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Todas Hieren. La Última Mata.

Mar 9 • PLEXUS • 673 Views • No hay comentarios en Todas Hieren. La Última Mata.

Miraba por la ventana esperando a que pasaran los últimos diez minutos de la jornada laboral de ocho horas. Me parecía que todos los que trabajaban en la oficina esperaban lo mismo.

Era el mes de noviembre del dos mil diez en la ciudad de Oaxaca. Todos pensaban que el nuevo gobernador, quien tomaría posesión del cargo el treinta y uno de diciembre, no causaría la misma decepción que el anterior.

Ahí estaba entonces, sentado en mi escritorio. Ya habían pasado cinco de los diez minutos e Isabel Rivera, la secretaria que trabajaba en la misma oficina que yo, empezaba a guardar sus cosas disimuladamente. Tenía casi treinta años. El cabello negro le llegaba hasta los hombros.

– Por fin es viernes, ¿qué tienes planeado hacer? – me preguntó.

– Hoy es la boda de mi hermano, ya te lo había dicho.

– Sí, ya lo sé, ¿pero qué más?

Miraba hacia la ventana y no parecía importarle mi respuesta. Sólo preguntaba por  preguntar.

– Aún no lo he pensado, supongo que no se pueden hacer grandes cosas en dos días.

-Tienes razón – seguía sin parecer interesada por lo que yo pudiera decir, presentía que la hora de salida se acercaba. Eso era más importante para ella.

La oficina donde trabajaba estaba en un edificio de tres plantas, probablemente construido en los ochentas, ubicado en el corazón de la colonia Reforma.

La oficina que compartía con Isabel estaba en el tercer piso. Desde la ventana tenía una vista panorámica de toda la ciudad. En ese momento, ella la contemplaba con total atención, como si una mirada bastara para descubrir todos los secretos que se escondían en las sórdidas calles de aquella mancha semiurbana.

– Ya son las cuatro, por cierto – cuando lo dije, ella dejó de mirar hacia la ventana. Vio su reloj y fingió que ni siquiera se había percatado de la hora.

A veces hacía esas cosas para convencerse a sí misma de que no había abandonado sus sueños de juventud a cambio de la mediocridad burocrática. Ese era un juego que jugaban casi todos los empleados de la oficina; fingían trabajar arduamente justo cuando pasabas frente a ellos, nunca perdían la oportunidad para recalcar el hecho de que estaban ocupados haciendo alguna especie de cambio significativo en la sociedad, y algunos, incluso llevaban las cosas al punto de quedarse trabajando hasta que se hacía de noche.

– Bueno Pablito, ya me voy. Tengo que recoger a mi hijo de la escuela. Pásala bien en la boda de tu hermano, nos vemos el lunes.

– Nos vemos Isabel, cuídate.

Terminó de recoger sus cosas y salió de la oficina.

De repente no sentí ninguna prisa por irme, recliné la silla, puse los zapatos en el escritorio, miré hacia la ventana y pensé en mi hermano.

Se llamaba Gerardo. Era diez años mayor que yo. Había estudiado derecho en la Universidad Autónoma de Oaxaca y trabajaba en el poder judicial del estado. No recuerdo bien cuál era su cargo, pero lo desempeñaba bien y se le veía un buen futuro. Su novia también había estudiado derecho en la misma universidad y nunca supe a qué se dedicaba. Se habían conocido cuando ambos estudiaban y desde entonces fueron novios. Ahora se casaban. ¿El matrimonio sería algo bueno para él? ¿El matrimonio sería de verdad algo bueno para cualquiera?

La boda sería la primera vez que vería a mi padre y a mi hermano en algunos meses. En ese momento mi familia se encontraba en un momento difícil. Mi madre había fallecido hacía un año y medio.

En los meses posteriores a lo que sucedió, yo aún vivía con mi padre. Recuerdo que entre las mujeres, el alcohol, y unas cuantas ocasiones en que lo encontré llorando en secreto, estaba hecho un desastre. Esa fue la principal razón por la que me fui de la casa. No había nada que me lo impidiera y al menos hasta que me corrieran del trabajo, podría seguir disfrutando de una vida en la cual no le rendía cuentas a nadie más que a mí mismo.

A través de la ventana contemplé casi toda la ciudad. No muy lejos se veía el estadio de beisbol donde juegan “Los Guerreros” de Oaxaca. Más a la derecha se alcanzaba a distinguir la iglesia de Santo Domingo, el campanario de la Catedral, el Auditorio Guelaguetza, los edificios que están en la parte de arriba del Rosario y todos esos lugares que se ven desde las pocas ventanas altas y los incontables cerros del valle de Oaxaca.

