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TODOS LOS PERROS

Sep 21 • Sin categoría • 837 Views • No hay comentarios en TODOS LOS PERROS

– Conocí a mi mujer hace unos veinte años. Era una de esas niñas de casa. Ya sabes, con un papá que la cuidaba mucho. Yo fui el primero que se la cogió y hasta donde sé, el único. Y eso se valora, entiendes lo que digo. Eso vale.

– Si tú dices que vale, entonces vale.

– ¿A poco no te importa?

– Realmente no.

– Es natural que pienses así. Hoy en día la juventud está de la chingada, sin ofender…

– No me ofendes.

– Bueno, como te decía, hoy en día los chavos cogen por coger, como si fuera cualquier cosa. No me extraña que haya tanto sidoso de mierda por ahí. Antes las cosas eran distintas. Nos casábamos jóvenes. Ya éramos padres de familia a los veinticinco años. No nos hacíamos tantas chaquetas mentales como los chamacos pendejos de ahora.

Mientras fingía escuchar las idioteces que decía Juvenal, saqué la bolsa azul de mi bolsillo y la sacudí para ver el polvo blanco que contenía. La abrí y puse un poco encima de la llave de mi departamento. Aspiré con fuerza, utilizando un billete de veinte pesos. Primero una fosa, luego la otra. Miré hacia arriba para que entrara bien. Un Benito Juárez azulado con mostacho blanco me miraba con seriedad desde el billete. Juvenal también iba a querer. Era lo malo de darse un tiro frente a él.

– ¿Que te metes? ¿Es perico? Echa para acá, no seas cabrón.

–Ya me hartó que siempre me pidas. Tú también podrías comprar.

– Ah, ¿no me vas a rolar?

– Sí pues… esnífale.

Detuvo el camión en algún punto de las riberas del río Atoyac, le pasé la bolsa y dio cuatro aspiradas a la coca.

– ¿Qué tal?

– Chingón… está buena.

– Le entraste bruto. Te toca traer mañana.

– Mi necte está muy culero. Me da pura mamada cortada.

– ¿Por qué no me dejas comprobarlo? Nunca he visto una flor de tu jardín, pinche gordo culero.

– Ah carajo, está bueno pues. Mañana traigo una bolsita.

Guardé la coca en mi bolsillo y encendí un cigarro. Eran las cinco de la mañana. Estaba amaneciendo y chispeaba sobre la maleza que crecía a orillas del Atoyac. Las lluvias habían subido el cauce del riachuelo y se escuchaba el leve rumor del agua que fluía torpemente, abriéndose paso entre la basura que la gente de las cercanías tiraba todas las mañanas.

Sentí como mi lengua y mis fosas nasales se resecaban. La sensación de sueño también disminuía, pero las cosas se movían más lento. El río contaminado, los perros callejeros alimentándose con la basura de la orilla y el aliento pestilente de Juvenal. Eso era lo peor de ir en su camión. Nunca se lavaba los dientes. Me había tomado tiempo acostumbrarme a su mal aliento. A veces me compadecía de su mujer, aunque ni siquiera la conocía. Debía de ser horrible tener que aguantar ese hedor durante el sexo. Muchas cosas eran difíciles de aguantar en este mundo enfermo. ¿De verdad esa mierda de hombre era lo único que la pobre mujer se había cogido en toda su puta vida?

Llegamos al estacionamiento de la empresa y me bajé del camión. Juvenal aparcó unos metros adelante y se recostó para tratar de dormir un poco. Entré a la oficina, anoté los datos del cargamento de material de construcción que acabábamos de entregar y me fumé un churro de mota que había dejado a la mitad al empezar el turno de esa noche. La mezcla de sustancias me revolvió el estómago. Fui al sillón de la oficina y me quedé dormido.

Soñé que estaba en un hotel. Había una alberca inmensa con peces y algunas personas. Me zambullía de un clavado y empezaba a nadar de crol para llegar al otro lado, pero por más que lo intentaba, no lo conseguía, cerraba los ojos y estaba en una montaña rusa que subía lentamente. Llegaba a su punto más alto, se suspendía unos segundos que parecían días y de repente descendía a la velocidad de un cohete.

