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Ago 30 • PLEXUS • 534 Views • No hay comentarios en MEJOR AHORA

Todo empezó el veintitrés de mayo del dos mil trece. Estaba sentado en un sillón de mi casa leyendo un libro de Ibargüengoitia. Bebía un jugo de arándano y uva de los que venden en el supermercado. No sabía mal. Estaba tratando de dejar mi adicción a la coca-cola y ese era un buen substituto. Raquel estaba en la cocina preparando una sopa de fideos. Cortaba la cebolla y el jitomate y las metía en una sartén junto con la pasta. También le ponía aceite de oliva. Después, vaciaba todo el contenido en una olla con agua hirviendo. Por último lo sazonaba con Knorr Suiza y un poco de crema. Habíamos aprendido esa sencilla receta algunos años antes, cuando empezábamos a vivir juntos y no teníamos dinero. Todo el platillo costaba unos veinte pesos y no sabía mal. O por lo menos sabía mucho mejor que no comer nada.

Escuché un llanto en el tejado. Dejé el libro a un lado, me puse un suéter y salí al jardín. Vivíamos en la colonia los Frailes, en Tlalixtac. Era un fraccionamiento agradable. Teníamos un amplio jardín circundado por una cerca, la cual habíamos puesto para que el negro no atacara a los perros de los vecinos.

Las hojas de los árboles se mecían con el viento. Era una tarde nublada. Se sentía una apacible calma alrededor. El negro miraba hacia el techo.

– ¿Qué pasa amigo? – le dije. – ¿Qué tanto observas allá arriba?

Se limitó a verme con su expresión indiferente. Después volvió a mirar hacia el tejado. Era como si me indicara que yo también debía mirar. Así lo hice. No alcance a distinguir nada fuera de lo normal. Se escuchaba el llanto de algún animal, pero no se podía saber de qué parte del tejado provenía. Pensé en ir a la bodega y sacar las escaleras para echar un vistazo. Pero Raquel me detuvo.

– Ya está la sopa, Armando – gritó desde la cocina.

– Bueno amigo, no he comido nada desde la mañana. Lo que sea que esté ahí, va a tener que esperar. Vigila por si acaso.

Le acaricie el lomo y empezó a mover la cola. En cuanto vio que me alejaba, concentró su mirada en el tejado, como esperando un movimiento para ponerse en acción.

Entré a la casa y comí dos platos de sopa. Después ayudé a Raquel a lavar los platos y me olvidé del asunto. Al menos hasta el día siguiente.

Eran las cinco de la tarde. Venía llegando del trabajo. Raquel siempre llegaba antes porque la escuela donde trabajaba cerraba a las tres. Entré a la casa y la vi sentada en uno de los sillones de la sala. Tenía los ojos enrojecidos y se veía despeinada.

– ¿Que te pasó? – le pregunté.

– El negro es una maldita bestia.

– ¿Ahora que hizo ese perro estúpido?

– ¿Recuerdas que ayer me hablaste de un ruido en el tejado?

– Sí.

– Pues resulta que una gata tuvo a sus crías ahí. Hoy se cayó una. Traté de salvarla, pero el negro la tomó del cuello antes de que yo pudiera hacer cualquier cosa. Mató al gatito y se lo empezó a comer. Tuve miedo de que me quisiera morder si se lo quitaba, así que entré a la casa y no hice nada más.

Sentí alivio al escuchar su historia. Por un momento creí que había sucedido una verdadera tragedia. Me acerqué al sillón y la abracé.

– Es sólo un animal. Así es la naturaleza, los perros comen gatos.

– Y lo peor de todo es que sigue comiéndose el cadáver. Es un sádico.

– Yo me encargo de eso.

Salí al jardín. El negro ya se había aburrido de mordisquear a su presa. La había dejado junto a la cerca, mientras él se revolcaba en el pasto. A veces hacia eso para entretenerse. El pequeño cadáver yacía con los intestinos y la masa encefálica de fuera. Parecía una especie de tributo que el negro me ofrecía. Ese parecía ser su código. Siempre que mataba algún animal, lo dejaba en el jardín. Quizás él lo veía como alguna especie de agradecimiento a cambio de alimentarlo y cuidarlo todos los días. Tal vez en su mente perruna, pensaba que yo me comía la otra mitad. Es algo raro. La manera como funciona la mente de los perros.