El clima de ese día era nublado, así había sido todo el mes. El cielo era gris, el viento soplaba sutilmente y las lluvias esporádicas derramaban gotas que caían como hojas en el viento. La ciudad se veía con una claridad particular, las enredadas montañas dominaban el panorama. Al caminar por las calles, se percibía ese agradable aroma característico del clima lluvioso.

Sentí hambre. No había comido en todo el día. Salí de la oficina, me despedí de los que se quedaban a trabajar hasta tarde y fui a comer a un restaurante cerca de ahí.

Después me dirigí hacia el departamento donde vivía. Estaba en el Centro. Pasé a la tintorería de la esquina por el traje que usaría esa noche. Ya estaba listo a las seis de la tarde. La boda sería hasta las ocho, así que aproveche las dos horas que me quedaban para ver una película en la televisión.

Me había quedado dormido viendo “High Noon”, cuando alguien tocó la puerta del departamento y me despertó. En la televisión, Gary Cooper se preparaba para enfrentar su destino en la mítica escena final. Hice memoria. No esperaba a nadie. Tal vez era Mariana que venía a verme, pero ella tenía un juego de llaves, así que no tendría sentido que tocara a la puerta, a menos que las hubiese perdido, lo cual no me extrañaba conociéndola. Me levanté de la cama y fui a abrir.

Afuera estaba parado un hombre de aproximadamente cuarenta años, con un descolorido traje color avellana, anteojos y peinado relamido.

– Disculpe amigo, ¿lo conozco?

– No muchacho, pero no te estoy buscando a ti. Me gustaría hablar con Blanca Morales.

– Lo siento, pero no sé quién es esa persona.

– No piense mal, joven. No la busco por nada malo. Es que… me gustaría hablar con ella acerca de algo muy importante. Yo sé que vive en esta dirección.

– De verdad no la conozco amigo. Y por lo menos hasta donde sé, soy la única persona que vive aquí.

El hombre empezó a ponerse nervioso, volteaba para todos lados y maldecía en voz baja. Durante un instante, pensé en la navaja que tenía en mi cajón. Pensé que probablemente había llegado el momento de utilizarla.

No puede ser, no puede ser, no puede ser – murmuraba.

– ¿No puede ser qué?

– ¡Blanca Morales es mi hija! De veras necesito hablarle joven… ayúdeme por favor. Esta es la última oportunidad que tengo de reunirme con ella, verá usted, cuando Blanca nació, decidí no hacerme cargo, huí de mi responsabilidad. Me he arrepentido los últimos veinticinco años de esa decisión. Su madre nunca me lo reprochó. Así que yo seguí trabajando en la Procuraduría de Justicia del Estado. Durante todo ese tiempo, mi vida pareció continuar como si nada. Hasta que todo cambió hace un par de semanas. Un expediente acabó en mi escritorio por cosa del destino. Me habían pedido que lo enterrara. Eso es lo que han hecho con los expedientes delicados. Ahora que viene el nuevo régimen, los han estado desapareciendo para cubrir sus huellas. Sin embargo, antes de destruirlo, decidí leerlo. En una página encontré el nombre de mi hija, junto con los nombres de gente mala que está infiltrada en las altas esferas del gobierno, no hace falta que le diga quienes son ni lo que hacen, seguramente no lo creería. Leyendo aquel expediente logré reconocer uno de los nombres… era un viejo compañero de la universidad, un porro ya olvidado, no me tomó mucho tiempo dar con él… después de algo de persuasión, me dio esta dirección y me dijo que aquí es donde podía encontrar a mi hija. Es urgente que hable con ella. Dadas las circunstancias, soy la única persona que puede ayudarla. Esta gente de la que le hablo, sabe que ella sabe cosas delicadas. Algo malo le va a suceder si no lo impido. Debe ayudarme joven. Esta es la oportunidad que he esperado desde hace mucho. No haga esto más difícil.

No le contesté. Ya había respondido una vez. En realidad no sabía quién era su hija y menos donde estaba.

El tipo me miró de una manera extraña, se tiró al suelo de rodillas y comenzó a llorar. En un último intento, sacó su cartera del bolsillo, mostrando el contenido y ofreciéndomelo. No se me ocurrió nada más que mover la cabeza en señal de negación.