– Toño… Toño… despierta cabrón.

Abrí los ojos y me costó trabajo recordar donde estaba.

– ¿Qué pasa? – dije sin saber siquiera quien me había despertado.

– Otra vez estuviste metiéndote mierdas. ¿Qué voy a hacer contigo? Te lo juro que para la próxima vez le voy a decir a don Gabriel todo lo que haces mientras trabajas – Yo sabía que Perla era una buena persona, pero también estaba seguro de que era perfectamente capaz de contarle eso a nuestro patrón.

– No sé de qué hablas, carajo. No me he metido nada. ¿Qué acaso un hombre no puede dormir un poco?

– ¿De veras crees que soy tan pendeja? Si a leguas se te ven los ojos rojos y apesta a mota hasta el estacionamiento.

– Está bien… quizás me fume un churrito, pero ya sabes, nada del otro mundo.

– Mira Toño, de verdad que no traigo ganas de discutir contigo. Me importan un carajo tus problemas. Si tuvieras que cuidar a dos hijos y soportar a un imbécil como mi marido, quizás sentiría algo de pena por ti. Ahora párate de ese puto sillón y ayúdame a contar el dinero que se les va a pagar a los trabajadores.

Pensé en sacar un par de cervezas de mi mochila y ofrecerla una a esa estirada de Perla, pero no quise arriesgarme a empeorar las cosas. Esa etapa en la que ella veía mis estupideces como algo divertido se estaba terminando. Así que mejor no le quise jugar al pendejo. Era un trabajo de mierda, eso no lo voy a negar, pero lo necesitaba.

Me senté en la mesa de la oficina y fui acomodando el dinero en sobres. Uno para cada trabajador. Se les pagaba una cuota fija a la semana y un bono extra según su rendimiento. Antes me robaba parte de ese bono, pero los cabrones esos se habían aprendido las cifras y llevaban libretas donde calculaban el monto de sus prestaciones extra. Andaban afuera de la oficina haciendo sumas y calculando porcentajes. Eran hábiles para las matemáticas.

Terminé de acomodar los sobres y uno a uno fueron entrando a recibir su paga semanal. Algunos de ellos me debían dinero porque les había vendido drogas o porque apostaban en partidos de futbol donde yo era el corredor. A Perla le molestaba muchísimo que yo hiciera eso, pero no decía nada porque le deba miedo ganarse la enemistad de los albañiles.

Todos me pagaban pequeños porcentajes de sus salarios. No les gustaba apostar ni drogarse en exceso. Todos menos uno…. Oscarín. Ese idiota me debía más de la mitad de su sueldo. Fumaba como tren. Te dabas cuenta de que iba a terminar bien jodido por las drogas cuando lo veías consumirlas. Enrollaba su porro con la delicadeza con la que un cocinero sazona el pavo de navidad. Revolvía la hierba sacando las semillas, procurando fumar sólo la mejor parte. Cuando le daba el primer jale, cerraba los ojos y miraba hacia las estrellas… como si hubiera algo que ver allá arriba. Aguantaba el humo durante diez o quince segundos y después lo exhalaba como una tetera que saca vapor. Nunca rolaba sus churros. Por eso le decían “comesolo”. Era un muchacho bastante extraño, ahora que lo pienso.

– “Comesolo”… “comesolo”… mi caja chica – le dije cuando pasó a la oficina a cobrar su paga.

– No mames toño. No seas culero. Sólo cóbrate la mitad y dame chance de pagarte lo demás la próxima semana. Mi abuela está enferma… (En este punto me dijo las típicas excusas que los drogadictos dicen para no pagar, aunque quizás no eran mentiras).

– Sólo tengo una pregunta para ti, “comesolo”.

– Ya deja esa mierda de “comesolo”.

– Está bien, Oscarín… sólo tengo una preguntita.

– Si, ya dijiste eso, ¿Cuál es la pregunta?

– Eso que me cuentas de tu abuela… ¿me afecta directamente?

– ¿A qué te refieres?

