que ella saber hablar y sobre todo, argumentar, tratan de minimizarla asumiendo esa actitud pseudointelectual de retirarse de la conversación. Como si se dieran por vencidos porque según ustedes, la interlocutora es muy estúpida y nunca podrá entender la razón absoluta que manejan en sus mentes machistas…

Ya ni siquiera recordaba cómo había iniciado la discusión. Tomé mi taza de café y le di un buen trago. Se había enfriado. Abrí mi cajetilla. Sólo quedaba un cigarro. El último que me fumaría en todo el día. Y no porque pensara dejar el vicio. Simplemente porque ya no tenía más dinero. Me sentí deprimido por eso. Pensé en sacar mi cartera y revisar si quedaban algunas monedas, pero no lo quise hacer. Ahí estaba Violeta y me daba pena que se diera cuenta de mi situación económica tan jodida. Así que fingí escucharla mientras continuaba con sus argumentos. Realmente nunca me ha gustado discutir con la gente. No le encuentro ningún sentido.

Es sólo que cuando llegó a la casa, empezó con su discurso de siempre y yo cometí el gran error de contradecirla en una cosa. Ni siquiera recuerdo en cual. Eso es lo que había convertido un agrio monologo en una agria discusión. Y la verdad de las cosas es que yo no era machista. Y en el fondo ella lo sabía. La única razón por la que le gustaba llevarme la contra es porque estaba enamorada de mi novia y no podía entender lo que hacia ella con un fracasado de mierda como yo. A decir verdad, ni yo mismo lo entendía a veces.

Mi novia se llamaba Mariana, era muy guapa y también inteligente. No era esa inteligencia aguda que sólo gente como Balzac o Bukowski pueden tener. Era esa inteligencia que le gusta a la gente “normal”. Esa que no hace daño a nadie. La que propone soluciones facilonas como mejorar la educación, promover las políticas públicas, cuidar el medio ambiente o fomentar la igualdad de todos los individuos. El tipo de mierda que todos quieren escuchar. Esa inteligencia políticamente correcta que siempre es bien valorada por la sociedad. O al menos por ese montón de gente que se hace llamar sociedad… y que sólo por ser una mayoría aplastante, resulta que en verdad lo son.

Sí, esa era Mariana. Una muchacha discreta y decente que se había pasado años estudiando y sacando dieces en todo. Yo mismo la admiraba. Sé que Violeta también lo hacía. Puedo decir todo tipo de cosas acerca de esa maldita lesbiana, pero debo reconocer que no era superficial y amaba a Mariana sinceramente. Lo peor de todo es que era un sentimiento mutuo. Ellas pensaban que yo no sabía, pero la semana pasada había revisado los mensajes del celular de mi novia mientras se bañaba y entonces lo supe.

Para ser sincero, no me molestaba que Mariana y ella fueran amantes. No me sentía intimidado por el hecho de que mi novia me engañara con una mujer.

– ¿Me estás prestando atención por lo menos? – Violeta se percató de que ya ni siquiera fingía escucharla.

–Sí, claro. Es muy cierto lo que dices.

– Vete a la mierda. Ni siquiera me estás oyendo.

– ¿Qué quieres de mí?

– Nada… olvídalo.

En ese momento, Mariana salió de la habitación. Había terminado de vestirse. Llevaba un vestido rojo entallado que resaltaba su figura, unas zapatillas y el cabello recogido.

Violeta le dijo que se veía guapísima. Mariana le sonrió y pude notar que sus mejillas se sonrojaban ante el cumplido.

A decir verdad, Violeta tampoco era fea. Con algo de maquillaje y un buen vestido, no se vería nada mal. Pero ese no era su estilo. Utilizaba pantalones de mezclilla y camisas vaqueras. Ella y Mariana iban a ir a un evento social. O por lo menos eso me había dicho Mariana. Lo más seguro es que fueran a cenar ellas dos y después a un motel. Estaba convencido de que eso del evento era sólo una excusa. Mariana se acercó a mí.