– Bueno, ni hablar, traté de hacerlo por la buena – se levantó del piso y se sacudió el viejo traje. – Pero no me deja otra opción – alzó su camisa y dirigió la vista hacia su cinturón, como indicándome que mirara. Lo hice. Alcancé a distinguir una pistola enfundada. Me quedé pensando que me había tocado estar en el lugar equivocado y en el momento equivocado. Su teléfono detuvo mi ejecución. Empezó a sonar. Contestó sin dejar de mirarme fijamente, como advirtiéndome que no intentara nada estúpido.

– ¿Quién es? A ver, a ver… ¿Qué dices?, ¿Estás seguro? ¿Y para qué me hiciste venir hasta acá a lo pendejo?… No te muevas, voy para allá – colgó.

– Disculpe la confusión joven, yo puedo continuar con mi vida y saber que esto nunca sucedió; ¿usted puede?

– Creo que sí.

-¿Lo cree?

-Lo sé.

– Que así sea – el tipo se acomodó la camisa, se volvió como si nada y salió caminando con rapidez hacia la calle. Nunca más lo he vuelto a ver.

Cerré la puerta y me recosté en la cama, pensando en la historia que me acababa de contar aquel extraño que estuvo a punto de volarme los sesos en la puerta de mi casa. Me quedé dormido y desperté a las ocho de la noche.

La boda era en uno de esos salones de fiestas de Tlalixtac de Cabrera. Tomé Guerrero, de ahí Periférico, luego Ferrocarril hasta el final y finalmente entré hacia Tlalixtac. Llegué a las nueve de la noche. Había una larga hilera de carros estacionados en las calles oscuras del pueblo. Tuve que aparcar a dos cuadras del salón de eventos. Con los zapatos sucios, llegué a la boda. Me di cuenta de que no era el único con ese problema, así que no me importó.

Me fijé en las mesas y pude notar que la familia de otros lados había acudido a la boda. Me eran indiferentes y pienso que el sentimiento era mutuo; sin embargo, los que encontré de camino a la mesa, me saludaron con una alegría sincera, o tan bien fingida, que no supe notar la diferencia. Mi padre estaba sentado en una mesa contigua, con alguna de sus novias, una que parecía tener aproximadamente mi edad.

El salón de fiestas era como cualquier otro. Un montón de mesas redondas decoradas con arreglos florales, en las cuales a menudo te tocaba sentarte donde no conocías a nadie, o peor aún, donde conocías a todos. Sin embargo, los invitados se esforzaban por ser agradables y pasar un buen rato. Las bodas constituyen casi el único entretenimiento que tiene la gente en Oaxaca. No es raro para un oaxaqueño promedio pasarse toda una tarde hablando con sus amistades acerca de lo que hizo y lo que vio en una boda, que si el vestido de la novia no era de marca, que si algún amigo se puso borracho e hizo el ridículo, que si la decoración era vulgar, y un largo etcétera de cosas por el estilo.

Llegué a la mesa que me habían asignado y me di cuenta de que no conocía a nadie. Los que estaban ahí sentados eran, probablemente, amigos de mi cuñada. Ninguno parecía muy agradable. Fue una media hora incómoda. Mi hermano no aparecía. Esas personas se la pasaban todo el tiempo platicando acerca de amigos que conocieron en la universidad, fiestas a las que habían ido, sus matrimonios, sus hijos, otras bodas y en general acerca de muchos temas que no conocía y que en realidad no me interesaba conocer.

Me levanté y fui al baño, que estaba aislado de las mesas, más allá de un pasillo decorado con velas que llevaba a otro lugar. Una vez ahí, me lavé la cara y miré hacia el espejo, preguntándome cuántas cosas habían tenido que suceder en mi vida, buenas y malas, para que yo estuviera en ese preciso lugar, justo en ese momento de la historia. Me senté en una banca que estaba afuera. Encendí un cigarro y pensé que lo mejor era irme de esa boda.

Vi que alguien se acercaba. Era Raúl Hidalgo, un amigo de la preparatoria de la que me expulsaron. Me reconoció al instante.

– ¿Qué pasó Pablito? Milagro que te dejas ver. Varios de la preparatoria pensamos que estabas muerto o algo así. ¿Qué haces aquí, esperando a alguien?

– No, me senté un rato a pensar que tal vez debería irme.

