Free songs

TALIÓN

Mar 22 • Sin categoría • 543 Views • 1 comentario en TALIÓN

La hierba crujía por la brisa. Los grillos chirriaban esporádicamente. Se sentía el aroma a tierra mojada por el rocío matutino. Se escuchaba el ruido de las aves y un automóvil derrapando a lo lejos. Era el veintitrés de mayo del dos mil seis. Tenía catorce años. Era mi último año de secundaria.

– Raúl, vamos a clase – me dijo Ricardo Rubio.

Entramos a historia, la primera asignatura del día. El profesor se llamaba Lázaro García. Siempre llegaba con resaca los lunes. Era un viejo de cabello gris y patillas largas. Solía llevar unos anteojos oscuros, con los cuales intentaba disimular los ojos rojos provocados por el alcohol ingerido la noche anterior en alguna cantina del pueblo.

– El día de hoy hablaremos acerca de Porfirio Díaz, el dictador más vil y perverso que ha gobernado nuestro país. Era un esclavista y malinchista. Nuestros antepasados tuvieron que soportar su régimen durante décadas, hasta que por fin fue derrocado y deportado para siempre. Hoy sus restos descansan en París…

Las nubes se movían lentamente de un lugar a otro. Juntándose y luego separándose y luego juntándose otra vez. Creaban formas extrañas que se escondían y desenmascaraban el azul del cielo.

… Y si me lo preguntan a mí… que se quede allá. Pues era un dictador. Ah pero qué poco han cambiado las cosas, como si los gobernantes de hoy en día fueran las blancas palomitas… No lo son. Son la misma basura que en su momento fue Porfirio Díaz, pero ya verán. Las aguas se agitan y pronto el proletariado surgirá para quitarles aquello de lo que han abusado durante tantos años.

– ¿Qué es el proletariado, profesor? – preguntó Blanca.

– Bueno… pues somos nosotros, los pobres. Quienes no tenemos los privilegios de esos malditos ricos. Los que pertenecemos al pueblo e inscribimos a nuestros hijos en secundarias públicas como estas, porque no nos alcanza para mandarlos a la escuela privada.

– Ah – dijo Blanca.

– Entonces profesor, ¿Lo que usted dice es que la escuela privada es mejor que ésta?

– Yo nunca dije eso Ricardo. No pongas palabras en mi boca.

– Pero…

– No pongas palabras en mi boca. En fin, como les iba diciendo. Porfirio Díaz era un…

A través de la ventana contemplé los cerros que dominaban el valle de Tlacolula. Me pregunté qué habría más allá. Traté de imaginar a donde llegaría si los cruzara, o cuantos días me tomaría emprender ese viaje. La inmensidad del mundo se extendía hacia donde uno volteara la vista. Me saqué el chicle que tenía en la boca y lo pegué debajo del pupitre.

– Hidalgo… Hidalgo…Raúl, ¿Estás poniendo atención?

– Sí maestro, ¿Qué pasa?

– Nada. Es sólo que te veo volteando hacia la ventana y bueno… no hace falta ser un genio para darse cuenta de que no estás escuchando nada de lo que digo.

– Lo siento maestro.

– Que sea la última vez. Ya nos quedan pocos días de clase. Debemos terminar el semestre antes de que empiece el paro.

– ¿Qué es el paro, maestro? – preguntó Blanca.

– Es lo que hacen cada año, tonta – le contestó Raúl.

– Raúl, no insultes a la compañera.

– ¿Qué es el paro? – preguntó Blanca otra vez.

– Sí Blanca, ya te oí. Es lo que hacemos todos los años para pedir cosas en beneficio de ustedes… más libros, mejores instalaciones. En fin, todo lo que necesitan para tener una buena educación.

– ¿Si piden sólo cosas buenas, entonces porque despidieron al maestro Artemio cuando dijo que ustedes eran una bola de flojos? – preguntó Ricardo.

– ¿Quién te dijo eso?

– Mi papá.