Fui a la bodega y tomé la pala. Me acerqué al lugar donde yacía el pequeño cadáver y con ayuda de mi zapato, logré agarrarlo. Estaba fresco, aun sangraba mientras lo llevaba hacia la composta de la señora Morales. A ella no le molestaba que yo tirara ahí los cadáveres de los animales que se comía el negro. Eran buenos fertilizantes para la tierra. Lo arrojé y cayó junto a unas ramas. Volví a poner la pala en la bodega y regresé a la casa.

– Ya me deshice del gatito – le dije a Raquel.

– Gracias. Pero lo que más me preocupa es que haya otros allá arriba. Tenemos que salvarlos antes de que se caigan y el negro se los coma.

– No lo sé, Raquel. Si una gata es tan torpe como para tener a sus cachorros en una casa donde hay un perro como el negro, quizás merece que mueran.

– Ese es un razonamiento monstruoso. ¿Por qué no tomas la escalera y revisas?

– ¿Por qué no lo haces tú, señora protectora de los animales?

– Ja ja ja, qué chistoso eres. Porque yo no sé usar la escalera. Además el techo es de teja y puedo caerme.

– Esta bien, tú ganas. Pero hoy estoy cansado, quizás mañana lo haga.

Fui al estudio y estuve toda la tarde viendo “Los Siete Samuraís” de Kurosawa. La había comprado desde la semana pasada y no había tenido tiempo de verla.

Raquel salió a cenar con unas amigas suyas. No me invitó y eso estuvo bien. La verdad tenía ganas de estar solo. Había sido una semana difícil en el juzgado. Demasiados expedientes. ¿Por qué la gente no puede simplemente resolver sus problemas hablando? Hoy en día, se demandan unos a otros por cualquier cosa. Nunca he sabido que les gusta más, si el hecho de pelear, o el placer de que un juez les dé la razón. Al final de todo, terminan gastando más en los honorarios del abogado que en la cantidad por la cual empieza el pleito.

La película terminó y fui a la cocina a prepararme un sándwich de jamón y queso. También me serví un vaso de leche. Estaba cenando cuando escuché otro llanto en el tejado. Eran casi las nueve de la noche. Era un sollozo agudo que no se detenía. Decidí salir para ver que estaba pasando. El negro estaba igual que el día anterior, con la mirada fija en el tejado. Encendí la luz del jardín y pude a ver a uno de los gatitos. Temblaba en el límite del techo, estaba a punto de caerse.

Podía fingir que no había visto nada y regresar a la casa. Seguramente el gato terminaría cayéndose y al otro día se repetiría lo de la pala y la composta. Pero por alguna razón, decidí ir por la escalera a la bodega y ayudar al gatito. Me costó trabajo acomodarla. Era de noche y estaba oscuro.

El gatito empezó a maullar cuando vio que me acercaba. Traté de agarrarlo y por poco me muerde la mano. Fui a la casa por una toalla y volví a subir por la escalera. El negro seguía alerta. En su retorcida mente pensaba que yo le tiraría al gatito para que se lo comiera. Subí hacia donde estaba el animalito y lo cubrí con la toalla. Trató de zafarse, pero fue en vano. Yo era más fuerte. Bajé con el bulto en el brazo y dejé la escalera en la bodega. El negro me siguió todo el trayecto. Pero lo ignoré. Cerré el ventanal que daba al jardín y solté al gato. Salió corriendo y se escondió debajo del sillón. Aún maullaba, pero ya no tanto. Me agaché para mirarlo, sus pequeños ojos brillaban como luciérnagas en la oscuridad de la sala. Fui a la cocina y le serví leche en un plato. No se atrevió a salir de su escondite. Me fui a dormir.

A la mañana siguiente, el plato estaba vacío. Raquel estaba dormida, seguramente había llegado tarde y ni siquiera se percató del pequeño gato que estaba escondido bajo el sillón. Me agaché como antes y lo llamé. Se acercó lentamente. Lo cargué y me senté en el sillón. Tenía lagañas en los ojos y se veía enfermo. Fui por una servilleta a la cocina y se las quité. Empezó a lamerme los dedos. Era del mismo tamaño que mi mano. No tendría ni un mes. Lo puse en mis rodillas y empecé a acariciarle la panza. Era pequeño y frágil. Me sentí feliz de haberlo rescatado.