– ¿Cómo dices eso? Si Gerardo es tu hermano. Es más, déjame ir al baño y te vienes conmigo. No hay nadie de nuestra preparatoria, pero encontré a un amigo y me presentó a todos. Hay una que otra chava que no está nada mal. Ya lo verás – entró al baño silbando una canción y al poco rato salió.

Mientras caminábamos, y en general desde que lo vi afuera del baño, Raúl me había estado mirando de la misma manera en que solían mirarme todos los excompañeros de la preparatoria cuando me los encontraba, cómo agarrando valor para preguntarme si verdaderamente había sido yo el culpable de aquello por lo cual me expulsaron.

– Oye, Pablo… no, nada olvídalo, luego lo hablamos – me sentí aliviado, porque sabía que había estado a punto de preguntarlo y en realidad no quería hablar de eso.

Nos sentamos. Raúl me indicó con la mirada donde estaban sentadas esas muchachas guapas de las que habló. No estaban mal, pero tenían esa actitud frívola con la que parecían insinuar que si ellas quisieran, podrían haber ido a un lugar mejor. Hablaban de fiestas a las que habían ido, amigos que nunca conocí, cosas de su escuela, películas que exhibían en los cines comerciales, y de repente, me sentí relegado una vez más, ¿qué puedo decir? Quizás no soy un tipo agradable.

Raúl era un buen tipo. Lo conocí la primera semana de la preparatoria y fue amable conmigo al instante. Era un poco más bajo de estatura que yo, tenía cabello negro ligeramente ondulado y una cara amigable que lo hacía quedar bien en cualquier lugar.

Ya me había resignado a permanecer ahí toda la noche, cuando sentí unas manos desconocidas que se posaban sobre mis ojos.

– ¿Adivina quién soy? – dijo una voz de mujer.

– No lo sé, ¿quién?

– Soy yo tonto. ¿No me recuerdas?

Me costó trabajo darme cuenta de quién era cuando volteé. Era una muchacha guapa, alta, con ojos color miel muy claros. Sin embargo, al verla detenidamente, me acordé de ella.

– ¿Caro, cómo has estado?… me hubieras avisado que venías – era mi prima Carolina, a quien no había visto desde una ocasión en que había venido a Oaxaca. Ambos teníamos doce años más o menos en ese entonces. Nos habíamos llevado bien.

– Mírate nada más, estas altísimo. Te vi desde lejos y me pregunte a mí misma, ¿será quien creo que es? Y no me equivoqué. Ven, te quiero presentar a alguien – me levanté de la mesa y la seguí hasta donde estaba sentada. Había una muchacha ahí, tenía cabello castaño, era alta también. A pesar de que su cara era algo pálida, unos bonitos ojos verdes le afilaban la mirada.

– Ella es Mariana… y Mariana, él es mi primo Pablo. El hermano de Gerardo, del que te hablé.

Yo no tenía idea de que le pudo haber hablado de mí, si no nos veíamos desde hacía años.

– Mucho gusto – dijo sonriendo. Su mirada misteriosa la hacía parecer una de esas actrices de cine negro. Era guapa y me gustó desde ese momento.

– ¿Y qué has hecho de tu vida prima, estudias?

– No… estudiar es para idiotas – los tres nos reímos.

– ¿Por qué, tú estudias?

– Tampoco.

– ¿Y piensas hacerlo?

– Creo que no – mentí.

– Bien, eres de los nuestros.

– ¿Y entonces, a qué se dedican?

– Somos modelos y también actrices – contestó Mariana, que tenía una voz suave, pero firme.

– Suena interesante.

– Lo es – respondió mi prima.

Tomó tres vasos. A cada uno le sirvió whisky con agua mineral. Encendió un cigarro y nos ofreció uno a cada quien. Lo aceptamos. Le encendí el cigarro a Mariana.

Me sorprendió un poco la personalidad de mi prima. Cuando la conocí, ella aún vivía en Guanajuato. Era una muchacha discreta y aplicada en la escuela. Quizás el hecho de haberse ido a vivir al Distrito Federal a los catorce años, influyó en su cambio de carácter. A mí no me molestaba en lo absoluto. Seguimos platicando unos diez minutos más en lo que me fumaba aquel cigarro y bebía el vaso de whisky con agua mineral. Mariana se reía de todo lo que yo decía y me miraba con interés. Habría seguido ahí sentado con ellas toda la noche de no ser porque vi a mi hermano dirigiéndose hacia el baño. Desde hacía tiempo quería platicar con él. Me levanté de la mesa y les dije a Carolina y Mariana que volvería en cinco minutos.