– Ya veo… pues no lo sé Ricardo, eso es cosa del director, pregúntale a él. Yo no me meto en esos pleitos… en fin, continuando con la clase…

Yo no entendía la relación entre ir al zócalo de la ciudad de Oaxaca, quedarse varios días viviendo allí en casas de campaña y conseguir mejores cosas para nosotros. Aún sigo sin entenderla. Creo que ninguno de mis compañeros la comprendía tampoco. Ni siquiera los profesores. Sin embargo y eso sí lo entiendo, algo extraño sucedía en mi escuela aquellos días. Los profesores platicaban entre ellos en los rincones. Gente extraña llegaba a la escuela para hablar con el director. Había algo en el ambiente que nadie quería decir.

Escuché el canto de las aves que volaban de un árbol a otro. A lo lejos vi a unos compañeros de segundo año que jugaban basquetbol. La profesora Inés los llamaba uno por uno y con ayuda del intendente, les revisaba minuciosamente el cabello para asegurarse de que no tuvieran piojos. Terminada la inspección, anotaba los resultados en una libreta que llevaba consigo.

– Raúl, pon atención.

– Sí profesor, disculpe.

Prosiguió con su clase. Al poco rato la dio por terminada. Salimos del aula y nos fuimos a educación física. El profesor era un hombre gordo con bigote y cara ancha al que todos llamábamos profe Juan. Siempre llevaba una gorra gris. En su pequeño cubículo tenía posters de modelos en bikini y del club América. Todos los alumnos se llevaban bien con él. A menudo nos platicaba acerca de sus experiencias sexuales con varias profesoras de la escuela.

Su clase consistía en armar dos equipos de fútbol, designar a un compañero como árbitro y ponernos a jugar mientras él se sentaba tranquilamente en la sombra de un árbol a fumar Faros sin filtro.

La cancha de la secundaria era un viejo maizal aplanado y pintado con cal para simular una cancha de fútbol. Había pequeñas piedras desperdigadas por todos lados que a menudo se te enterraban en la rodilla si tenías la mala suerte de caerte.

Sin embargo, la clase de educación física era la mejor parte del día. Todos teníamos la ilusión de ser jugadores profesionales. Tal vez ninguno de nosotros lo lograría jamás. Pero eso no parecía importar mucho en ese entonces.

A veces otros profesores se acercaban a vernos. Ese día se acercó el director de la secundaria, Israel Camacho. Un hombre de cabello entrecano y piel morena. Siempre olía a cigarros. Se sentó junto al profe Juan y empezó a platicar con él. Poco a poco se fueron acercando los demás profesores a la cancha. Había iniciado la hora del receso y continuábamos jugando. El profe Juan se acomodó la gorra y miró el juego de reojo. Íbamos empatados a uno.

– El próximo gol decide el juego… le pongo diez al equipo que lo meta. Tienen cinco minutos para que caiga – nos gritó desde el árbol.

Toño conducía el balón con seguridad y desbordaba la banda. Estaba cerca de la línea lateral cuando se le acercó Marco. Hizo una finta de que iba a recortar hacia afuera y terminó moviéndose hacia dentro, abriendo la cancha. Un pequeño surco se le atravesó y perdió algunos segundos que permitieron a Marco retomar la marca. Tuvo que tocar hacia atrás. La recibió Agustín, quien la tocó a Armando, que estaba parado cinco metros a la derecha. Armando trató de abrir los espacios conduciendo el balón hacia la banda, pero Ricardo lo bloqueaba. El juego estaba estancado en el mediocampo.

– Más vale que alguien haga algo rápido – me dijo nuestro portero, que no había tenido más actividad que dos atajadas aceptables y el gol que le metieron.

– Queda un minuto – gritó el profe Juan.