– Tú sabes a lo que me refiero. ¿Me afecta? ¿Acaso ella y yo tenemos un vínculo por medio del cual su estado de salud repercute en el mío?

– ¿Qué mierda Toño, estás drogado?

– Sí… pero ese no es el punto. ¿Me afecta? Contesta “come… digo Oscar.

– No carajo… no te afecta. ¿Y eso qué? – aun no entendía el punto. Como dije, ese “comesolo” era un muchacho extraño.

– Bueno… entonces, si no me afecta… ¿Por qué mierda me va a importar?

– Hijo de puta… eres un maldito culero…

– Shh, shh… cállate idiota – respiré con calma y traté de verme lo más sobrio posible. – Mira “comesolo” o como sea que te quieras llamar. Tienes de dos… o me pagas, o me pagas. Conoces las reglas. Entonces… ¿Qué procede? ¿Tú dime?

– A la mierda contigo, Toño. Cóbrame la mitad.

– ¿Sabes qué? Lo voy a hacer, pero nunca más te voy a volver a vender mierda. ¿Qué dices a eso?

– Me vale. Puedo estar una semana sin consumir.

– Creo que no escuchaste bien lo que acabo de decir… Nunca más.

Tomé sólo la mitad de la deuda y le di el resto a “comesolo”… mientras agitaba la mano, como diciéndole que se largara de una puta vez. Tomó el dinero y se detuvo justo antes de salir de la oficina. Yo sabía que lo haría. Ahora que tenía lo que quería, se daba cuenta de que me necesitaba mucho más de lo que yo jamás lo necesitaría a él. Se volteó y trató de verse calmado.

– ¿Sabes qué Toño? A la mierda con esto, no tenemos que pelear por dinero. ¿Qué te parece si dejo algo en prenda y me lo devuelves la próxima semana cuando te pague el resto de la deuda?

– ¿Qué podrías tener tú que me interesara?

Se quedó callado, mirando hacia la derecha y hacia la izquierda, como convenciéndose a sí mismo. Finalmente sacó un reloj de su bolsillo.

– ¿Qué te parece esto? – lo puso sobre la mesa. Se veía que valía buen dinero. Era uno de esos relojes sofisticados que no tienen números. Sus manecillas blancas se movían elegantemente y su pulcritud contrastaba mucho con la imagen descuidada y las manchas de emulsión de concreto en el pantalón de “comesolo”.

– Acepto el trato.

– Este reloj es una reliquia familiar. Me lo dio mi abuelo cuando cumplí quince años y su padre se lo dio a él. Ha estado en la familia desde la Revolución. Por favor, no lo vendas. Sólo guárdalo hasta la próxima semana cuando tenga dinero para pagarte lo que falta de la deuda.

– Sí… sí… no te preocupes.

Dos horas después, en alguna parte del centro de Oaxaca, un joyero revisaba el reloj con su lupa.

– Es una buena pieza. No lo puedo negar, pero tiene algunas abolladuras y necesita una nueva correa. Te doy seis mil pesos por él.

Eso era como seis veces lo que me debía “comesolo”. Pensé que quizás no debía aceptar la oferta, con eso de que era una reliquia familiar…

– Está bien. Deme el dinero. – Al carajo, eso es lo que se ganaba ese cabrón por no pagar sus deudas a tiempo.

El relojero sacó el dinero de su caja registradora y me lo entregó. Lo conté ahí mismo y cuando estuve seguro de que estaba completo, salí de la tienda.

Mientras caminaba por la calle de Rayón hacia donde me había estacionado, pensé en la cara que pondría el idiota de “comesolo” cuando le diera el dinero en lugar de su amado reloj de mierda. Seguramente se iba a enojar. Pero ni hablar, un problema a la vez. Ya me arreglaría con ese drogadicto la próxima semana. Un poco más de mota en la bolsa de siempre, algunas líneas gratis. Eso era lo único que se necesitaba para contentar a ese putito.

En la esquina con Armenta y López un anciano se detuvo junto a mí en el alto. Llevaba un pastor belga con su correa. El perro sabía que era de buena raza, caminaba con el pecho erguido. Su presencia era tan imponente que incluso hacía que el pobre anciano se viera distinguido.