– ¿Qué te parece? ¿Me veo bien?

– Te ves hermosa.

– Gracias, Ramiro. Por cierto, tal vez llegue tarde. No me esperes despierto.

– Entendido.

– Bueno, nos vemos al rato.

Me levanté del sillón y la abracé.

– Bueno, ya me voy – me besó en la mejilla antes de irse. No le gustaba besarme en la boca frente a Violeta. Supongo que la razón era obvia.

Las vi salir por la puerta principal. Violeta ni siquiera se despidió de mí. Subieron al coche de Mariana y a través de la ventana, pude ver como el automóvil se alejaba hasta convertirse en un punto más a la distancia.

Volví a sentarme en el sillón y revisé mi cartera. Tal como lo supuse, no había nada. Iba a ser una tarde aburrida. Saqué mi último cigarro y lo fumé tranquilamente. Eran casi las seis de la tarde y afuera hacía un clima nublado.

Los últimos meses habían sido difíciles. Solía trabajar en una notaría, pero eso se terminó cuando el notario falleció. Un ataque al corazón mientras paseaba a su perro en el Conzatti. Una verdadera lástima. No había encontrado trabajo desde entonces.

El papá de Mariana tenía un periódico y ella trabajaba ahí. Por eso la invitaban a todos los eventos de la gente rica de Oaxaca. A mí no me gustaba ir. No hay nada más deprimente que asistir a esas cenas cuando no eres rico como los demás invitados. Esa era otra razón por la que no me molestaba Violeta. A ella le encantaban esos eventos. Quería ser una de esas personas subversivas que critican a los ricachones porque “ya se han movido en esos círculos”.

Me recosté en el sillón y miré alrededor. Todo parecía estar en su sitio. Estuve ahí un buen rato. Después me levante y fui hacia la habitación. Me senté en la cama y encendí la televisión. Estaban pasando una telenovela acerca de una familia disfuncional en la que todos conspiraban contra todos.

Abrí el cajón donde guardaba mis condones y encontré un billete de doscientos pesos. Supuse que Mariana no lo extrañaría y me lo metí en la cartera. Fui por mi celular que estaba en la sala y me recosté en el sillón mientras revisaba mi lista de contactos. Estaba seguro de que tenía un asunto pendiente, pero no lograba recordarlo. Llegué a “Mecánico Gustavo Ruiz” y entonces lo recordé. Mi automóvil llevaba dos semanas descompuesto y aún no había pasado a verlo al taller. Llamé, pero nadie contestó. Colgué. Fui a la cocina y tomé una cerveza del refrigerador. Me la bebí con calma.

Salí de la casa y fui caminando a la tienda. Estaba a media cuadra. La atendía una anciana. Tomé una cajetilla de Delicados. La puse en el mostrador.

– ¿Cuánto?

– Ramirito, ya deberías dejar ese vicio.

– ¿Sabe qué, doña Tere? Tiene razón. Ya no me dé la cajetilla. Voy a la tienda de la esquina a comprarla. Allá sólo me juzgan por mi dinero.

– En la tienda de la esquina no venden Delicados. Yo lo sé y tú lo sabes.

– Ni hablar ¿Pero sabe qué? Igual me los llevo.

Me vendió los cigarros y encendí uno afuera de la tienda. La calle lucía tranquila. Unos niños con uniforme de escuela le arrojaban galletas a un perro callejero y un anciano caminaba con una botella de mezcal a lo lejos. Ninguno de ellos me parecía familiar. Eran las seis y media de la tarde del veintitrés de mayo del dos mil trece. Me senté en la banqueta y volví a intentar llamarle al mecánico. Esta vez sí contestó.

– Si, bueno. ¿Quién es? – se escuchaban voces al otro lado de la línea.

– Gustavo… soy Ramiro Saldaña. Tu mejor cliente.

– Si fueras mi mejor cliente, estaría jodido. ¿Cuándo pasas a ver tu carro? Ya lo revisé y aquí tengo la cotización de las piezas que le faltan.