El balón cayó a mis pies. Ricardo me hizo señas de que se lo pasara, pero decidí que esa sería mi jugada. Lo conduje hasta media cancha. Me quité a Marco de encima con un recorte. Sentí como sus tenis resbalaban en la tierra levantando el polvo cuando lo pasé. Apliqué la misma estrategia en contra de Agustín, quien también cayó en la finta. Continué conduciendo el balón e ignorando a Ricardo quien me lo pedía levantando las manos y saltando. Sólo quedaba Armando. Me fije que tenía las piernas separadas. Le hice un túnel. Me salió a la perfección. Volteé de reojo a la banda y vi que el profe Juan se ponía el silbato en la boca. Sólo esperaba mi jugada para finalizar el juego. Un surco se atravesó en mi camino. La pelota se alargó. El portero salió para achicar, así que me barrí. Alcancé a rozar la bola. Hizo un globo imprevisto y se metió al fondo de la red. Todo el equipo corrió a felicitarme por el gol.

Nadie pareció percatarse de Héctor… que se divertía molestando con una rama a un perro callejero que comía las sobras de la cafetería. En algún punto, el perro se molestó y se abalanzó sobre mi compañero, enterrándole los colmillos en la rodilla. Héctor lanzó un alarido.

Todos los maestros voltearon hacia el lugar donde se había producido el ataque y corrieron a ayudarlo. Lloraba mientras algunas gotas de sangre brotaban de su rodilla y caían en la tierra.

Por las ventanas del coche se contemplaban las montañas que rodeaban a la Mixteca. Había un abismo junto a la carretera y al fondo un valle sobre el cual serpenteaba un rio cristalino. A lo lejos pude ver a un hombre que transportaba algo en una mula.

– No quiero vivir en Oaxaca.

– Pues no tienes opción Raulito, así que mejor ni pienses en eso contestó mi tío. Manejaba con una sola mano, con la otra se acomodaba la gorra.

– Quiero regresarme a Guanajuato.

– Mira Raúl… yo tampoco tengo opción. Si me mandan a Oaxaca, me mandan y punto. No hay nada que se pueda hacer. Estoy seguro de que algún día lo entenderás.

– Entonces quiero irme con la abuela.

– Ella no te puede cuidar. Está vieja y lo que menos necesita son problemas. Además yo le hice una promesa a tu papá y aun cuando esto no me gusta más que a ti, pienso cumplirla. Así son las cosas y más te vale empezar a aceptarlo. Ya es hora de que te vayas haciendo hombre.

– Te odio.

– Cállate y no digas eso.

– Te odio, te odio, te odio…

– ¡Cállate, carajo!

Me quedé callado.

– No me la pones fácil muchacho, pero estoy seguro que con el tiempo nos vamos a entender.

La maleza se mecía mientras un escarabajo yacía boca arriba. Luchaba desesperadamente por voltearse. La estela blanca de un avión se divisaba a lo lejos en el cielo.

– ¿Qué no es ése el perro que se comió al pavo de don José la semana pasada? – preguntó el profesor Lázaro.

– Sí, ese es – contestó el director.

El perro los miraba con recelo y afilaba los dientes cada vez que se referían a él, como si entendiera de lo que estaban hablando. El profe Juan tomó la rama que había utilizado Héctor y se abalanzó sobre el animal, que trató de defenderse en vano, porque el primer golpe lo derrumbó. El director, el maestro Lázaro y los demás profesores tomaron las ramas que estaban desperdigadas cerca de ahí y comenzaron a golpear al animal. Algunos niños tomaron piedras y comenzaron a arrojárselas.

Una pandilla de perros callejeros contemplaba la masacre desde lejos con indiferencia.

Corrí hacia donde estaba el director y lo tomé del brazo para que se detuviera. Reaccionó instintivamente empujándome con un codazo hacia atrás. Mi cabeza cayó contra la tierra y durante un momento, el tiempo pareció detenerse.

Sentí sus manos que volvían a ponerme en pie. Me sacudió la tierra. Su camisa estaba salpicada con la sangre fresca del animal.

– ¿Qué crees que haces Raúl?

– ¿Qué cree usted que está haciendo? Maldito loco. Deje al perro en paz.

– No me faltes al respeto muchacho insolente.

– Cállese imbécil.

Sentí como me golpeaba en la nuca con la mano abierta.