Gerardo estaba sentado en una banca, debajo de un árbol. Me vio desde lejos y asintió con la cabeza (una extraña señal con la cual parecía aprobar mi presencia). Me senté a su lado. Eran casi las diez de la noche y aún no había comenzado la boda. El viento soplaba una brisa refrescante y se percibía un aroma a pasto mojado.

Me quedé ahí sentado junto a él durante un rato. Me volteó a ver en algún punto.

– Nunca te cases, Pablo.

– Si de verdad piensas eso, ¿por qué lo haces?

– Si tuviera la más remota alternativa, quizás no lo haría.

– ¿De qué hablas?

– Valeria está embarazada – me acordé del tipo misterioso que había conocido esa tarde.

– Si de algo te sirve, piensa en lo que me decías… quien saque bien del mal y haga amigo al enemigo…

– Sí, lo recuerdo… y no, supongo que no me sirve de nada – tenía esa expresión que yo conocía… quería decirme algo, pero su máscara de tipo duro se lo impedía. Siempre he sido bueno para reconocer esa actitud.

– ¿Porque no me dices lo que en realidad te molesta?

– Hay otra mujer.

– Ya veo. ¿La conozco?

– No es de aquí. Quien sea es lo de menos.

– Si tú lo dices.

– Sí… yo lo digo – sonrió.

Gerardo era un tipo agradable. Si había ido a esa boda, fue principalmente para verlo. Era mi hermano mayor después de todo. Siempre había sido el popular, el que todos admiran. Y no me sentía mal por eso. Yo era quien más lo admiraba.

– La familia de Valeria… son ricos. Tal vez no es tan malo todo esto. Voy a renunciar a mi trabajo y me van a poner a dirigir la empresa familiar. Su padre ya es viejo y sus hermanos son unos inútiles… quizás en unos años, cuando haya elecciones, me postule para Diputado. El mundo es un asco, puedes creer que si haces las cosas bien y te esfuerzas, lograrás cambiar algo, pero estarás equivocado. Una serpiente jamás propiciará su propia muerte, casi todos sabemos esto, pero casi nadie lo quiere reconocer. En fin, al mal paso darle prisa. Tengo una boda a la que asistir. Al rato te busco y seguimos platicando – se levantó, sacudió su traje y se dirigió hacia las mesas.

Me quedé ahí sentado un rato. Después regresé a la boda. Pasé por la mesa de mi padre. En cuanto me vio, se levantó y me dio un abrazo.

– ¿Cómo estas Pablito, porque no me has ido a ver estos últimos meses?

– No he tenido tiempo.

– Bueno, ni hablar. Por cierto, te quiero presentar a alguien muy especial. Ella es Perla, mi novia – cuando me la presentó, puso esa cara que parecía ordenarme que fuera amable. Nunca supe por qué mi padre tenía esa falsa idea de que sus novias me caían mal. Yo sabía que las tenía incluso cuando mi madre vivía y en realidad nunca me importó.

– Mucho gusto – le dije. Ella respondió lo mismo. Durante unos incómodos segundos no dijimos nada. No sabía que platicar con ella y estoy seguro de que la sensación era mutua. Nos dedicamos una sonrisa idiota que parecía expresar que nos aceptábamos el uno al otro. Más que suficiente para mí.

– Pablo – dijo mi padre. – Acompáñame.

Nos apartamos de la mesa.

– Hijo, lo que te voy a decir es para que no te sorprendas cuando lo escuches de alguien más – sentía el olor a alcohol mientras mi padre hablaba, pero había aprendido a distinguir. Aún no estaba tan borracho. – Me voy a casar con Perla, ya lo estamos planeando. Pienso empezar de nuevo. Me pareció correcto que lo supieras.

– Está bien papá, si tú crees que es lo mejor, adelante.

– Ah… bueno… ya está entonces. Eso era todo. Me alegra que lo aceptes – parecía confundido de que no me hubiese opuesto. En realidad esa boda nunca se llevó a cabo. Aquella muchacha decidió abandonar a mi padre al poco tiempo. Supongo que desde ese momento yo sabía que eso sucedería. Mi padre tenía dinero, pero era viejo. Y ella joven. Así de simple.

– Necesito que me hagas un favor, mientras platico con el oficial del Registro Civil, ve por la cámara a mi camioneta y tráemela para tomar fotos de la boda.