Era sábado y no tenía mucho que hacer, así que lo llevé al veterinario para que lo bañaran. Le compré comida y una caja de arena. Cuando regresé, Raquel ya se había despertado. Le gustó el gato. Decidimos que viviría en la sala hasta que encontráramos que hacer con él, porque una cosa era segura, no se podía quedar con nosotros. En el primer instante en que se nos ocurriera dejar abierto el ventanal que daba al jardín, el negro aprovecharía para matarlo.

Así continuaron las cosas por los siguientes días. Tardamos poco tiempo en darnos cuenta de que ese gato era un animal asqueroso. Me parecía impresionante que una cosa tan pequeña fuera capaz de hacer porquerías tan grandes. Además, buscaba los lugares más difíciles para hacerlo. Por alguna razón, no le gustaba utilizar su caja de arena. En pocos días, apestó toda la casa.

Cada vez era más difícil limpiar sus desechos. Un día que los del sindicato tomaron el juzgado, aproveché para hablar con el jardinero del fraccionamiento. Se llamaba Ramón y era un buen tipo. Aun hasta hoy, después de lo que sucedió, no puedo decir que le guardo algún rencor.

En fin, le ofrecí dinero por limpiar lo que dejaba el gato. Estaba barriendo las hojas del jardín de la señora Morales, reflexionó mi propuesta y terminó aceptando. Ramón era alcohólico y constantemente se quedaba sin dinero. Nunca despreciaba los trabajos que la gente del fraccionamiento le ofrecía. Quedamos en que se encargaría de eso los lunes, miércoles y viernes.

Durante el resto de la semana continué cuidando al gato. Aún era pequeño. Le gustaba jugar con una bola de estambre. Raquel ya no lo soportaba y tampoco puedo decir que la culpo. A ella siempre le encantó abrir los ventanales de la casa para que entrara el aire y ahora no podía hacerlo, porque siempre estaba latente el peligro de que el negro aprovechara para entrar y matar al pequeño animal.

Las cosas entre el gatito y Raquel llegaron a un punto álgido el sábado de esa misma semana. Eran alrededor de las ocho de la noche. Yo estaba dándole de comer al negro. Le daba sus croquetas y rompía un huevo encima para que tuviera más sabor. A él le encantaba. Era una de sus comidas favoritas. Disfrutaba viéndolo comer. Era un buen perro. Sabía que yo era su amo y que no intentaría quitarle su comida. Conocía la lealtad y la gratitud.

Mientras lo miraba, escuche que Raquel gritaba. Fui para la casa. Cuando entré, vi que sostenía al gato del cuello. Parecía como si quisiera estrellarlo contra la pared.

– ¿Qué estás haciendo? – le pregunté.

– Esta maldita bestia arruinó el vestido que acabo de comprar. El que iba a utilizar para la boda de Jimena.

– Déjalo en paz. Es sólo un animal.

– Es un idiota. Un día de estos voy a dejar abierto el ventanal del jardín. Eso será lo mejor para todos.

–No lo digas ni de broma.

Le quité al gato y lo apreté contra mi pecho. Temblaba. No se había dado cuenta de lo que hizo. Él no conocía los conceptos del bien y el mal. Condenarlo era injusto.

– No sé porque quieres tanto a esa porquería. Todo lo que hace es apestar la casa y molestar.

– Es lo mejor que nos ha sucedido en mucho tiempo. Es lo más parecido a… es algo que tú nunca podrás darme.

– ¿Cómo te atreves, maldito cabrón? ¿Esa es la razón entonces?

– Sí, esa es.

Sin quererlo, había tocado un tema muy sensible. Ambos sabíamos lo que se dijo. Era algo de lo que nunca hablábamos. Por un momento, me sentí mal por haberlo dicho, pero fue sólo por un momento. La verdad era que yo había querido tocar ese tema desde hacía tiempo.

Ella no dijo nada. Fue hacia la cocina y no salió en un buen rato. Yo me quedé acariciando al gato y al poco tiempo se tranquilizó y se durmió.

Llegó el lunes. Le puse comida en su plato. Antes de salir, hablé con Ramón y le recordé lo importante que era dejar la puerta cerrada mientras limpiaba los desechos del gato. Se lo repetí tres veces. Él hacía como que escuchaba mis indicaciones y yo de verdad pensé que no sería tan estúpido.

Subí al coche y me dirigí al juzgado. Ya había terminado casi todos los expedientes de la semana, así que no hubo mucho trabajo.