– Ya estoy harto de ti Raúl. Te crees mejor que todos nosotros ¿Es eso? Pues déjame decirte algo… yo de niño boleaba zapatos en el zócalo. Si no lo hacía, no comía… ¿Entiendes lo que digo? ¿Y qué recibía a cambio, quieres saber? Pues que la gente rica se burlara de mí y me llamaran yope y me dijeran mira a ese maldito indio de mierda… pues es hora de que la gente como tú y tu tío se enteren de lo que un maldito indio de mierda puede hacer – sacaba espuma de la boca mientras hablaba. El profe Juan pareció darse cuenta y lo detuvo. Le dijo algo y el director se quedó callado. Sin siquiera voltearme a ver, se dio la vuelta y se fue caminando hacia la dirección.

– Ya no estés dando guerra Raulito. Mira lo que provocas – dijo el profe Juan.

No le contesté. Terminaron con el perro y se fueron alejando como un pintor que se prepara para admirar una obra recién terminada.

El animal había sido reducido a un bulto de carne del cual brotaba sangre. Varios de sus huesos sobresalían de la piel y tenía una expresión de horror.

Lo recogieron con una pala. Lo metieron en una bolsa y lo arrojaron al basurero. Después nos ordenaron que regresáramos a clase.

El escarabajo se resignaba y poco a poco dejaba de moverse. Un grupo de hormigas escalaba por su cuerpo, mordisqueando su carne y alimentándose con su muerte.

Bienvenidos a Oaxaca”, decía el letrero en la carretera. Algunas casas se alcanzaban a divisar en un cerro y el camino se iba deteriorando conforme entrabamos a la ciudad.

– Te va a gustar este lugar Raulito. No es tan malo como crees. Hay muchísima cultura. Monte Albán y Mitla. Tradiciones como la Guelaguetza, que es cuando los pueblos de todas las regiones se juntan en un evento en el cual bailan sus danzas tradicionales. Además hay mucha comida típica, como chapulines, tlayudas, memelas, tasajo… ya verás lo que te digo. Yo viví en Oaxaca hace mucho tiempo y tengo buenos recuerdos.

No le contesté.

– Sé que estás pasando un momento difícil. No me imagino lo que debe ser perder a tu papá y a tu mamá de un día para otro a los once años. Yo también me siento mal, ¿sabes? Pero tengo la certeza de que podremos empezar de nuevo aquí. Oaxaca es un lugar muy tranquilo. Casi no hay delitos. No voy a tener tanto trabajo en la Procuraduría y podré pasar más tiempo contigo. Además vas a hacer nuevos amigos. Y la casa donde vamos a vivir te va a encantar. Está en un pueblo muy bonito que se llama Santa María del Tule. Ahí está el árbol más grande del mundo. Mira… este camino cruza el Cerro del Fortín. Voltea hacia la derecha.

Volteé y vi por primera vez la ciudad de Oaxaca. Aquel trece de noviembre del año dos mil dos. El sol era amarillo y las nubes blancas cubrían el cielo azul que alumbraba la capital. Había edificios antiguos de todos los colores, y dominando aquel espectro, resaltaba la fachada de Santo Domingo de Guzmán.

– Que te dije, eh? No es tan malo después de todo empezó a reír mientras bajábamos del cerro a toda velocidad.

Salí de la escuela a las tres de la tarde. Caminé hacia mi casa, Ricardo vivía cerca así que siempre se iba conmigo. Se detuvo en un callejón, se sentó en una pila de tierra seca y sacó algo de su mochila.

– Mira esto Raúl. Me lo regaló el profe Juan – sacó una revista y se sentó a leerla con una mano detrás de la nuca como hacen los actores de la televisión.

Me acerqué y vi que era una de esas revistas donde aparecen mujeres desnudas. Ya no me impresionaban tanto. Mi tío guardaba varias en su cajón. Sin embargo, no eran tan sucias como la que traía Ricardo.

– Así es – dijo Ricardo. – Nada mejor que ver una revista porno y fumar un buen tabaco – sacó un Faro sin filtro y una caja de cerillos de su mochila. – Mira, como los que fuma el Profe Juan.

– No deberías copiarle todo a ese imbécil.

– ¿Y porque no? Es el más buena onda de los maestros. Ven, también tengo uno para ti. ¿O que, no sabes fumar?