Iba caminando hacia la camioneta cuando me pareció ver a alguien dos coches más allá. Me acerqué y pude distinguir el color blanco de un vestido de novia. Era Valeria, mi cuñada. Sostenía una conversación telefónica. Estaba sentada en el cofre de un automóvil gris. Gesticulaba mucho y se veía nerviosa. Me coloqué junto a la ventana trasera, donde ella no podía verme y yo podía escuchar lo que decía.

– … Lo que pasó no fue un error, pero debes entender que soy adulta y no me puedo pasar la vida entera viviendo en un mundo de fantasía. Eres muy joven y tienes una vida por delante, no quiero robarte todas esas experiencias y tampoco quiero desperdiciar mi tiempo… no quise decir que lo voy a desperdiciar, pero ya sabes a lo que me refiero. Esto es como una bifurcación, tú vas a un lugar y yo voy a otro. No lo compliques más… y si me voy contigo, ¿a dónde iríamos, que haríamos? Mejor sigue tu camino y yo sigo el mío. Estoy segura de que en algún punto nos volveremos a encontrar, en otras circunstancias, ¿y quién sabe? Tal vez podamos empezar de nuevo. Eso es lo único que te puedo ofrecer… mira, sólo lo voy a decir una vez, no hay certeza de que sea tuyo, además tú mismo lo dijiste, en este momento ni siquiera te podrías hacer cargo, entonces mejor así déjalo. La única razón de esta llamada era para decirte que nunca te olvidaré – Valeria había comenzado a llorar en esa última parte. – Ahora voy a colgar, cuídate mucho. Adiós.

Se quedó mirando hacia la larga hilera de carros alumbrados por la luz de los faroles mientras se limpiaba las lágrimas de los ojos.

En ese momento yo también me encontré ante una bifurcación… o salía de mi escondite y la confrontaba, o me quedaba ahí escondido y (como dijo aquel misterioso hombre esa misma tarde) continuaba mi vida “sabiendo” que eso nunca había sucedido.

No me enorgullezco, pero tampoco me arrepiento de haber elegido el segundo camino. A veces resulta más sencillo vivir con los ojos cerrados.

Esperé en mi escondite hasta que Valeria terminó de maquillarse y se alejó de ahí. Después fui por la cámara y regresé a la boda.

– ¿Por qué tardaste tanto? No te pedí que fueras a la fábrica a comprarla – mi padre rió. Yo fingí reír. Le entregué la cámara y me fui a la mesa donde estaba Raúl.

– ¿Dónde estuviste? ¿Me vas a presentar a tu prima?

– Sí… no te preocupes por eso.

Ya estaba todo listo para que iniciara la ceremonia. El oficial del Registro Civil, mi padre, mi hermano, Valeria, sus padres y los testigos estaban en el centro de la pista de baile, listos para firmar los documentos que habían sido colocados en una mesa improvisada.

– Estamos aquí el día de hoy, trece de noviembre del año dos mil diez, para celebrar el matrimonio entre Gerardo Escudero y Valeria San Pedro…

Recordé un viaje que hice al Istmo de Tehuantepec en una ocasión, a un pueblo que se llama San Blas Atempa. Se estaba preparando una de las tantas fiestas que se hacen ahí. Había salido a dar un paseo y venía regresando a la casa de la amiga que me invitó. Me dieron ganas de orinar. Así que me dirigí hacia un terreno baldío que estaba frente a la casa.

Recuerdo que desde el momento en que llegué, noté que había muchas personas en la entrada, pero no me fije en lo que estaban haciendo. Cuando estaba en lo mío, una cosa se movió violentamente. Miré fijamente y alcancé a distinguir a un borrego que temblaba y berreaba ante mi presencia. No es común que tengan esa actitud tan agitada. Tenía los ojos bien abiertos y la imagen me pareció tan inusual que decidí tomarle una fotografía.

Cuando caminé hacia la casa de mi amiga, entendí el miedo del animal. Los del pueblo estaban sacrificando a los borregos para la fiesta. Sólo faltaban dos, el que estaba siendo decapitado en ese momento y al que yo había visto unos segundos antes. Sentí lastima. Cuando llegó la fiesta, no comí barbacoa. No comí carne durante algunos días, al menos hasta que olvidé todo ese asunto. Ahora sólo lo recuerdo esporádicamente. Cuando veo su foto.

Imaginé a mi hermano como ese borrego.