– ¿Qué te parece dentro de media hora?

Se quedó unos segundos en silencio. Tapó la bocina para que yo no pudiera escuchar lo que decía.

– ¿Y?

– Sí, perfecto. Aquí te espero.

– Hecho. Voy para allá.

– Sí – se limitó a responder y colgó.

Vi que venía un camión. Le hice una seña para que se detuviera. El chofer llevaba una playera de los Pumas y unos lentes Ray-Ban piratas. Le pagué y me senté en uno de los asientos de atrás. Los últimos rayos de sol penetraban por las ventanas y el camión estaba casi vacío. Reemprendió la marcha con lentitud.

Los mismos automóviles de siempre transitaban por las calles. Se escuchaba una canción de reggaetón en el estéreo del camión. En poco tiempo, el Tule quedó atrás y el autobús recorría la carretera rumbo a Oaxaca. Era un trayecto muy tranquilo, al menos hasta el monumento a Juárez. No había muchas casas. El gobierno del estado, años atrás, había decidido que la ciudad debía ampliarse hacia los Valle de Zaachila y Etla. Por esa razón, no existían muchos fraccionamientos nuevos en el Valle de Tlacolula. Y eso a mí me parecía muy bien. Lo que menos quiere uno es que de repente todo el lugar se empiece a llenar de gente. Es bueno vivir en un lugar donde aún se conserva ese ambiente rural. Las calles son más seguras. En Xoxocotlán o San Martin no podías andar por la calle después de las nueve de la noche, porque se llenaba de cholos. En cambio, en el Retiro, uno podía andar con calma a las dos de la mañana sabiendo que todos los vecinos se conocían.

Mientras contemplaba la carretera a través de la ventana del camión, pensé en un sueño recurrente que había tenido durante la última semana. Empezaba conmigo manejando mi coche. Estaba en una ciudad costera. Me invitaban a una fiesta y por una u otra razón, nunca podía llegar. Había un momento en que empezaba a sentir como uno de mis dientes inferiores estaba flojo. Lo movía para sacarlo y al momento de jalarlo, se me caían cuatro dientes de un sólo golpe. Dos inferiores y dos superiores. Me miraba en el retrovisor del automóvil sabiendo que eran dientes permanentes y jamás podría recuperarlos. Era una pesadilla muy vivida. Se repetía todas las noches. Despertaba con la frente llena de sudor y me revisaba la boca, para asegurarme de que sólo había sido un sueño. No sabía que concluir de eso. No se lo había contado a nadie, ni siquiera a Mariana. Desde que supe lo de ella y Violeta, me costaba trabajo confiarle cosas.

El autobús se detuvo en la parada del mercado de las Flores y bajé. Entré al mercado y salí por la parte de atrás. El taller de Gustavo estaba a dos cuadras de ahí. Había empezado a oscurecer y hacía un poco de frio. Caminé con las manos en los bolsillos. Llegué a la calle donde estaba el taller. Gustavo revisaba el Mustang de alguno de sus clientes. Me miró a la distancia e hizo una seña de saludo. Había otros dos tipos sentados en la banqueta, platicando entre ellos y sirviéndose coca-cola en vasos de unicel.

– Ramirito, milagro que te dejas ver – me dijo Gustavo.

– He estado ocupado.

– Ustedes los ricos siempre están ocupados.

– Si fuera rico, no estaría aquí.

– ¿Dónde estarías?

– ¿Yo que sé? En la playa con Bárbara Mori.

Los otros dos tipos rieron. Uno de ellos, alto y con mostacho me ofreció un vaso de coca-cola. Lo acepté y me senté en la banqueta.

– ¿Cuándo llega ese cabrón del Juanito? Lo enviamos por el pollo hace como media hora. No me extrañaría que ese pinche chamaco se haya robado nuestro dinero – dijo el otro tipo. Uno delgado con cara de castor. Ya lo había visto antes. Todos le decían el “Mai”. Era el copropietario del taller, junto con Gustavo.