– Claro que sí sé, pero ahorita no quiero.

– Tal como lo imaginé. Eres puto.

– Dame esa mierda y te voy a enseñar quién es el puto.

– Así me gusta, que seas hombre.

Me dio el cigarro. Nunca había fumado. Lo pude encender fácilmente. Aspiré el humo e inmediatamente lo saqué. Eso de fumar no parecía tan difícil.

– Lo estás haciendo mal.

– ¿De qué hablas? Así se hace.

– No seas estúpido. Tienes que darle el jale.

– ¿Qué es eso?

– Respira el humo. Jálalo como si fuera aire.

Volví a aspirar y esta vez lo respiré. Empecé a toser mientras sentía que mis tripas se revolvían. Ricardo no paraba de reírse.

– Ya desvirgaste tus pulmones Raulito. Mañana te enseño a fumar bien. Me tengo que ir, nos vemos.

Guardó su revista, se levantó de un salto y se fue caminando. Seguí tosiendo un rato. Tiré el cigarro y lo pisé con todas mis fuerzas.

Ya había anochecido y mi tío me ordenó que pusiera la mesa. Esa noche cenamos pan francés con miel de maple. Él siempre se daba cuenta cuando le ocultaba algo. Fumaba su pipa mientras bebía un café y leía la National Geographic. Me miró de reojo a través de la revista.

– ¿Qué te pasa? Has estado callado toda la cena.

– Nada.

– Dime, ¿Es por lo del paro que viene? ¿Tus maestros han dicho algo acerca de mí?

– No.

– Bueno, no me digas entonces.

– Hoy mataron a un perro a golpes.

– ¿Quiénes? – puso la revista sobre la mesa.

– Los profesores.

Hizo una seña de desaprobación.

– No me extraña viniendo de esos malditos yopes. Ya se me hacía que algo como eso había sucedido. Así son ellos. Si hubieras visto lo que hicieron el otro día en el Centro, no lo creerías. Y se supone que acá íbamos a estar tranquilos. Son como animales, tengo que sacarte de esa escuela pública. Para el próximo año entras a la particular.

– Pero tío…

– Pero nada, ya me lo agradecerás. Por cierto, ¿participó el director en lo del perro?

– Creo que sí.

– Qué vergüenza, pero no me extraña viniendo de él. Es hermano de Artemio Camacho, un falso luchador social de la peor calaña. Supongo que eso se lleva en la sangre. Pero ya verán esos revoltosos lo que les espera. Que no te engañen con sus discursos ridículos acerca de la burguesía y el proletariado. Esas son estupideces que…

De repente se dio cuenta que no era el tema apropiado.

– En fin, disfruta estos días en tu escuela Raulito, porque serán los últimos.

– Pero tío…

– Pero nada. No se hable más del asunto. Por cierto, el licenciado Álvaro de la Rosa viene el fin de semana a comer con su familia. Sé amable, sobre todo con su hija. El día de mañana podría ser tu noviecita y Dios sabe que no me vendría mal una sobrina rica – rió y se golpeó la rodilla con la palma de la mano. – Ahora vete a la cama que ya es tarde.

Esa noche no pude dormir. Tuve pesadillas con el perro. Después soñé que varios niños veíamos a una manada de perros que despedazaban a Ricardo. No hacíamos nada para evitarlo. Nos quedábamos ahí parados, viendo cómo lo masacraban y exhibían su cadáver.

– Vente por aquí decía mi abuela.Vamos a ver a tus papitos.

– No quiero abuela.

– Tienes que venir Raulito, no te estoy preguntando. Mañana los creman y es justo que los veas aunque sea una vez más llevaba un vestido negro y tenía los ojos enrojecidos porque había estado llorando todo el día.

Había arreglos florales y se respiraba el aire denso de los funerales. Olía a incienso. Todos me miraban con lástima mientras caminaba por aquel pasillo rodeado de sillas desgastadas.

– Pobre Raúlito, mira que perder a su papá y a su mamá así de la nada, debe ser horrible.

– La verdad que sí, ¿Ahora qué será de él?