– Raúl, vámonos de esta mierda – le dije a mi amigo.

– ¿A dónde?

– Espérame aquí un minuto. Tengo una idea.

Me acerqué a la mesa donde estaban sentadas mi prima y su amiga. Las convencí de que nos largáramos de ahí. Resulta que estaban tan fastidiadas como yo, así que no me costó trabajo. Le hice una seña a Raúl de que había llegado el momento y se levantó de la mesa sin despedirse de nadie. Ninguno de nosotros se despidió de nadie.

Nos fuimos en el auto de Raúl. Carolina y él tomaron los asientos delanteros, Mariana y yo nos sentamos atrás, sentí que me tomaba de la mano. Le sonreí. Sus ojos verdes brillaban en medio de la oscuridad.

No sabíamos qué hacer. Anduvimos sin rumbo fijo por el camino que salía de Tlalixtac hacia la carretera. A Raúl se le ocurrió una idea, ir a uno de esos depósitos que abrían hasta altas horas de la noche, comprar algunas cervezas y salchichas para asar, e ir a la presa del estudiante, donde podríamos hacer una fogata. A mí me pareció una idea tonta. Cerraban la presa en la noche, pero vi que a mi prima y Mariana les encantaba el plan, así que no dije nada.

Seguimos hasta el Monumento a Juárez y una vez ahí, dimos vuelta a la derecha, nos detuvimos en uno de esos depósitos del camino y compramos las cosas.

La presa estaba cerrada. Raúl acercó el coche a la reja. Tocó el claxon. Un muchacho se asomó y mi amigo le hizo una seña de que se acercara.

– ¿Qué quieren? – dijo el tipo sosteniendo una linterna.

– Quiero entrar a la presa jefe. Tú me puedes ayudar con eso – respondió Raúl.

El velador tenía más o menos la misma edad que nosotros. Por la expresión de su rostro, era evidente que lo acabábamos de despertar.

– Lo siento amigo, a esta hora ya no se puede entrar.

– ¿Cuánto ganas en un mes?

– ¿Y eso para que quieres saberlo? – el tipo parecía ofendido por la pregunta.

– Quería ser sutil ¿pero qué sentido tiene? Te doy quinientos pesos si abres la puerta y haces una excepción, ¿qué dices?

Se nos quedó viendo con una mezcla de resentimiento y codicia.

– Hecho – tomó el billete y abrió la reja.

– ¿Ya ves Pablito? Con dinero baila el perro. Tan cierto como que tu prima es la más guapa.

Entramos a la presa y Raúl se estacionó junto a uno de los árboles que están en la orilla.

Puso un disco de Creedence y empezamos a beber cerveza mientras platicábamos de cualquier cosa. Él y mi prima se habían gustado desde que los presenté.

– ¿Qué te parece si vamos a recoger algo de leña para la fogata? – le dijo Raúl a mi prima.

– Me parece bien.

Salieron del automóvil y los vimos alejarse en medio de la noche iluminada por la luna, que brillaba justo a la mitad del cielo estrellado.

Mariana y yo nos quedamos solos, sentados en la parte de atrás. Se percibía un aroma a cigarros, alcohol y perfume.

– ¿Te gusto? – me preguntó.

– Sí.

– ¿Aunque no me conozcas?

– Sí, eres guapa.

– Tú también me gustas.

Nos quedamos un rato en silencio. Se acercó a mí, nos besamos. Me empezó a quitar la ropa, se quitó la suya y terminamos haciéndolo en el asiento trasero del coche.

Estaba vistiéndome cuando vi que a lo lejos venían Raúl y Carolina.

– ¿Cómo conoces a mi prima?

– Es mi novia – dijo Mariana sin inmutarse. Me reí, pero ella no se rió. Me di cuenta de que hablaba en serio.

– ¿Si de verdad es tu novia, por qué permitió que todo esto pasara?

– Porque no es celosa, y yo tampoco. En el Distrito Federal las cosas son distintas. Lo sabrás cuando te vayas de este pueblo.

Terminé de vestirme y salí a tomar aire. Me senté al pie de un árbol y encendí un cigarro.

Raúl dejo el estéreo de su carro encendido. Se sentó en el cofre junto con Mariana y mi prima a beber cervezas y a contemplar la noche.

– ¿Y la leña? – pregunté.

– No había – respondió Raúl.

– Claro que sí había – dijo mi prima. – Ve con Pablo a traerla.