Era secretario de acuerdos en el noveno juzgado civil de Oaxaca. Mi función consistía en elaborar acuerdos y desahogar las pruebas de los juicios. Ese día sólo debía encargarme de dos expedientes. El primero era un reivindicatorio promovido por una señora que alegaba que sus vecinos le habían quitado unos metros de su terreno (eso es algo curioso de los juicios civiles, casi siempre se promueven contra los vecinos). Recibí sus alegatos y le señale fecha y hora para la audiencia. Ni siquiera tuve que acordarlo yo. Tenía a un pasante de la facultad de derecho que lo hacía por mí. Se llamaba Santiago. No utilizaba la computadora. Decía que quería aprender a redactar de memoria y lo hacía en máquina de escribir.

El otro asunto era un ejecutivo mercantil. Un hombre demandaba a su primo porque no le había devuelto un préstamo. Como todos los acreedores, podía pagar a un buen abogado y había contratado a Domingo Cisneros. Él conocía de esos juicios. Yo veía algunos de sus asuntos desde que empecé en el Poder Judicial. Incluso mi padre había acudido a él en alguna ocasión. Tendría unos ochenta años. Había sido funcionario del gobierno. Pero cuando llegó el cambio de régimen en el dos mil diez, lo sacaron. Así que regresó a su despacho. A veces, iba a promover él mismo. Era un hombre agradable. Todos los abogados lo son cuando van al juzgado. Lo que menos quieren es caerle mal a los funcionarios.

Muchos lo saludaron. Era maestro de la facultad de derecho y por lo tanto, fue maestro de muchos de nosotros. Incluso fue mi maestro de Teoría del Derecho. Utilizaba un bastón y citaba los mandamientos del abogado cada vez que se le presentaba la oportunidad. Su secretaria fue a dejar las promociones mientras él se entretenía coqueteándole a Valeria, la actuaria, quien también había sido su alumna.

– Cada vez que te veo estas mejor, Vale. Vente conmigo y ya no vas a tener que trabajar ni un día más de tu vida.

– Ay lic – Valeria se reía. – Usted nunca cambia.

– Ni tú, excepto porque cada día me gustas más.

Y así siguieron platicando. Yo me concentré en el acuerdo del juicio ejecutivo que estaba elaborando. Era un asunto lamentable. Como lo dije antes, quien promovía el juicio había podido contratar a Domingo Cisneros. Mientras que el deudor había tenido que conformarse con el defensor de oficio. Un muchacho torpe que ni siquiera sabía ofrecer pruebas. Todo aquel que lo tuviera como abogado, estaba condenado al fracaso. El maestro Cisneros lo sabía. Por eso se ponía tan contento cuando le tocaba un ejecutivo mercantil en el noveno civil y la otra parte recurría al abogado de oficio. Eso significaba que el asunto estaba ganado con el mínimo esfuerzo.

Di por terminado el día a las dos y media. Ya no quedaba más por hacer. Los expedientes estaban acordados.

Fui a comer a un restaurante cerca de ahí y me dirigí hacia la casa. Cuando llegué, Raquel estaba sentada en el cofre de su automóvil fumando un cigarro mientras contemplaba las montañas. Me vio llegar y sonrió.

– ¿A qué viene esa sonrisa? – le pregunté.

– Tú siempre me reclamas lo mismo. ¿Algo que nunca podré darte, eh? Pues déjame decirte que ahora nunca lo tendrás.

Un escalofrío me recorrió la espalda. Corrí hacia la casa. La puerta estaba abierta. Volteé alrededor. El negro se revolcaba en el pasto. Miré hacia el terreno. Ahí estaba Ramón, llevaba mi pala y tiraba algo en la composta. Caminé hacia donde estaba. Volteó y me vio venir desde lejos.

– Discúlpeme señor Armando. Fue un error. Le juro que sólo la dejé abierta cinco minutos y el maldito perro aprovechó para hacer de las suyas. Es más, no le voy a cobrar nada, por favor, no se…

Le di un puñetazo en la cara. Cayó de espaldas. El ruido de su cabeza chocando contra el suelo me impidió escuchar los latidos de mi propio corazón.