– Oye abuelo, ¿A cuánto me vendes ese perro?

El viejo me miró con arrogancia.

– No está en venta.

– ¿Qué no lo sabes? Todo en este mundo está en venta… amigo. – Saque unos billetes de mi bolsillo y los agité en su cara. En ese punto de la extraña conversación me di cuenta de que seguía bajo el efecto de las drogas. El anciano hizo como si no me escuchara y cruzo la calle sin siquiera voltear a verme. Sentí que me mareaba y me apoyé en la pared, tratando de ordenar mis ideas. ¿Por qué había dicho esa mierda? En realidad no quería un puto perro. Volví a guardar el dinero en mi bolsillo y me acordé de que aún no había desayunado.

Manejaba por Avenida Ferrocarril y delante de mí iba un camión, se detenía cada cierto tiempo para dejar y recoger pasaje. Pude haberlo rebasado por el otro carril, pero no lo hice. Nunca me había puesto a observar a los camiones. Eran como caballos gigantes que se detenían esporádicamente para defecar seres humanos que bajaban y caminaban hacia todos lados. El mundo era una locura. ¿A dónde iban todas esas personas? Me di un par de cachetadas para pensar claramente. Seguía drogado. Me estacioné frente a un minisúper del camino y bajé a comprar algo de comer.

Salí con una lata de frijoles y un jugo de mango. Me senté en la defensa de mi automóvil, abrí la lata con mi navaja y ahí mismo me la comí.

Un tipo alto y delgado también estaba sentado en la defensa de su camioneta y me miraba comer. Se veía de mi edad y utilizaba una de esas playeras sin mangas. Cuando se percató de que yo también lo miraba, volteó a ver hacia otro lado. Me terminé la lata, eructé y la arroje al basurero.

Estaba a punto de irme cuando una mujer salió de la tienda. Debía tener unos veintitantos años, llevaba una botella de Red Label y un agua mineral. Tenía el cabello teñido de rojo. Le entregó la botella y él le encendió un cigarro que ella empezó a fumar sentada en la defensa de la camioneta. Le di un trago a mi jugo de mango, me rasqué los testículos y me acerque hacia donde estaban.

El tipo se me quedó viendo mientras caminaba torpemente hacia ellos. Me detuve justo antes de abordarlos, metí la mano en mi bolsillo, me aseguré de que la cartera estuviera ahí y continué acercándome con calma.

– Amigo – le dije. – ¿De casualidad no tendrás fuego? – Saque un cigarro y se lo mostré.

– Claro – respondió. Y me prestó su encendedor.

Mientras encendía mi cigarro, miré un poco más de cerca a su mujer. Tenía unas tetas espectaculares y unas piernas largas. Parecía una de esas prostitutas de lujo que aparecen en las películas.

Le devolví el encendedor y empecé a fumar mi cigarro cerca de ellos. Como sí nada.

– ¿Algo más en lo que te pueda ayudar, amigo? – preguntó el tipo, como insinuando que dijera algo que valiera la pena, o me largara de una puta vez.

– No, nada… bonita camioneta, por cierto.

– ¿Te refieres a esta mierda? – dijo dándole una palmada. – No sé qué le ves de bonita.

Tenía razón, era una porquería. Seguro que había sido decente en los ochentas, pero ahora me asombraba que siquiera arrancara.

Nos quedamos un rato callados. Uno de esos silencios incómodos. Se escuchaba el sonido del agua que corría por las alcantarillas, debajo de nosotros… y el cielo estaba gris, deprimente.

– ¿La quieres comprar? – preguntó ella.

– ¿Qué cosa? – respondí.

– La camioneta.

– No.

– Pensé que sí. No nos vendría mal el dinero.

– ¿Cuánto necesitan?

– Suficiente para seguir nuestro camino – respondió, mientras arrojaba su cigarro a la banqueta.

– Tal vez quiera comprar algo… pero no la camioneta.

– ¿Qué quieres entonces? – preguntó el tipo de la playera sin mangas.

– A ella – dije mirando a su mujer.