– Ahí viene ese huevón – respondió el de bigote.

Un muchacho de unos diecisiete años con el cabello desaliñado caminaba hacia el taller con una bolsa. Llevaba una playera de alguna campaña política vieja. Esas eran las playeras que utilizaban los mecánicos para su trabajo. Después de todo, no importaba ensuciarlas.

– ¿Por qué tardaste tanto Juanito? ¿Fuiste a criar al pollo o qué? – le preguntó el “Mai” cuando lo vio llegar.

– Estaba cerrada la pollería de la esquina. Tuve que ir a la otra.

– Como sea. Trae pa’ acá – le hizo una seña de que le diera la bolsa. – Ahora a comer – dijo mientras sacaba el pollo, lo cortaba con un cuchillo de plástico y ponía una pieza en cada plato.

– Ya hacía falta algo para llenar la panza – dijo Gustavo. Cerró el cofre del Mustang y se sentó en la banqueta a comer. No lo quise presionar para que me dijera lo de las piezas de mi coche… ya que, al fin y al cabo, ni siquiera tenía dinero para pagarle.

– ¿Tú vas a querer, Ramiro?

– Ya estas. Échame una patita, “Mai”.

Me dio un plato con una pata de pollo y empezamos a comer. El sol se escondía y el cielo se oscurecía poco a poco.

– Estos carros nuevos son pura mierda – dijo el tipo del mostacho. – Yo aún tengo mi vochito y me rinde a toda madre – hablaba mientras masticaba. – Es más, el otro día fui con mi familia a ver a una cuñada que vive en Ixtlán y con doscientos pesos que le puse, me alcanzó para el viaje de ida, los dos días que anduve por allá y el viaje de regreso. Esos carros son chingones. Aguantan de a madres.

– Pos claro que te alcanzaron los doscientos pesos, cabrón – le respondió el “Mai”. – Si ni calles hay en ese pinche pueblo feo. ¿A dónde pudistes haber manejado?

– No, pus eso sí.

Nadie dijo nada durante un rato. Seguimos comiendo ese pollo que estaba muy bueno, mientras veíamos la puesta de sol sobre el cerro de San Felipe. Gustavo terminó de comer y miró al muchacho que había traído el pollo.

– Vete por la cotización del Ramirito, pinche chalan éste – le dijo.

Juanito dejó el plato y entró al taller. Salió con la cotización y se la dio a Gustavo. Después él y yo nos alejamos de los demás. Para hablar en privado.

– Mira Ramiro, así está la cosa. Van a ser cinco mil pesos por todas las piezas que necesita tu coche. Entonces, ¿Qué dices? ¿Te animas?

– ¿Cinco mil pesos… seguro que es el mejor precio que pudiste conseguir?

– Fui al lugar más barato de la ciudad. Todas las piezas hay que traerlas de fuera. No vas a encontrar mejor precio en Oaxaca.

Me sentí decepcionado. Había tenido la esperanza de que no fuera tan grave. Pero supongo que así es eso de los coches. Lo compras, te ayuda a llegar a todos lados y un buen día se descompone… y cuando llega ese día, hay dos resultados posibles. O es algo menor que se arregla con doscientos pesos, o es algo grave que te cuesta cinco mil pesos en el lugar más barato de la ciudad. Así son los automóviles. Así es todo en la vida.

– Está bueno. Pero ahorita no tengo lana, Gustavo. Dame un mes para juntar los cinco mil.

– Ya estás, Ramiro. Pero sólo porque eres cuate.

– Gracias.

Metí la cotización en uno de los bolsillos de mi chamarra y regresamos a donde estaba el Mustang estacionado. Me senté en la banqueta y terminé de comer el pollo.

Todos le dimos nuestros platos al tipo de mostacho y él los puso en una bolsa de plástico. Saqué mi cajetilla de cigarros y les ofrecí. Todos quisieron. Hasta Juanito. Estaba a punto de dárselo cuando el “Mai” me detuvo.

– A ese mocoso no le des – me dijo.