Me levanté y fui con Raúl. Caminamos hasta el final de la presa recogiendo los troncos y ramas que encontrábamos tirados en el piso. En unos veinte minutos logramos juntar suficiente como para encender una fogata. Había sido una tarea cansada recoger toda esa madera. Nos sentamos a descansar un momento en una banca que alguien había construido en ese preciso lugar.

– Acerca de lo que me ibas a preguntar hace rato… yo no lo hice. Alguien me robó el celular y copió el video. Mi error fue no haberlo borrado desde un principio.

– Ya veo – dijo Raúl. – ¿Cómo sabías que te iba a preguntar eso?

– No lo sabía. Adiviné.

Se escuchaba el sonido del viento agitando las hojas de los árboles y el agua de la presa que se revolvía en las rocas de la orilla.

– No hay día que no piense en Mónica. No se merecía lo que le hice. Ojalá me hubiesen metido a la cárcel.

– No digas eso, tú no hiciste nada. Todos cometemos errores ¿Cómo ibas a saber lo que pasaría?

– Debí haberlo sabido.

– Ya déjalo ir Pablo. Ella era adulta cuando se grabó el video. Además, todos sabemos que tú no fuiste quien lo empezó a enviar. No hubiese tenido ningún sentido. Era obvio que la amabas. Ambos fueron víctimas de lo que sucedió.

– Algo cambió desde entonces. Siento como si mi corazón se hubiese apagado para siempre. Como si estuviese condenado a una eterna indiferencia ante todo. ¿Me explico?

– Creo que sí.

– ¿Fuiste a su funeral?

– Sí – contestó Raúl.

– ¿Alguien preguntó por mí?

– No.

– ¿Te puedo pedir un favor?

– Claro que sí.

– Nunca más hay que volver a hablar de esto, tampoco le digas a nadie de la preparatoria que me viste.

– Hecho – Raúl sonrió y me puso la mano en el hombro. – Vamos de regreso, antes de que tu prima y su amiga se aburran y se vayan.

Nos levantamos de la banca y caminamos a donde estaba el coche. Colocamos la leña y después de varios intentos, conseguimos encender la fogata. Me senté en el mismo árbol de antes. Encendí otro cigarro.

Pensé en mi hermano y su esposa… quizás muchas familias felices surgían de infidelidades, engaños y descuidos como los que ellos habían cometido. Es duro cuando te das cuenta de que un error tan común como no usar condón puede cambiarte la vida, aunque siempre exista la posibilidad de que los años pasen, de que madures, sientes cabeza, y algún día te convenzas a ti mismo de que aquello fue más bien un acierto. Todo eso dependerá de qué tipo de hombre seas.

Unos meses después habría cambio de régimen en el gobierno estatal. En pocas palabras, Oaxaca seguiría igual. Condenada a un gobierno de ignorantes.

Otra cosa que yo desconocía en ese momento, es que unas semanas después, en mi escritorio, encontraría un periódico que alguien habría dejado ahí. Lo abriría en la nota roja y leería la nota principal, en la cual se informaría de una tal Blanca Morales que habría sido reportada como desaparecida. Me acordaría de aquel tipo misterioso y de la hija a la que buscaba con tanta desesperación. Sospecharía que para ese momento Blanca Morales contemplaba ese cielo tan azul de Oaxaca. Desde las profundidades de alguna fosa perdida en algún lugar olvidado, con los ojos bien abiertos.

Continuaría trabajando en el mismo lugar por otros seis meses y en junio entraría a la Facultad de Economía de la UNAM. No volvería a Oaxaca hasta dentro de muchos años.

Olvidaría todos esos detalles. Incluso me olvidaría de mí mismo, fumando un cigarro, contemplando la presa de Huayapam que se revolvía incesante y reflejaba la luna llena y las estrellas. Olvidaría ese momento en que la brisa invernal me hacía sentir vivo y parecía como si la vida nunca fuese a terminar y todas las decisiones fueran algo valioso y relevante.

Sin embargo, sentado al pie de ese árbol, aquel trece de noviembre del dos mil diez, me limitaba a mirar hacia la nada mientras la melodía de Bad Moon Rising emergía sutilmente desde el interior del carro de Raúl.

Mariana me regresó a la realidad cuando arrojó un tronco a la fogata. Empezó a arder casi al instante… haciendo saltar chispas y convirtiendo la pequeña brasa en un poderoso fuego… que se alzaba rápidamente hacia el cielo y nunca se apagaría.

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