Lo que siguió a continuación fue impredecible. Después de una extraña negociación, acabé ofreciendo mil pesos y ellos terminaron aceptando, con una condición… él quería verlo todo. Subí a su camioneta y manejamos hasta una calle desolada de terracería junto al río Salado. Estuvimos bebiendo whisky con agua mineral en vasos de plástico y cuando llegó el momento, ella y yo nos pasamos al asiento trasero y me la empecé a coger. En algún punto, a través del retrovisor, pude percatarme de que el tipo nos miraba fijamente. Incluso llegó a meterse la mano en el pantalón.

– Espérate cabrón. No quiero esas mariconadas – le dije… y dejó de hacerlo. Mejor se salió de la camioneta y encendió un cigarro mientras miraba hacia el río.

Cuando terminé, ella le dijo que volviera a la camioneta. Les di el dinero y saque un churro, y luego saque otro. Nos los fumamos entre los tres. Después él puso un disco de Pink Floyd en el estéreo de su camioneta y escuchamos algunas canciones en lo que se nos bajaba el efecto de la mota. Ninguno de nosotros decía nada. Era un silencio casi pactado, pero no era incomodo como el del estacionamiento del supermercado, era que tal vez ninguno de nosotros tenía nada bueno que decir.

Después de un rato, el tipo volvió a arrancar la camioneta y manejó hacia el supermercado. Lo hacía bastante bien para estar drogado. Me dejaron ahí y siguieron su camino.

Entré a mi coche, lo encendí, manejé a una calle cerca de ahí, me estacioné bajo un árbol, dejé la ventana del piloto abierta, me metí las llaves en el bolsillo y me dormí en el asiento trasero.

Me despertó el ruido de una ambulancia que pasó junto a mi coche. Me dolía la cabeza, abrí la puerta y me senté en la banqueta. El sol se veía como una gigantesca bola naranja que se escondía entre las montañas. Iba a anochecer en cualquier momento.

Cinco minutos después, manejaba por las calles de la colonia América. Estaban llenas de baches y niños vestidos con harapos que jugaban con perros callejeros mientras sus madres los miraban desde las ventanas. Toda la ciudad de Oaxaca estaba cubierta por un aura asfixiante. Hasta costaba trabajo respirar.

El mundo era un lugar difícil. Yo era un espectador más que se sienta en su sillón un domingo por la tarde y ve un programa de National Geographic en el que una manada de hienas devora a una indefensa cebra. Contemplaba, e incluso participaba, en una realidad atroz que pervivía por inercia.

No había vuelto a buscar a Mariana desde hacía meses. A veces la extrañaba. Besar su espalda en las mañanas. Caminar juntos de la mano por las calles de la ciudad. Ese tipo de cosas. Le había dado demasiado de mí. A menudo pensaba que me hubiese gustado retroceder el tiempo hasta ese momento en que apareció en mi vida. El momento en que conoces a esa persona y entonces hay dos opciones: o nos damos la vuelta y continuamos cada cual con nuestro camino, o seguimos con esto sabiendo que nos puede llevar a lugares que pueden destruir nuestros corazones y condenarnos a vagar por el mundo con la más profunda de las tristezas, sabiendo que estamos sin estar, partidos a la mitad porque nunca más encontraremos esa felicidad tan profunda y tan falsa que nos dimos el uno al otro… y sólo quedará ese vacío que no se puede llenar con ninguna otra cosa, por más que uno lo intente.

Pasé frente al puente de Ixcotel y ahí estaba la rubia más hermosa que he visto en toda mi vida. Me detuve frente a ella y me di cuenta de que era un travesti. Aun así bajé la ventana de copiloto.

– ¿Cuánto cobras? – le pregunté.

Me dijo la cantidad con voz impostada de mujer.

– ¿Tienes pene?

– Ya no – respondió.

– Pruébalo.

Se subió la falda y demostró que decía la verdad.

– Sube.

Abrió la puerta, se sentó en el asiento de copiloto, la miré sin verla… y después arranque el coche, sabiendo que jamás podría enorgullecerme de lo que estaba a punto de hacer.

 

Imagen: Luis Hampshire

 

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