– ¿Y por qué no? – preguntó Juanito.

– Porque estás muy chamaco para fumar. Primero que te crezcan pelos ahí abajo y ya después pensarás en fumar. Pinche muchito bembo este – Gustavo y el de mostacho empezaron a reírse.

– Vete a la chingada, “Mai”. Ya soy un hombre – respondió Juanito.

Le hubiera dado un cigarro, pero ya había guardado la cajetilla.

– ¿Dónde puedo echar una firma, Gustavo? – pregunté.

– Ahí, en el taller, en cualquiera de las esquinas.

Entré al taller. Mi carro estaba ahí. Era un Chrysler Concorde. Estaba empolvado porque llevaba varios días sin moverse. Oriné en una de sus llantas. Ya había oscurecido y no podía ver el humo del cigarro que exhalaba. Se me ocurrió una idea mientras estaba ahí parado entre mi carro y el muro.

– Oye, Gustavo. Quiero hablar algo contigo.

– Ramiro… regálame un cigarro, carnal – me dijo Juanito.

– Ya no estés jodiendo, maldito chalan – le dijo Gustavo.

Gustavo y yo nos alejamos una vez más. Algunos grupos de moscos volaban cerca de los faroles que alumbraban la calle oscura.

– Dime, Ramiro.

– Gustavo, si yo quisiera vender mi Concorde. ¿Cuánto me darían por él?

Se quedó reflexionando la pregunta mientras movía la cabeza de un lado a otro.

– No lo sé. Quizás unos cuarenta mil pesos cuando lo terminemos de arreglar.

– No, Gustavo. ¿Cuánto me darían por él así como esta? Ya sabes… jodido.

– ¿Así lo quieres vender? Pues no sé, quizás unos quince mil. Yo te daría eso.

– ¿Tú me lo comprarías?

– Bueno, no me refería a que yo lo quiero comprar. Pero ahora que lo mencionas, puede ser, supongo que no sería mala idea.

– Entonces, ¿Cuánto me das por él?

– Eh… yo diría, diez mil pesos.

– No me jodas, Gustavo. Acabas de decir quince mil.

– Sí, bueno – hizo una mueca extraña, como si se arrepintiera de haber mencionado lo de los quince mil. – Ah, ¿Qué carajo? – dijo. – Te doy quince mil.

– Trato hecho.

– La cosa es que ahorita sólo tengo cinco mil. Lo demás podría juntarlo hasta el quince de junio, dentro de unos veinte días.

– Sí, eso es lo de menos, no te preocupes.

Sacó unos billetes de su bolsillo y los empezó a contar. Me dio cinco mil pesos. Los tomé y los guardé en mi cartera. Nos dimos la mano y regresamos al lugar donde estaban todos.

– Vamos a celebrar con un brindis, sírvenos una “Cuba” a todos – dijo Gustavo mientras sacaba una botella de ron de su otro bolsillo.

– ¿Celebrar qué? – respondió el “Mai”. – El mundo es una mierda y no hay nada que celebrar.

– Acabo de comprar el Concorde. Eso es lo que vamos a celebrar. Sírvenos “Mai”.

Nos sirvió a todos, incluyendo a Juanito y brindamos por su nueva adquisición. Miré hacia el interior del taller y vi mi Concorde estacionado ahí. Empolvado y descompuesto. No pude evitar sentir algo de tristeza. Me bebí la cuba de un trago y dejé el vaso de unicel en la banqueta.

– Bueno, amigos. Me encantaría quedarme pero ya es hora de irme.

– Ven por el resto el quince de junio – dijo Gustavo cuando me despedí de él.

– Cuenta con ello.

Llegué a la parada de Ixcotel y me senté a esperar un camión o un taxi que me llevara de regreso a mi casa. Los travestis estaban sentados al otro lado de la calle esperando a que llegaran sus clientes habituales. Toqué mi bolsillo para asegurarme de que los cinco mil pesos seguían ahí. Pensé que sabiendo racionarlos, me durarían un mes. Los otros diez mil me durarían dos meses. Eso significaba que me volvería a encontrar en la misma situación en la que había estado esa misma tarde para finales de agosto. ¿Qué haría para ese entonces? Tal vez Mariana ya se habría decidido a abandonarme para esas fechas.