– Dicen que se va a ir con Manuel a Oaxaca.

– ¿Con Manuel? Pero se acaba de divorciar y nunca tuvo hijos, ¿Qué va a saber él de cuidar niños?

– Podrías llevártelo tú.

– Ni hablar, tendrán que acostumbrarse a convivir.

Me acerqué a los féretros. Estaban acomodados uno junto al otro. Mi padre llevaba un traje negro con una corbata roja. Tenía cicatrices en las partes de su cara que se habían lastimado en el choque. Mi mamá llevaba un vestido negro y sostenía un ramo de rosas. Ambos lucían tranquilos a través del cristal. Parecía como si en cualquier momento fueran a despertar, pero a pesar de sólo tener once años, yo sabía que eso nunca iba a pasar. Debí haberme quedado unos diez minutos mirando sin decir nada. El tiempo se había detenido en la funeraria porque todos me volteaban a ver. La abuela trató de llorar, pero ya no tenía más lágrimas.

– Bueno… vámonos. Ya es tarde y mañana sales con tu tío para Oaxaca. Por aquí está, te lo voy a presentar.

Me llevó a un cuarto aislado de la recepción. Había una mesa donde varios hombres jugaban dominó en silencio, casi solemnemente.

– Manuel, aquí esta Raúl.

Un hombre ancho con cabello castaño cortado al estilo militar fumaba una pipa. Volteó su silla y me miró.

– Así que eres tú, eh? – me estrechó la mano. – ¿Ya traes sus cosas mamá?volteó a ver a la abuela.

– Sí. Están en la camioneta.

– Correcto… pues vamos apresurando esto, porque el chofer tiene que llevarte hasta Polanco, y como están las cosas aquí en la capital, ni a estas horas se puede estar seguro de que Paseo de la Reforma va a estar transitable.

Fuimos a la camioneta de la abuela y sacamos mis cosas.

– ¿Seguro que está bien que te lo lleves desde hoy? Podría mandártelo cuando te instales en Oaxaca.

– Eso es lo de menos, además está fuerte y me va a ayudar a poner todas las cosas en su lugar me dio un par de palmadas en la espalda y rió.No tengas cuidado mamá, hoy se queda conmigo en el hotel y para mañana en la tarde vamos a estar en Oaxaca. Yo te informo de todo lo que suceda.

– Está bien hijo, con mucho cuidado se acercó y me besó la frente. Cuídate mucho Raulito, ¿me prometes que te vas a portar bien?

– Sí abuela.

Me sonrió dulcemente y se despidió de mi tío. El chofer le abrió la puerta, se subió y la camioneta se fue. Se hizo un silencio incómodo. Mi tío encendió su pipa otra vez y volteó a ver hacia los edificios que se apilaban uno tras otro.

– Nunca me ha gustado la capital dijo mientras exhalaba el humo.En fin, nos quedamos otros cinco minutos y después nos vamos al hotel se dio la vuelta y volvió a entrar a la funeraria.

Permanecí en aquel lugar. Los edificios parecían estatuas lejanas de alguna postal y las ventanas se veían como estrellas fugaces que se encendían y se apagaban intermitentemente. Los coches seguían pasando por la avenida Sullivan. Cada uno con diferentes rostros que miraban con lástima al niño de once años que con un traje negro y toda su vida en un par de maletas, miraba sin mirar hacia ningún punto en particular.

Era veinticuatro de mayo y estaba sentado en una banca de la secundaria comiendo mi almuerzo. Ricardo estaba en la otra silla y pegaba las estampas de su álbum de Alemania 2006.

– Malditos fabricantes de álbumes, a propósito hacen menos estampas de Ronaldinho para que nadie lo pueda conseguir. Ya tengo como treinta repetidas y no me sirven para nada porque nadie en esta secundaria colecciona este álbum. ¿Las quieres?

– No – le contesté.

Las nubes se veían oscuras. Esa tarde habría lluvia. Lo anunciaban las chicharras que zumbaban desde las copas de los árboles.