Lo que sucedió después fue predecible. Mentiría si dijera que no lo vi venir. Aunque debo decir que el periódico que cubrió la nota fue bastante amarillista. Es falso lo que dijeron. No le quité la pala a Ramón ni mucho menos la utilice para golpearlo en la cabeza. Si empezó a convulsionarse, seguro fue por otra cosa. Otra gran mentira que se dijo es que amenacé a la señora Morales con la pala cuando salió a defender a Ramón. Es cierto que le recomendé que no se metiera en asuntos ajenos… incluso pude haber alzado la voz, lo admito, pero jamás fue mi intención golpearla con la pala, eso nunca pasó por mi mente. Tampoco le grité que era una “pinche anciana metiche”. Esos malditos periodistas exageraron todo. Pero supongo que no estoy en posición de quejarme o jugar a la víctima. Ahora que lo reflexiono, llevaba muchos meses acumulando enojo. Supongo que tarde o temprano tenía que brotar toda esa ira. Mejor ahora que después, es lo que siempre digo.

Sin embargo, Ramón y la señora Morales no fueron tan comprensivos al respecto. Cada uno me denunció por un delito distinto. La acusación de la señora Morales era tan débil que se desvaneció en la averiguación previa. Sin embargo, la de Ramón no desapareció tan fácil. Estuve encerrado en los separos de la Procuraduría por unos días. Al final, logré arreglarme con él. Le ofrecí dinero y se desistió de la querella. Como dije, Ramón nunca despreciaba el dinero. Era alcohólico y lo necesitaba.

Salí el viernes y Raquel me abandonó el domingo. Resulta que las amigas con las que iba a cenar eran en realidad un tipo cuyo nombre ni siquiera recuerdo. Es lo de menos. Las cosas ya iban bastante mal entre nosotros desde hacía tiempo. Yo quería un hijo y ella nunca pudo dármelo. Tan simple como eso. Supongo que todo el asunto del gato fue sólo un pretexto para que las cosas estallaran de una buena vez. No la culpo por haberme dejado. Supongo que me lo gané. Yo hubiese actuado igual en su lugar. O quizás no. Qué más da.

Empecé a beber un par de vasos de mezcal cada noche y fui aumentando la dosis gradualmente. Naturalmente, las cosas terminaron saliéndose de control. Un día llegué borracho al juzgado y me corrieron. He intentado encontrar trabajo estos últimos dos meses, pero la situación es complicada. El país está en crisis y no hay mucha oferta de empleo. Sin embargo, me quedan algunos ahorros todavía. No gasto mucho. Sólo mi comida y el alcohol. El negro murió hace un mes, hizo un agujero a través de la cerca y lo atropelló un chofer de la compañía de gas. Lo enterré en un huerto abandonado cerca de la casa. No quise arrojarlo a la composta.

Estoy solo, tal como empecé, pero no me puedo quejar. Soy joven y estoy vivo. A todos nos suceden cosas difíciles de vez en cuando. Es en la adversidad donde se conoce el verdadero carácter de un hombre. Es más, el otro día sucedió algo que me atrevo a interpretar como un buen augurio. Estaba sentado en mi habitación. Eran las cinco de la tarde de un jueves. Escuché un ruido en el tejado. Era un llanto. Sonaba igual que el pequeño gatito al que rescaté.

No lo pensé dos veces. Me puse el suéter y salí al jardín. El sonido del viento se mezclaba con el ruido de mis zapatos sobre el césped y la botella de mezcal en mi bolsillo. Puse atención. No me quedó ninguna duda. La gata había vuelo a tener crías en el tejado. Fui a la bodega y tomé la escalera. La coloqué con cuidado. Me costó trabajo subir. Ya me había bebido la mitad de la botella y estaba un poco ebrio.

Me arrastré por las tejas y no me tomó mucho tiempo dar con el lugar donde la gata acababa de parir. Los gatitos recién nacidos se acurrucaban con su madre. Ellos no distinguían el bien del mal. Eran criaturas inocentes.

Me arrastré de regreso a la escalera y fui hacia mi habitación. Abrí el closet y saqué mi escopeta. La cargué. Después me senté en la cama. Se escuchaba el canturreo de los pájaros en uno de los árboles del jardín.

Extraje la botella de mezcal de mi bolsillo. Me la bebí de un trago. Regresé a donde estaba la escalera. La subí con dificultad. Volví a arrastrarme sobre el techo de teja y preparé la escopeta con toda la calma del mundo. No tenía nada que perder. Estaba decidido a corregir mis errores y resolver de una buena vez ese asunto de los gatos.

Imagen: Sabino Guisu

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