En ese momento, un taxi se detuvo y una señora bajó. Aproveché para subirme. Era uno de esos taxis de sitio, que cobran mucho más caro que los colectivos, pero no me importó. No tenía ganas de sentarme junto a nadie.

– ¿Cuánto por llevarme al Retiro? – le pregunté al chofer.

– Al Retiro… cien pesos.

– Hecho – subí al asiento trasero y el taxi arrancó.

Eran casi las nueve de la noche. Las nubes tapaban las estrellas. Los limosneros esperaban a que los semáforos se pusieran en rojo para pararse frente a los automóviles y escupir gasolina en sus antorchas. Desde el dos mil seis, Oaxaca había cambiado para siempre. Y no había sido uno de esos cambios buenos. Al contrario, era como si la sociedad se hubiese enfermado. Todo se reducía a conseguir suficiente dinero para poder largarse de ahí. Esa parecía ser la mentalidad colectiva. Si estabas en Oaxaca, era porque no tenías suficiente para irte de una buena vez.

El taxi recorría la carretera y yo estaba cansado. Se detuvo en el semáforo de San Sebastián Tutla y pude ver una cara familiar a la distancia. Era una muchacha a la que había conocido en la secundaria, diez años atrás. Estaba sentada en la banqueta llorando. Le pedí al taxista que se detuviera frente a ella. Abrí la puerta y se asustó al verme. No me reconoció.

– Beatriz, soy Ramiro Saldaña.

– No te conozco.

– Era el mejor amigo de tu hermano Rogelio en la secundaria. A veces iba a tu casa los fines de semana. ¿De verdad no te acuerdas?

– ¿Ramiro? ¿Cómo estás? – se secó las lágrimas y trató de parecer calmada.

– ¿Sigues viviendo en el mismo lugar?

– Sí, ¿Por qué?

– Bueno, es que te veo aquí sola en la noche y parece peligroso. Si quieres sube al taxi y te paso a dejar.

– Van a ser cincuenta pesos más por eso – dijo el taxista.

– Sí, no importa.

Se quedó un rato reflexionando mi propuesta. Terminó aceptando. Se levantó de la banqueta y subió al taxi. Fue un viaje silencioso. No hablaba mucho. Entramos al Tule.

– Aquí estoy bien – me dijo.

– ¿En serio?

– Sí, necesito caminar un poco. ¿Gustas acompañarme?

Mi casa no estaba muy lejos y yo también necesitaba caminar un poco.

– ¿Por qué no? – contesté. – Aquí bajamos, amigo – le dije al taxista.

Nos bajó en la entrada del pueblo. Frente al arco amarillo que daba la bienvenida a todos los turistas. Le pagué y se fue. Las nubes empezaban a abrirse y se podían ver algunas estrellas a lo lejos.

– Debes pensar que estoy loca.

– Todos estamos un poco locos.

– No acostumbro hacer eso… ya sabes, llorar en la carretera a las nueve de la noche.

– Tus razones habrás tenido.

– Has cambiado mucho, Ramiro. No te reconocí cuando me hablaste desde el taxi.

– Sí bueno, supongo que diez años no pasan en balde. ¿Y que ha sido de Rogelio? ¿Cómo está?

– Murió.

– ¿En serio, hace cuánto?

– Dentro de un par de meses se cumplen cuatro años.

Me sentí mal por eso. Rogelio había sido mi mejor amigo en la secundaria. Solíamos escaparnos de la escuela e ir a los videojuegos todo el día. Otra cosa que hacíamos era tomar nuestros rifles de municiones e irnos en bicicleta al monte para cazar conejos o aves. Perdí contacto con él después de la secundaria.

– ¿Y que ha sido de ti? – me preguntó.