De repente vi un perro callejero a lo lejos. Caminaba desde un lugar cercano a donde habían asesinado a la perra el día anterior. Llevaba un trozo de carne en el hocico. Lo miré detenidamente y sentí que se me encogía el corazón.

– Ricardo, mira lo que lleva ese perro en el hocico.

– De seguro es algún pedazo de basura.

Me levanté de la silla y corrí hacia el lugar donde el perro apareció. Una maleza seca y enredada se extendía por esa parte del huerto. Empecé a buscar alguna señal. A lo lejos escuché un débil llanto, apenas audible. Me acerqué al lugar de donde provenía y me encontré en un pequeño espacio llano donde había un cachorro recién nacido que no paraba de gemir.

Lo levanté y estaba tibio. Un pequeño hilo de sangre brotaba de su pata. Era el único de la camada que aún no había sido devorado por otros perros. Su pulso era muy tenue. Sus ojos se cerraban y se abrían por intervalos. Estaba muy débil. Ni siquiera tenía fuerzas para mirarme.

– ¿Qué encontraste? – me gritó Ricardo.

Corrí hacia donde estaba y le enseñé al pequeño animal que se encontraba al filo de la muerte.

– Pobre cachorrito. Déjalo por ahí, ya está jodido.

– Vete a la mierda.

Fui al salón y tomé una caja de zapatos que había en un rincón. Lo coloqué ahí y salí al patio. Corrí hacia la puerta de la escuela y cuando estaba por abrirla, sentí que una mano la volvía a cerrar.

– ¿A dónde crees que vas? – me dijo el director.

– Voy a curar a este cachorro y lo voy a hacer le guste o no.

– ¿Sabes qué Raulito? Haz lo que quieras. Francamente me importa un carajo, el paro empieza la próxima semana – quitó la mano, pude abrir la puerta y corrí hacia mi casa. El perro se veía cada vez más débil. Cerré la caja de zapatos para poder ir más rápido.

Llegué y no había nadie. Puse la caja en la sala y fui a la cocina. Saqué algo de leche del refrigerador y la serví en un plato. Lo coloqué frente a la caja.

Pero ya era demasiado tarde. Saqué el bulto inerte y lo miré. Estaba frío, muy tranquilo y parecía como si estuviera dormido. Lo acaricié y lo volví a guardar.

Mi tío llegó un rato después. Le expliqué lo que había sucedido. Me miró con tristeza. Comimos en silencio.

Esa misma tarde lo enterramos en un huerto abandonado que estaba frente a la casa. Mi tío cavaba la tumba mientras el sol se escondía entre las montañas. Una vez que el hoyo tuvo la profundidad adecuada, tomó la caja de zapatos y la depositó en el fondo. Su camisa de cuadros y su pantalón de mezclilla estaban salpicados por el lodo. Se sentó en una piedra y encendió su pipa mientras me indicaba con la mirada que había llegado mi turno de terminar el trabajo.

Tomé la pala y cubrí el agujero una vez más. La luna llena se asomaba desde las montañas. Clara y estática. El Valle de Tlacolula parecía agrandarse con la noche.

Me incliné ante la tumba del cachorrito. Mi tío se acercó y puso su mano en mi hombro. Comenzaba a escampar.

– Es hora de irnos Raúl.

Sentado en el zaguán aquella noche, pensé en mis padres, a quienes nunca más volvería a ver. Contemplé la lluvia que avasallaba las copas de los árboles y limpiaba la basura de las calles. Esa tormenta no se detenía. Iba y venía, sin importarle realmente nada.

Repentinamente, un relámpago cayó cerca de la casa cimbrando la tierra a su alrededor. Mi corazón se estremeció. Cerré los ojos… y durante un instante, las manecillas del reloj se detuvieron y todo pareció quedarse inmóvil. Luego los abrí… las manecillas volvieron a girar y el tiempo continuó como si nada.

Related Posts

One Response to TALIÓN

  1. felix dice:

    Maravilloso cuento realista y muy logrado; soy de allá y me recuerda mi adolescencia…gracias y continúa escribiendo y publicando historias de esas misteriosas tierras, amigo. Saludos

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

« »