– No mucho. Solía ser notario auxiliar. Me iba bastante bien, pero el notario murió hace poco y ahora estoy en busca de algo. ¿Y tú?

– Estudié veterinaria. Tengo un consultorio en el centro.

– ¿Y estas casada?

– No, y creo que nunca lo estaré.

– ¿Por qué dices eso? ¿Tiene que ver con lo de hace rato, lo de la carretera?

– Sí.

– Ya veo.

No entramos en detalles. Nada es más molesto que escuchar a la gente hablar acerca de sus problemas amorosos. Yo lo sabía y ella lo sabía.

– Que bonita noche, ¿eh? – le dije para cambiar el tema.

– Sí, hay luna llena.

Seguimos caminando. El eco de nuestros pasos y el sonido de las chicharras era lo único que se escuchaba. Pasamos frente al palacio municipal del Tule. Unos policías estaban sentados en una banca… esperando que algo pasara para tomar sus camionetas y meter a alguien a la cárcel.

– ¿Ramiro?

– ¿Si?

– Gracias por ayudarme. Fue muy amable de tu parte.

– No te preocupes, es lo menos que puedo hacer.

– Rogelio hablaba mucho de ti, ¿sabes? A menudo decía que te iba a contactar. Tenía la idea de poner un restaurante y se enteró de que estabas estudiando derecho. Decía que tú eras la persona indicada para llevar todos los asuntos legales de sus negocios.

– ¿En serio? Eso hubiera estado bien.

– Sí, también me gustó la idea.

– Aun no puedo creer que esté muerto. ¿Dónde lo enterraron?

– En el panteón general.

– Alguno de estos días voy a pasar a verlo.

Caminamos hacia la calle donde vivía Beatriz. Había un charco que estorbaba en el camino. Me tomó de la mano para saltarlo. No me la soltó después. Llegamos hasta su casa.

– Gracias por acompañarme, Ramiro. Necesitaba platicar con alguien esta noche.

– No hay de qué.

Me dio un abrazo y me besó la mejilla. Se dio la vuelta y caminó hacia su casa.

– Beatriz…

Se detuvo a medio camino y volteó a verme.

– ¿Qué pasa?

– Me preguntaba si… nada, olvídalo. No es importante.

– Dime.

– Bueno, ojalá podamos salir un día de estos. Ya sabes, a tomar un café… claro, sólo si tú quieres.

– Me encantaría – sacó una hoja de papel y una pluma de su bolso. Anotó su número de teléfono y me la entregó.

– Ya está hecho, entonces.

– Claro que sí – respondió. Caminó de nuevo hacia su casa y justo antes de entrar volteó a verme y sonrió.

Me guardé el papel en el bolsillo y caminé a mi casa. No había faroles en la calle, pero no hacían falta. La luna llena brillaba en el cielo y alumbraba la noche.

Llegué y vi que el automóvil de Mariana estaba estacionado en la entrada. También estaba el de Violeta. Me miré en el parabrisas del automóvil de Mariana. Mi dentadura estaba desgastada, pero los dientes se veían bien puestos. Me recargué en la cajuela y encendí uno de los Delicados de mi cajetilla. Sabía que el hecho de que el automóvil de Violeta siguiera ahí estacionado, no podía significar nada bueno. Aunque debo admitir que ya lo había visto venir desde antes.

Pensé en Beatriz. Ella era una buena persona, quizás la mejor que había conocido en mucho tiempo. Valía la pena arriesgarse y llamarle.

Un automóvil pasó frente a la casa a toda velocidad. Unos muchachos de unos veinte años iban con las ventanas abajo escuchando música electrónica a todo volumen. Uno de ellos me miró al pasar. Me recordó a mí mismo cuando era más joven. Me sentí viejo al pensar eso.

Miré hacia el horizonte. Las nubes se habían dispersado y las estrellas brillaban alrededor de la luna llena. A partir de ese momento, cualquier cosa podía suceder.

 

Ilustración por Oscar Camilo de las Flores.

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